Democracia y elecciones como regla

A mediados de la década de los 70, apenas hace 40 años, América Latina era un espectáculo negro de dictaduras. Así lo afirma contundentemente Sergio Bitar, ex ministro del Gobierno de Salvador Allende en Chile, posteriormente encarcelado en la isla Dawson durante la dictadura de Pinochet. Esta gélida isla, ubicada al extremo sur del continente, en la región de Magallanes y la Antártica chilena, fue entonces utilizada como campo de concentración, donde prisioneros políticos fueron llevados sin juicio para ser interrogados, humillados y torturados por militares. Una estampa de una vida sin democracia. En aquel entonces, apenas tres países de la región podían ser considerados democráticos: Colombia, Costa Rica y Venezuela. El resto vivía bajo regímenes hegemónicos o militares. La celebración de elecciones libres era la excepción, no la regla.

Con la llegada de la tercera ola de transición a la democracia (iniciada en 1974 en Portugal), este panorama oscuro cambió. Dicha ola tocó costas americanas, empezando en 1978 por República Dominicana. Entonces, tras presiones diplomáticas y exigencias internas, se celebraron elecciones a las que se presentaron todos los partidos políticos, que anteriormente se habían abstenido por falta de garantías mínimas de competencia. Así, concluía el Gobierno autoritario del caudillo Joaquín Balaguer y una mayoría llevaba a Antonio Guzmán a la Presidencia. Sucesivamente, la democracia llegó al resto de los países de la región: cayeron pacíficamente los regímenes autoritarios de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay y Uruguay. Cuba, desafortunadamente, ha sido la irregularidad histórica.

Con ello, la celebración de elecciones libres y periódicas se convirtió en regla. El procedimiento electoral se ha convertido en la única vía legítima de acceder al poder. Y si bien ha habido peligrosas excepciones –como el golpe de estado en Honduras contra el presidente Manuel Zelaya, en 2009–, hoy son las boletas (papeletas) electorales y no las balas las que determinan el destino de nuestros países. En ello radica una de las principales ventajas de la democracia: las transferencias de poder son pacíficas y ocurren en las urnas, no en los cuarteles o desde la voluntad de un solo hombre o del grupo en el poder. Es el pueblo quien decide, en el uso pleno de su libertad y con condiciones de igualdad entre los competidores. En democracia, nadie impone.

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Esto se ve reflejado en los índices globales del Estado de la Democracia del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (Idea Internacional). Da cuenta de ello el indicador elecciones limpias, que evalúa entre otras cosas la autonomía de los órganos electorales, la equidad de la contienda y, en su caso, la existencia de irregularidades. Mientras en 1975 –fecha de inicio de la medición de Idea– la puntuación de dicho indicador era apenas de 0,30 (en una escala del 0 al 1), para 2020, subió a los 0,69 puntos. Como lo muestra el Gráfico 1, esto hace de América Latina la tercera región mejor evaluada del mundo en este indicador, sólo por detrás de América del Norte (con 0,85 puntos) y Europa (con 0,76) y por encima del promedio mundial (0,58).

Gráfico 1.- Elecciones limpias a nivel mundial, por región (1975-2020)

Sin embargo, es importante notar que este puntaje es un promedio y, como tal, desdibuja las diferencias entre países. Los índices globales de Idea proponen tres categorías de integridad electoral: desempeño alto, para aquellos países con puntuación por encima de 0,7; medio, para aquellos con puntajes entre 0,4 y 0,7; y bajo, para aquellos por debajo de 0,4. El Gráfico 2 muestra que 56.5% del total de países en la región goza de niveles altos. Aquí encontramos democracias como Argentina, Costa Rica, Chile, México, Panamá y Uruguay. En segundo lugar, 34.7% del total registra un desempeño medio. Aquí encontramos a Guatemala, Honduras y Paraguay entre otros. Finamente, en el último escalón se encuentran Cuba y Venezuela, quienes pronto serán acompañados por Nicaragua, que este 7 de noviembre celebrará elecciones en un contexto de represión, corrupción y fraude electoral.

Gráfico 2.- Elecciones limpias en América Latina y el Caribe, por nivel de desempeño (2020)

Si bien América Latina y el Caribe es la tercera región mundial en elecciones limpias, y en ella una mayoría de países registra niveles altos de integridad electoral, aún hay retos específicos en esta materia. De acuerdo con el Índice de Percepciones de Integridad Electoral (Índice PEI), que registra la calidad de 11 componentes a lo largo del ciclo electoral -desde el marco jurídico hasta la etapa de resultados electorales–, las dos mayores áreas de oportunidad para la región son los medios en campaña y la financiación de la política. Cuando el partido en el Gobierno tiene una influencia desmedida en la propaganda y en el uso de recursos públicos, la limpieza en las urnas es insuficiente.

América Latina es hoy radicalmente diferente al espectáculo negro de dictaduras de los 70. Sin embargo, no debemos echar campanas al vuelo. En los últimos años, desde Venezuela (con Hugo Chávez y Nicolas Maduro) y Nicaragua (oprimida por Daniel Ortega y Rosario Murillo) hasta, más recientemente, con Nayib Bukele como “emperador de El Salvador”, los ánimos y tentaciones autoritarias han reaparecido en el continente. La posibilidad (y realidad) de la Isla Dawson no se ha eliminado. Por ello es tan importante recordar ese inhóspito lugar con temperaturas bajo cero e intolerancia infinita. Para despertar conciencias y evitar que suceda de nuevo, hay que recordar; o como también, elocuentemente, afirma Sergio Bitar, «No hay democracia sin memoria». Al tiempo.

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