CUP, ‘compañeros de ruta’ nacionalistas

Es probable que sea imposible encontrar un partido político con representación parlamentaria en España tan escorado a la izquierda como la CUP. La formación, que homenajea el nombre de la coalición electoral que llevó al poder a Salvador Allende a principios de los 70, ha pasado por varias transformaciones desde su fundación hace ya más de tres décadas, pero nunca ha renunciado a su carácter radical. En su programa político, actualizado para las recientes elecciones autonómicas (en las que han logrado nueve escaños, frente a los cuatro anteriores), proponen medidas como el control de la economía por parte de los trabajadores, cerrar los zoológicos, la planificación de la producción en áreas estratégicas, salir de la OTAN y de la UE, avanzar a un «modelo industrial socialista», introducir una renta básica universal o subordinar la economía a la protección del medioambiente. El partido es hijo de los impulsos libertarios y transformadores de los 70 y, como tal, trata de integrar diversas luchas sin jerarquizarlas.

Además, la CUP traslada este espíritu al aspecto organizativo. El partido mantiene un ‘modus operandi’ horizontalista y asambleario, y evita que los altos cargos se mantengan demasiado tiempo en el puesto para resistir dinámicas de profesionalización e institucionalización. Se da, así, un boicot hacia el capital político propio (privándose así quizás de una figura prominente y asentada como Gabriel Rufián, capaz de teatralizar un izquierdismo que el proceso nacionalista amenaza con eclipsar), quedando desplazadas figuras carismáticas como David Fernández. En cuanto al sufragio, y pese a que en Cataluña se da el fenómeno del llamado voto dual, que difiere en autonómicas y generales, los cupaires tienen éxito principalmente entre jóvenes, parados y estudiantes, aunque el determinante del voto es la combinación de actitudes radicales tanto en el eje nacional como en el social (parece que Podemos, por su parte, absorbe el radicalismo social combinado con moderación en el eje nacional). Sus apoyos en relación con la renta siguen una curva paralela a la de ERC y Junts per Catalunya (e inversa a la de los socialistas), ascendiendo ligeramente a medida que asciende ésta, aunque su éxito entre los más acomodados es más moderado que el de la derecha independentista y desciende entre el decil más rico.

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Así, la formación trata de mantener un carácter plural y horizontal. Pero, en realidad, sí que hay un elemento jerarquizante en la praxis política de la CUP, sólo que no deriva de ningún programa político ni de ningún modelo organizativo. Tiene que ver con la pertenencia a un proyecto nacionalista que no dirigen y que amenaza con marginalizar tanto al partido como a su programa económico. En efecto, el procés ha creado un nuevo mapa político que lo permea todo tanto a nivel partidista (desde el triunfo y caída de Ciudadanos hasta el auge de Vox) como a nivel semántico (enmarañando los significados de democracia, soberanía, pueblo, igualdad o libertad). El choque entre nacionalismos se ha convertido en el clivaje principal, ejerciendo una tremenda fuerza gravitatoria hacia partidos y discursos y dejando a pie cambiado a quienes buscan terceras vías. La CUP ha ganado popularidad, a menudo haciendo de ello freudiano del procés, pero a costa de subirse a un tren que no controlan y que conduce una serie de actores políticos (partidos, pero también medios e intelectuales particulares) que no parecen por la labor de socializar los medios de producción ni de crear un contexto más apropiado para avanzar al socialismo o abandonar la OTAN (es difícil no acordarse de los lexiters que creían que, una vez fuera de la UE, sería más fácil derrocar al capitalismo). Así, se les podría aplicar lo que, en referencia a la globalización, Thomas Friedman llamó «la camisa de fuerza dorada»: tienen beneficios (electorales, aunque también de exposición mediática), pero a costa de no poder moverse demasiado: deben ser disciplinados en su apoyo al procés, siendo presionados cuando se salen del guion.

En su ventaja está el hecho de que el nacionalismo catalán ha conectado con la izquierda no-catalanista tanto fuera como dentro de España. Es indudable que en el extranjero las imágenes de un pueblo luchando por su liberación (especialmente aquéllas en las que se impide votar a miles de ciudadanos a golpe de porrazo) y la idea de España como país parcialmente atrasado han ejercido un rol fundamental en la recepción mediática del conflicto, favoreciendo el punto de vista de los independentistas. Dentro de la izquierda (extranjera, pero hasta cierto punto también española) el procés puede, además, haber conectado con el meta-relato de lo subalterno contra lo dominante y cierta reivindicación de lo local frente a lo homogeneizante (perdiéndose de vista que, en realidad, toda identidad, también las locales y subalternas, es potencialmente homogeneizante), impresiones que se difuminan al conocerse el asunto más de cerca. En este sentido, el declive de la simpatía de la izquierda española a medida que avanzaba el procés es bastante sintomático, aunque los progresistas españoles se han mantenido, en general, disciplinados para no hacerle el juego a sus adversarios. También conecta el procés con cierta idea de Cataluña como una región particularmente progresista (frente a una España atrasada), mito que fue desmentido por Lluís Orriols y que puede alimentar cierta idea de que es legítimo apoyar estratégicamente proyectos que dañen la presunta esencia conservadora del país.

Sea como fuere es importante apuntar que, al contrario de lo que muchos progresistas y liberales parecen pensar, sí se puede ser nacionalista y de izquierdas. Desde luego no si definimos la etiqueta como anteposición de los intereses de una nación a los de otras, como unidad armónica interclasista o como chovinismo cultural. Pero ésas son tan sólo algunas de las connotaciones de la palabra, como explicó Anthony Smith en su famosa taxonomía: también es nacionalista quien simplemente se identifica con una nación o cree en su existencia y autonomía.

Más problemático puede ser ubicarse en la izquierda y luchar por un tipo de nacionalismo como el catalán, que recuerda al que encontramos en Padania, Flandes o Bavaria: tiene que ver con un tipo de movimiento que suele darse en regiones ricas e históricamente más modernas en términos económicos que otras partes del país. Lo que ocurre a menudo es que se desarrollan élites locales (aunque también sustratos medios, consecuencia indirecta del cambio económico) que entran en conflicto con las medidas centralizadoras y redistribuidoras que llegan de la capital, a menudo con un discurso diferencialista (se explica, de forma dudosa, que la región en cuestión es diferente culturalmente del resto, aunque no necesariamente superior) y mediante revueltas fiscales. Por otra parte, a nadie se le escapa que intensificar la predominancia del nacionalismo (cuando éste no es de tipo nacional-popular) puede eclipsar temáticas sociales. Es sabido que el propio procés nace durante el ciclo de protestas anti-austeridad cuando, como contaba Lola García en El naufragio, Artur Mas se da cuenta de que si se envuelve en la estelada puede entrar al Parlament vitoreado en lugar de en helicóptero.

Los cupaires se convierten así, por voluntad propia, en compañeros de ruta en un camino cuyo horizonte debiera ser la construcción de un Estado-nación catalán y en el que se prioriza lo nacional sobre lo social; aunque, insistamos, ambas facetas no son siempre excluyentes. El concepto de compañero de ruta ha tenido muchos usos históricamente, tanto en la Rusia revolucionaria como en la China maoísta, pero generalmente remite a personas o grupos que siguen la estela de ciertos movimientos, aunque de manera subordinada (yendo a rebufo de la dirección política de otros) o paralela (impulsando a veces sus propios intereses, lo que hizo que el calificativo compañero de ruta capitalista fuese sinónimo de quintacolumnista durante el reinado de Mao). Los dirigentes y militantes de la CUP tratan de impulsar sus demandas, pero lo hacen dentro de un espacio informal (y por tanto con marcos inciertos; en contraste, por ejemplo, con un Gobierno de coalición) en el cual no siempre encuentran eco. Como no podía ser de otra forma, las contradicciones derivadas de participar en dicho espacio ya han causado grietas dentro del partido: valgan como ejemplos el empate a votos en la asamblea del partido con respecto a la investidura de Mas o las reacciones al abrazo entre éste y David Fernández. También fue sintomático el episodio en el cual Antonio Baños acusó a sus compañeros de “votar lo mismo que Albiol” cuando se negaron (una vez más con resultados ajustados, con 26 votos a favor de retirar la enmienda, 29 en contra y tres abstenciones) a apoyar los Presupuestos de Junts pel Sí en 2016.

¿Hacia dónde va la CUP? Tal y como este análisis ha tratado de dejar claro, la respuesta en realidad es complementaria a la del futuro del procés, en tanto los partidos rara vez actúan o piensan más allá de las estructuras de las que participan. Atrapados en un bloque con el cual comparten tan sólo una parte de su ideario, los cupaires probablemente sigan tratando de impulsar sus políticas redistributivas y transformadoras (quizás sea más fácil con ERC a la cabeza) y sigan encontrándose con las reticencias de unos socios entre cuyos objetivos está la proyección internacional de la Caixa más que su nacionalización.

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