Decisiones bajo el velo de la desinformación

En las últimas semanas, ante la llegada de una nueva ola de la pandemia (quizás la última), distintos gobiernos se han mostrado titubeantes en sus decisiones sobre las iniciativas epidemiológicas a tomar, generando inquietud y cierta incomprensión en la ciudadanía. Merkel rectificó súbitamente medidas de confinamiento drástico, adoptadas el día anterior en su Conferencia de Presidentes regionales. Macron terminó sucumbiendo a las presiones de expertos y sanitarios, a las que se había mostrado impermeable hasta entonces, que le pedían endurecer el confinamiento, procediendo a clausurar la actividad educativa. Suecia se ha abierto a políticas restrictivas de cierre que hasta ahora había rechazado. Incluso el Gobierno español ha terminado abriéndose a un diálogo con las comunidades autónomas tras comprobar que las medidas previstas de endurecimiento del uso de mascarillas eran difíciles de comprender y digerir por mucha gente.

Dudar (e incluso rectificar) es de sabios. Es deseable en un contexto de incertidumbre. Identificar decisiones óptimas es muy difícil en un escenario en el que cualquier medida es objeto de un debate plural, al que acuden voces de la comunidad científica (no siempre perfectamente alineadas), pseudo-expertos, tertulianos de distinto pelaje y, últimamente, portavoces de grupos de interés directamente afectados por las consecuencias económicas de las medidas de salud pública.

Especialmente destacada es la irrupción de este último actor en estas semanas. En los medios de comunicación es cada vez más frecuente toparse con portavoces de sectores afectados económicamente por cierres, como la hostelería. Argumentan que no existen estudios definitivos que demuestren el papel de bares, restaurantes o gimnasios en la propagación del contagio. Esos argumentos generalmente sirven para fundamentar reproches a los gobiernos que restringen la apertura de interiores por adoptar medidas no suficientemente contrastadas.

Situar el umbral que convierte la evidencia (y las decisiones que se derivan de ella) en “suficientemente” contrastadas es un ejercicio complicado. Pero a partir de cierta acumulación de resultados concurrentes es necesario adoptar decisiones. No adoptarlas ya es una decisión.

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Una premisa del conocimiento científico es que ninguna verdad sobre el mundo es definitiva: todo es susceptible de ser cuestionado y, con evidencia adecuada, desmentido. Los negacionistas se agarran al primero de estos principios a través de expectativas irrealizables. Frente a abundante evidencia, por ejemplo, de que el virus puede transmitirse en interiores no suficientemente ventilados o que no facilitan guardar distancias, y estudios que muestran que los espacios interiores de la hostelería son de alto riesgo, alegarán que se trata de investigaciones realizadas en otros países y que no existe evidencia concreta que corrobore esa transmisión en los bares españoles. Si se les muestran indicios de que también en España pueden rastrearse focos de contagio en bares o restaurantes, no les parecerán suficientes u objetarán que, al no ocurrir de manera generalizada, hay que centrarse en identificar las instalaciones que no toman precauciones, para evitar que paguen justos por pecadores. Y así, ad infinitum. Su estrategia para eludir la evidencia científica consiste en ‘mover la portería’, situando la exigencia de evidencia en un umbral inalcanzable.

La expectativas irrealizables o el recurso a mover la portería es una de las técnicas recurrentes que, según John Cook, un investigador de George Mason University, utiliza el negacionismo para poner en cuestión las alertas sobre el cambio climático. Cook ha acuñado el acrónimo ‘Flicc’ para referirse a las cinco principales técnicas: ‘fake experts’, ‘logical falacies’, ‘imposible expectations’, ‘cherry picking’ y ‘conspiracy theorists’. Esto es, expertos impostores, falacias lógicas, expectativas irrealizables, la selección de cerezas y teorías de la conspiración. Las técnicas a las que recurre el negacionismo para poner en cuestión el cambio climático y el calentamiento global emergen con fuerza también en otros ámbitos donde el consenso científico impulsa a tomar decisiones de política pública que disgustan a algunos sectores o dañan sus intereses: la de salud pública contra el consumo de tabaco, contra la violencia machista, la lucha contra la pobreza… y cómo no, la política de salud pública contra la Covid-19.

El primer recurso de desinformación mencionado en el esquema de Cook son los fake experts. Los platós de televisión se han llenado de expertos cuya principal virtud es la capacidad de comunicar y granjearse la confianza de la audiencia. Algunos la acompañan de una formación y especialización sólida en el tema. En otros esa especialización se difumina. En un primer nivel, escuchamos a menudo a médicos de cualquier especialidad pronunciarse con contundencia sobre cuestiones que no trabajan directamente. Cirujanos, médicos de urgencias u odontólogos cuestionan el criterio de medidas que, en principio, deben ser evaluadas por salubristas o epidemiólogos de enfermedades infecciosas. En escalones inferiores, encontramos a toda clase de analistas con trayectorias profesionales diversas, muchos con credenciales rimbombantes, pero completamente desconectadas del análisis epidemiológico, que reparten bendiciones y reproches a decisiones de política de salud pública.

Las retóricas de la desinformación encuentran un filón en médicos u otros científicos que se pronuncian contra criterios ampliamente compartidos, o invocan pequeños estudios cuyos hallazgos contradicen resultados aceptados por la práctica totalidad de la comunidad científica. La aparición de una evidencia problemática, que no encaja en marcos de explicación que gozan de un amplio consenso, sirve para poner en cuestión todo el cuerpo de conocimientos adquiridos. Muchas veces se apela a resultados que todavía no han sido publicados o revisados por pares, o a hallazgos realizados fuera de los cauces de la investigación convencional.

La proliferación de voces discordantes, más o menos expertas, es el caldo de cultivo para la expansión del segundo elemento de Flicc: logical falacies. Las falacias lógicas son una constante en la deliberación pública, y la calidad de esta deliberación depende en buena medida de la capacidad de una sociedad de filtrarlas y deshacerse rápidamente de ellas. Las retóricas de la desinformación han chapoteado en algunas de las modalidades más conocidas.

Una de las más habituales es apoyarse en situaciones anómalas para poner en cuestión todo lo que creíamos conocer con certeza. El negacionismo del cambio climático nos ofrece un pronunciamiento recurrente: un invierno gélido o con grandes precipitaciones de nieve parece ser siempre motivo suficiente para que alguien se aventure a negar el cambio climático. La confianza desmedida en la experiencia personal directa es semillero de muchas falacias lógicas: haber ido a muchas fiestas clandestinas y no haberse contagiado con SARS-CoV-2 se convierte para muchos en la prueba de que la Covid-19 no existe. También no conocer a nadie que haya enfermado gravemente o fallecido. “A la postre, estamos hablando de un virus de la familia de la gripe”, nos dirán ufanos.

Los discursos de Trump y otros dirigentes populistas sobre la pandemia nos ofrecen innumerables ilustraciones de falacias lógicas. Algunas resultarían hilarantes si sus consecuencias no terminaran siendo trágicas. Los dirigentes de la Comunidad de Madrid también suministran buenos ejemplos. Una de las modalidades más repetidas es atribuir el contagio a una sola causa, que descarga de responsabilidad al gestor sanitario competente y se la traspasa a otros. Trump optaba por hacer recaer todas las culpas sobre las autoridades chinas, a las que acusaba de comunicar con tardanza la aparición de la epidemia e impedir, así, que se tomaran las medidas preventivas necesarias. Lo hacía, sin embargo, tras haberse pasado semanas restando importancia a la infección y relativizando la necesidad de protegerse frente a ella.

Ayuso, por su parte, ha optado por culpar a las autoridades del Gobierno central. Las culpó en la primera ola por autorizar las manifestaciones del 8-M, a pesar de que ella tampoco adoptó ningún tipo de medidas para restringir la movilidad o el contacto en jurisdicciones de su competencia como el transporte público, las escuelas, la actividad comercial o la hostelería, disponiendo de la información epidemiológica de primera mano que producían los servicios de salud pública autonómicos. El 8-M se convertía en esa causa única que podía distraer de cualquier otra responsabilidad; no por mucho tiempo.

Como causa única tenía un inconveniente. Si la pandemia persistía se desvanecía como posible origen de nuevas olas. Desde la segunda, los responsables de la CAM han atribuido repetidamente el mayor número de contagios y hospitalizaciones en Madrid a la entrada del virus por el aeropuerto, donde las autoridades del Estado no estarían controlando la llegada de pasajeros infectados: el “coladero de Barajas”. Las evidencias que provienen del rastreo de contactos de casos infectados sugieren que los pasajeros que entran por el aeródromo son un volumen insignificante de casos primarios en cadenas de trasmisión.

La laxitud de la política de Salud Pública de la Comunidad de Madrid se apoya en una técnica de desinformación adicional, la primera C de Flicc: la selección de cerezas (cherry picking), también llamada falacia de evidencia incompleta. Entre los defensores de las medidas de Ayuso gusta recordar que desde verano el exceso de muertes sitúa a Madrid por debajo de otras comunidades. Se trata de información selectiva. Madrid fue, con gran diferencia, la Comunidad con mayor exceso de fallecidos en el primer semestre del año 2020 (y la que presenta el mayor volumen de exceso en el conjunto del año). Según datos del portal de estadística experimental del Instituto Nacional de Estadística (INE), hasta julio de 2020 murieron en Madrid el 37% de todos los fallecidos en España en exceso respecto al año anterior, una cifra escalofriante si se tiene en cuenta que el peso poblacional de Madrid en el conjunto del Estado es algo menor del 14%. En la segunda mitad del año sólo el 9% del exceso corresponde a Madrid.

Difícilmente encontraremos a los responsables madrileños referirse al hecho de que, a pesar de la reducción de fallecimientos, Madrid siguió presentando a lo largo de todo el periodo una tasa de contagio y de hospitalización muy alta en comparación con el resto de España. Tampoco los escucharemos referirse a posibles explicaciones de la caída de fallecimientos que poco tienen que ver con posibles aciertos de su gestión. Una de las hipótesis más plausibles es el ‘desplazamiento de la mortalidad’, también llamado efecto cosecha, un fenómeno abundantemente descrito en la literatura epidemiológica por el que un exceso de mortalidad en un grupo vulnerable concentrado en un intervalo de tiempo va a menudo seguido de una etapa en que la mortalidad decae por la contracción significativa de la muestra de personas que se encuentran en riesgo de fallecer. Nadie se muere dos veces.

La selección intencionada de datos e hipótesis que se muestran y los que se silencian o ignoran es un poderoso instrumento de desinformación por su capacidad de enturbiar el juicio de buena parte de la ciudadanía. Encerradas en cámaras de eco, muchas personas manejan información limitada, lo que las lleva a confirmar opiniones prevalentes en su entorno y rechazar las que incomodan a sus creencias.

Un último conjunto de técnicas de desinformación son las teorías de la conspiración, a las que sólo suelen prestar atención grupos minoritarios, pero a veces muy ruidosos. Estas teorías son un clásico de cada pandemia desde que el mundo es mundo. La gran novedad es que internet y las redes sociales han contribuido a que su difusión corra ahora como la pólvora; también el hecho de que algunos líderes populistas, como Trump o Bolsonaro, se hicieran eco de esas teorías.

Los mitos sobre el origen del virus, la implicación de grandes empresarios en una confabulación mundial, los efectos nocivos de las mascarillas sobre la salud o los riesgos que entraña inyectarse vacunas testadas inadecuadamente, entre otros, han ofrecido pasto a público que anhelaba dar sentido a todo lo que estaba ocurriendo. En distintos países, miles de personas se han manifestado contra las restricciones de movilidad o de la actividad económica, que consideraban injustificadas a la luz de informaciones sobre la pandemia que, a su juicio, estaban siendo hurtadas a la ciudadanía por las autoridades.

El aluvión de mensajes Flicc contribuye a modelar una opinión pública fluctuante, donde la confianza en las medidas que adopta el Gobierno o las vacunas ha experimentado notables vavienes a lo largo del tiempo en los distintos países. En democracias donde los líderes políticos tienen las elecciones a la vuelta de la esquina, la predisposición a tratar de evitar culpas (‘blame avoidance’) es un rasgo característico del modo de gobernar no sólo en este ámbito, sino en cualquiera en que las decisiones políticas y sus consecuencias sean objeto de fiscalización y evaluación, y generen claros perdedores. Los dirigentes serios dudan, a veces yerran y rectifican; los demagogos disimulan su desorientación tras un velo de desinformación.

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