Draghi, el mito de la tecnocracia y el futuro de la democracia

Puntual como un reloj suizo, la enésima crisis de inestabilidad política ha vuelto a sacudir Italia. En sus 73 años de vida republicana, el país ha tenido 66 gobiernos (un promedio de uno cada 13 meses) y 29 primeros ministros; una interminable sucesión de ajustes, compromisos y pactos entre los partidos que se ha convertido en una gran peculiaridad de su sistema político.

No obstante, si la frecuencia de estos episodios se ha mantenido constante, con los años la naturaleza de los partidos italianos ha cambiado radicalmente, determinando una consecuente transformación de la relación entre política y sociedad.

  • En la Primera República (1948-1992/93), Italia se caracterizaba por partidos fuertes, tanto por su connotación ideológica como su estructura organizativa: la inestabilidad política (es decir, la fragilidad de los gobiernos) se equilibraba con la estabilidad del sistema (es decir, eran siempre los mismos partidos que gobernaban).
  • En la Segunda República (1994-2011), el país experimentó un cambio de competición electoral, con una alternancia entre derecha e izquierda. Debido a la investigación judicial Manos Limpias y la revolucionaria influencia de Silvio Berlusconi, también los partidos cambiaron: Italia se convirtió en una “democracia del líder”, un sistema con connotaciones plebiscitarias, aunque sin elección directa del jefe del Ejecutivo, en el que nuevos “partidos personales” eran más bien un instrumento de mercadotecnia electoral.
  • En la actual Tercera República (desde 2011), Italia vive una fase de polarización aguda, causa y efecto de sentimientos populistas y anti-políticos. Una rebelión en contra de la casta política y económica, nacional e internacional, impulsada por un antiguo cómico (Beppe Grillo) y su blog (de donde nació el Movimiento 5 Estrellas) y amplificada por la evolución ultraderechista de la Liga Norte bajo el liderazgo de Matteo Salvini. En esta última década, la competición derecha/izquierda ha sido alterada por una división soberanismo/internacionalismo, mientras que los partidos han profundizado su naturaleza de efímeros “tigres de papel”.

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Estos tres periodos tienen algo en común: la forma de transición de uno a otro. En ambos casos (1993-1995 y 2011-2013), el cambio no lo lideraron nuevos actores políticos, sino tecnócratas cuya autoridad procedía de haber sido altos cargos del Banco de Italia o la Comisión Europea, es decir, dos instituciones de gran reputación, nacional e internacional, e independientes de los partidos; gobiernos extraordinarios para tiempos extraordinarios, dirigidos por personas extraordinarias a través de mayorías parlamentarias extraordinarias.

Los tres ejecutivos tecnocráticos de Carlo A. Ciampi (abril 1993-mayo 1994), Lamberto Dini (enero 1995-mayo 1996) y Mario Monti (noviembre 2011-abril 2013) fueron, en resumidas cuentas, tres tutores del sistema político italiano; los únicos capaces (por sus competencias) y legitimados (por su credibilidad frente a una clase política débil y desacreditada) para tomar decisiones tan drásticas que nadie más podría haber tomado: nuevas reglas salariales (julio de 1993), reforma de las pensiones (agosto de 1995), recortes presupuestarios y otra reforma de las pensiones (diciembre de 2011).

Fueron éstas medidas duras y necesarias para salvar la economía nacional frente dos crisis financieras que, debido también a la colosal e imparable deuda pública, hubieran podido provocar el default del país. Sin embargo, estas políticas no han conseguido revitalizar el crecimiento productivo (el PIB ‘per cápita de 2020 fue el mismo del de 2000) ni la productividad (una variación nula entre 1995 y 2019). Dos décadas perdidas que coinciden con la creación del euro y, por tanto, con la imposibilidad de devaluar la divisa como en los años 80 de Giulio Andreotti y Bettino Craxi.

No es difícil comprender las razones de la desilusión de muchos italianos hacia las elites y sus promesas incumplidas tras años de sacrificios, caída del poder adquisitivo y un nivel impositivo de carácter escandinavo frente a servicios públicos cuya calidad es, a menudo, lamentable. Con la excepción de Ciampi, un verdadero hombre de Estado (ministro de Economía entre 1996 y 1999 y, sobre todo, presidente de la República entre 1999 y 2006), los otros casos de tecnócratas convertidos en actores políticos han dejado recuerdos muy conflictivos. Sobre todo, están asociados a medidas legislativas impopulares e ineficaces, pecado original de esos impulsos populistas, autoritarios y anti-europeos que caracterizan una parte de la opinión pública italiana.

¿Qué pasa ahora con Mario Draghi y su intento de crear un nuevo Gobierno? Es, sin duda ninguna, una persona de altísimo perfil institucional, una de las mayores autoridades mundiales en asuntos económicos y financieros. Sobre todo, él es ‘Súper Mario’, el hombre de aquel famoso ‘whatever it takes‘ (julio de 2012) con que salvó del abismo el euro y toda la ‘eurozona’. Cualquier persona con sentido común –dentro y fuera de Italia– no puede no confiar en él y esperar su éxito.

No obstante, pese al proceso de glorificación de Draghi conducido por todos los medios de comunicación, hay dos preguntas que plantearse. La primera es, ¿qué hará exactamente como presidente del Consiglio? Aún no lo sabemos.

Para empezar, no sabemos qué coalición parlamentaria apoyará a Draghi. Se habla de un acuerdo amplio que incluya tanto a la mayoría del antiguo Gobierno de Giuseppe Conte como a la parte más moderada del centro-derecha. Sin embargo, las tensiones son fuertes y múltiples: tanto el Movimiento 5 Estrellas como la Liga y la ultraderecha no saben qué hacer, si votar a favor de Draghi o limitarse a una abstención táctica. Por otro lado, el Partido Demócrata y el partido de Matteo Renzi se pelean para intentar ejercer la mayor influencia posible sobre el nuevo Ejecutivo.

En segundo lugar, aún desconocemos su programa de gobierno. Por cierto, conocemos su pensamiento, a menudo contrario al conservadurismo presupuestario de los halcones alemanes y nórdicos. Lo escribió, por ejemplo, en un artículo en el Financial Times (marzo de 2020): la lucha contra la pandemia necesita una movilización de recursos sin precedentes. Sin embargo, en su declaración del 2 de febrero pasado, el presidente de la República, Sergio Mattarella, habló de la necesidad de que haya “un Gobierno de alto perfil, que no se identifique con ninguna formula política” para que pueda gestionar, de la mejor manera posible, la crisis sanitaria y los fondos europeos. Pero, ¿qué piensa hacer Draghi, por ejemplo, en términos de política presupuestaria, social, industrial, exterior, etcétera? ¿Cómo intentará mediar entre fuerzas políticas tan diferentes?

La segunda pregunta es más general: ¿la mejor solución para el futuro de Italia es otro Gobierno tecnocrático? Quizás la respuesta sea más negativa que positiva. La insatisfacción hacia los políticos es un sentimiento generalizado en todo el mundo occidental; y parece que hay muchos a los que les gustaría una ‘operación Draghi’ para el Ejecutivo español. Pero, como subraya el colega Lorenzo de Sio, el ideal tecnocrático esconde un gran problema: se basa en el mismo principio de su ‘alter ego’, el populismo, es decir, la negación del pluralismo; una idea que se acerca a la imagen del rey filósofo de Platón o al concepto de estado de excepción de Carl Schmitt, en los que, aunque por un tiempo limitado y finalidades muy precisas, el Estado de derecho está suspendido y el poder lo ejerce directamente el soberano.

En efecto, la historia italiana más reciente demuestra que los gobiernos tecnocráticos contribuyen a la aparición y desarrollo de, por lo menos, cinco elementos negativos:

  1. La atribución del proceso de toma de decisiones a individuos que, a veces, no saben tomarlas.
  2. La deslegitimación de las decisiones de ese gobierno, ya que su origen no es electoral.
  3. Una menor responsabilización de los políticos, ya que hay una distinción más ambigua entre mayoría y oposición.
  4. Una menor responsabilización de los ciudadanos que, conscientes de que el resultado electoral tiene poco valor, pueden inclinarse por votar a partidos más radicales o de protesta.
  5. El desprestigio y debilitamiento general de las instituciones y la democracia, percibidas una vez más como algo inútil o dañino.

Como escribe De Sio, éstos fueron los resultados de los años del Gobierno de Monti, cuyas reformas fueron el caldo de cultivo para el éxito rompedor, cinco años más tarde, del Movimiento 5 Estrellas.

Por cierto, las circunstancias actuales son diferentes a las de hace 10 años y, como se ha dicho, Draghi no es, en teoría, fautor de una estricta rigidez presupuestaria. Sin embargo, las maniobras que han tumbado a un Gobierno que gozaba de una popularidad bastante elevada y que seguirán, inevitablemente, para controlar esos 200.000 millones de euros europeos pueden acabar, muy rápidamente, con la luna de miel que existe hoy entre Draghi y sus admiradores.

Un eventual fracaso reformador de Draghi, el cuarto Gobierno tecnocrático en menos de 30 años, sería una enorme decepción para el país y socavaría, una vez más, los cimientos de la frágil democracia italiana.

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