De la ‘cubanización’ de Venezuela a la ‘venezuelanización’ de Cuba

El estallido popular en Cuba del pasado 11 de julio, cuando se vivió una intensa jornada de protesta social que se extendió por más de 60 ciudades, pilló a muchos por sorpresa. Al principio, reinó la incredulidad ante unas imágenes que guardaban poca relación con los antecedentes históricos de la isla. Las noticias que circularon por redes sociales reflejaron un cambio en el ambiente, y en su expresión social, algo a lo que no estaban acostumbrados los observadores habituales de la política latinoamericana en ese escenario: protestas populares y su difusión mediática.

Lo acontecido en Cuba tiene un impacto significativo por sus dimensiones regionales. Se trata de una dictadura, la más longeva de la zona, que desde sus inicios ha sido causa de polarización política, inclusive más allá de América Latina. La Revolución cubana ha sido el referente político de los movimientos latinoamericanos instalados en el discurso anti-imperialista/anti-colonialista, con una base de apoyo que llega hasta Europa. La promoción de la revolución como utopía latinoamericana constituye una tarea compartida por políticos, académicos e intelectuales, cuya defensa sigue siendo parte del debate actual ante el desgaste de su práctica y el agotamiento ideológico.

En este sentido, hay que interpretar la explosión social en el contexto de una región en la que la crisis desatada en Cuba puede tener serias implicaciones para la precaria situación de Nicaragua y Venezuela; que, para los observadores y analistas políticos representan, junto con la isla, el foco del debate sobre la erosión democrática y la ‘autocratización’ en Latinoamérica. El espíritu del triunfo de la Revolución se mantuvo durante años, entre otros factores, gracias al sustento económico de la antigua URSS y a la hegemonía del Partido Comunista Cubano en el control de la narrativa revolucionaria. Mientras, la cubanización de la Revolución chavista no logró colonizar a la mayoría de los sectores académicos e intelectuales del país. En el caso venezolano, la izquierda, tanto latinoamericana como europea, brindaron legitimidad a una revolución sin épica, convirtiéndose en su escudo protector y, con ello, comprometiendo su propia historia, con el propósito de salvaguardar la simbología revolucionaria que languidece en Cuba.

En cuanto a la crisis política cubana, estamos ante una dura prueba para el liderazgo político de Miguel Díaz-Canel, tras reemplazar a Raúl Castro al frente del régimen de La Habana. La sucesión política plantea grandes desafíos, tanto en Cuba como en Venezuela, tras la desaparición de los liderazgos carismáticos de Fidel Castro y Hugo Chávez. En Cuba, Díaz-Canel ha heredado una situación política difícil, agudizada por el desmantelamiento de las medidas de flexibilización introducidas al final de la Presidencia de Barack Obama que no solamente fueron suspendidas, sino desmontadas mediante las sanciones impuestas por la Administración de Donald Trump. Este contexto ha obligado al líder cubano a recrudecer la manida campaña de resistencia anti-imperialista para procurar, infructuosamente, la cohesión política y social.

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Por otra parte, al escenario político se suma una profunda crisis económica como resultado de la parálisis de las reformas económicas que prometiera Raúl Castro, y que Díaz-Canel no ha logrado materializar, muy posiblemente debido a su promesa de darle ‘continuidad’ a la Revolución. La dolarización de la economía ha empeorado el grave problema de desabastecimiento que la isla venía arrastrando como consecuencia de la limitación del comercio a las tiendas de monedas libremente convertibles (MLC), profundizado las desigualdades entre quienes tienen acceso a divisas y quienes no; similar al fenómeno que se está experimentando en Venezuela con las remesas. Los desequilibrios económicos se han profundizado por los efectos de la pandemia de Covid-19, provocando una reedición del periodo especial debido al desabastecimiento, los reiterados cortes eléctricos (consecuencia, a su vez, de la crisis venezolana y la interrupción de la asistencia económica) y la persecución de la disidencia (entre otros, los movimientos 27N y San Isidro).

Este escenario de caos también castiga a Venezuela, donde su profunda crisis política se ha visto agravada por la caída de los precios del petróleo. Estos problemas agudizaron por los efectos de la aplicación de un severo paquete de sanciones económicas por parte del Gobierno de Trump que, de momento mantiene la nueva Administración de Joe Biden. Por otra parte, los amagos de negociación política en Venezuela tras las manifestaciones populares del 11 de julio en Cuba han sido puestas en duda tras la nueva ola de persecución política contra dirigentes y líderes venezolanos.

El doble desafío para la Casa Blanca es continuar presionando para lograr concesiones del régimen de Nicolás Maduro mientras sortea las exigencias de quienes llaman a profundizar las sanciones contra el régimen cubano y de quienes abogan por una reducción de las mismas. Las crisis humanitarias en ambos países son un problema para EE.UU., pues con la presión del exilio cubano-venezolano en un Estado clave para las midterms de 2022, Florida, las decisiones deBiden tendrán efectos significativos en la política electoral nacional.

Ahora bien, visto el impacto geopolítico de ambas crisis, resulta crucial entender su dinámica política interna, a partir de las narrativas construidas desde las identidades revolucionarias de ambos regímenes. En Cuba han tenido que rescatar no sólo las viejas consignas de la lucha revolucionaria, sino que hasta Raúl Castro ha salido como una suerte de fe de vida de la Revolución cubana mientras la hija del ‘Che’ Guevara condena las protestas y pide que aumente la represión. A falta de pruebas materiales del éxito del régimen, no queda sino desempolvar la memorabilia revolucionaria; en un país donde muchos de quienes vivieron la época dorada desean olvidar mientras otros, nacidos bajo su yugo, no se identifican con el romanticismo revolucionario. Asistimos, pues, a una suerte de ‘venezuelanización’ de la crisis cubana, en la que se manifiesta la deslegitimación de los supuestos revolucionarios basados en la lealtad a la causa política. Lejos de la resignación o emigración como únicas respuestas frente al cerco autoritario del Gobierno, se ha dado una respuesta orgánica con artistas y líderes de movimientos culturales en la vanguardia.

Es justamente esa confluencia entre los sacrificados por una revolución fracasada y los que no sienten ataduras emocionales con una épica vacía de contenido, humano y material la que facilitó que se encontraran el 11 de julio en las calles de Cuba, protagonizando una cadena de manifestaciones populares que dejó claro que el régimen de La Habana se encuentra despojado de argumentos y sólo cuenta con el recurso de la violencia y la represión.

En el caso venezolano, Maduro no tiene a mano una épica que no sea la del fallido golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, como tampoco el carisma de su predecesor (al igual que Díaz-Canel). La Revolución chavista es una construcción oportunista de Hugo Chávez a partir de la habilidad de su maestro, Fidel Castro, para ofrecer a modo de franquicia una fachada para el proyecto político bolivariano cuya etapa primigenia tuvo un signo autoritario (Movimiento V República), pero que con el barniz revolucionario proporcionado por Castro, pudo sumar apoyos entre las élites intelectuales; no sólo en Venezuela, sino en Latinoamérica (Chaguaceda, 2020; López, 2019). Éstas continúan, en su mayoría, acompañando el proceso político venezolano, encarnando en muchos de sus defensores la esperanza en la izquierda frente al deterioro del imaginario revolucionario en Cuba y Nicaragua.

En la isla hay indicios de que este estallido social es consecuencia de la acumulación de frustraciones de un pueblo cansado de ser el experimento de la izquierda latinoamericana, hastiado de ser manipulado por una causa que le es ajena. Mientras, en Venezuela, millones de ciudadanos ya han transitado por ese camino, con lamentables pérdidas de vidas. Los destinos de ambos países están aproximándose al momento en que la defensa de sus regímenes se reduce a la preservación de formas autoritarias de ejercicio del poder. Las luchas por la igualdad han quedado reducidas a una dictadura de la miseria, preservando un espíritu revolucionario que ya no convoca a las masas.

Estamos ante una Cuba donde las protestas son compartidas por redes sociales y una Venezuela donde, al igual que en Cuba, los grupos disidentes y opositores son eliminados, legal y físicamente. Se trata del fin de un mito, el de la revolución. Este cruce de caminos se produce con regímenes que se apoyan ante lo que perciben como un ataque coordinado del enemigo, provocando demostraciones públicas de solidaridad de parte del venezolano. Mientras, sus pueblos, inexorablemente unidos por un pasado y un presente sin libertades bajo regímenes autoritarios aliados, deben aprender de la experiencia cubana para no perder la fe en la capacidad propia de ejercer el protagonismo político, y de la venezolana para no permitir que las diferencias estratégicas les desvíe del objetivo último, que no es otro que la tan ansiada libertad.

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