‘Clivajes’ políticos y desigualdad en Francia: ¿voto de clase, populismo o elitismo?

A menos de un año de las elecciones presidenciales, las encuestas y los comentaristas sugieren que el duelo Emmanuel Macron-Marine Le Pen volverá con fuerza. Las viejas fuerzas políticas, debilitadas y fragmentadas, darían así paso a la materialización de una nueva división cultural, al mismo tiempo que prepararían el camino para un desplazamiento general de los votantes hacia la derecha del espectro político. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Es ésta transición inevitable, y hasta qué punto refleja cambios socio-políticos más profundos comunes a las sociedades occidentales?

Los datos recogidos recientemente en nuestra obra colectiva ‘Divisiones políticas y desigualdades sociales’ permiten, por primera vez, responder a estas preguntas desde una amplia perspectiva comparativa e histórica (también nos remitimos a nuestra interfaz en línea, explore.wpid.world, que permite a cualquier persona aprender más sobre los determinantes del voto). Utilizando una nueva base de datos sobre el comportamiento de los votantes en 50 democracias entre 1948 y 2020, consistente en un conjunto de encuestas realizadas justo antes y después de las elecciones nacionales, hemos podido estudiar cómo varían las decisiones de los votantes según rasgos como los ingresos, la educación, el género, la edad y la identidad étnico-religiosa. Presentamos aquí algunos de los resultados clave de este análisis en el caso francés (véase el capítulo 2 del libro, escrito por Thomas Piketty), al tiempo que intentamos comparar la dinámica visible en Francia con la de otras democracias occidentales.

Del voto de clase a un sistema de partidos de ‘élite múltiple’

El resultado más sorprendente que se desprende de este nuevo conjunto de datos es el paso de lo que proponemos llamar un «sistema de partidos clasista» a un «sistema de partidos de élites múltiples». En las décadas de 1950 y 1960, los partidos de izquierda (socialdemócratas, socialistas, comunistas, etc.) obtuvieron, con diferencia, los mejores resultados entre los votantes con los niveles más bajos de educación, ingresos y riqueza, mientras que los partidos conservadores eran más populares entre las clases medias y altas. Desde entonces, se ha producido una notable divergencia entre la renta y la riqueza, por un lado, y la educación, por otro: mientras que los votantes con mayor renta y riqueza siguen votando más a la derecha, los votantes más educados se han inclinado muy gradualmente hacia los partidos de izquierda (Gráfico 1). El resultado de esta transición ha sido la aparición de un «sistema de élites múltiples», en el que cada coalición política representa ahora una forma particular de élite: la izquierda, las élites educadas; la derecha, las élites económicas.

Gráfico 1 – La aparición de un sistema de élites múltiples en Francia (1956-2017)

[Recibe los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram]

Esta evolución del voto de clase a un sistema de múltiples élites va mucho más allá del contexto francés: de Estados Unidos a Australia, de España a Noruega se observa una inversión similar de la brecha educativa en casi todas las democracias occidentales. Y lo que es más llamativo, esta transición ha sido extremadamente gradual, comenzando en los años 50 y continuando de forma casi lineal hasta hoy, lo que sugiere que su origen va más allá de factores contingentes o cuestiones políticas contemporáneas (inmigración, seguridad o integración europea).

¿Cómo se explica entonces esta evolución? En este libro, proponemos tres líneas de pensamiento para responder a esta pregunta. El primero, utilizado a menudo en Ciencia Política, está relacionado con la creciente importancia de los nuevos «conflictos socio-culturales» en las democracias occidentales, ya que las cuestiones relacionadas con la ecología, la emancipación de las minorías o la inmigración ocupan una parte cada vez mayor de los debates políticos. En el marco de nuestro análisis en términos de renta y educación, observamos que es la primera la que sigue separando el voto a los antiguos partidos de izquierda y de derecha, mientras que es sobre todo la educación la que distingue ahora a los ecologistas (apoyados casi exclusivamente por los más educados) de la extrema derecha (mucho más popular entre los menos educados; ver Gráfico 2).

Un segundo mecanismo que puede ayudar a explicar la inversión de la brecha educativa es el propio proceso de expansión educativa. En los años 50 y 60, era más fácil diseñar un programa formativo igualitario, ya que la mayoría de los votantes no tenía, en general, más que una educación primaria o secundaria. Con el auge de la superior, es posible que los partidos de izquierda se perciban cada vez más como defensores de los ganadores de la competencia educativa, lo que ha contribuido a aumentar el resentimiento entre las clases trabajadoras.

Finalmente, un tercer mecanismo posible tiene que ver con el giro de la ideología global hacia la liberalización de la economía, la sacralización de la propiedad privada y el abandono de cualquier perspectiva de superación del capitalismo. La moderación de los programas de los partidos de izquierda tradicionales, así como su adhesión (en algunos casos) a las políticas neoliberales, han contribuido indudablemente al declive de las divisiones de clase, al colapso de estos partidos y al aumento de los conflictos identitarios.

Gráfico 2.- Renta, educación y sistemas de élites múltiples en las democracias occidentales (2000-2020)

Las presidenciales de 2017 y cuatro cuartas partes del electorado francés

Aunque esta transición es común a casi todas las democracias occidentales, las elecciones presidenciales de 2017 en Francia cristalizaron una configuración nueva y particularmente interesante de esta divergencia entre ingresos y grados. De hecho, el electorado francés se dividió en cuatro partes casi iguales, que representaban las posiciones de los diferentes candidatos en dos ejes políticos: uno económico y otro socio-cultural. Jean-Luc Mélenchon y Benoît Hamon, con un 28% de los votos, encarnaron de esta forma el voto igualitario-internacionalista, menos opuesto a la inmigración y más favorable a la redistribución de la riqueza, que captó una parte importante de los votantes con mayor nivel de formación pero con bajos ingresos (Tabla 1). Macron, un candidato no-igualitario-internacionalista, concentró el voto de las élites ricas y educadas, mientras que François Fillon, un candidato no-igualitario-nativista, atrajo una parte ligeramente mayor de los votantes con niveles de educación más bajos. Le Pen y Dupont-Aignan, por último, representaban un polo igualitario-nativista, que era más popular entre los votantes con niveles de educación más bajos, así como entre aquéllos con menores niveles de riqueza.

Tabla 1.- Conflicto político en Francia en 2017: un electorado dividido en cuatro cuartos

El caso francés difiere, pues, del de otras democracias occidentales en al menos dos aspectos: por un lado, el polo ‘no-igualitario-internacionalista’, encarnado por La République En Marche!, parece anormalmente grande: los partidos llamados social-liberales que se le acercan en otros lugares de Europa, como el D66 en los Países Bajos o el Neos en Austria, rara vez superan el 15% de los votos. Se puede pensar que el voto estratégico, alimentado a su vez por el sistema de votación presidencial a dos vueltas y por la desilusión ante una izquierda francesa dividida que pierde legitimidad, ha desempeñado sin duda un papel clave en este sorprendente éxito de Macron.

Por otro lado, la extrema derecha francesa obtiene una puntuación especialmente alta y creciente entre los votantes de menor renta en comparación con otros partidos de extrema derecha en Europa: en 2017, votó al Frente Nacional en la primera vuelta el 29% del grupo que conforma el 50% de los votantes más pobres.

En Francia, como en otras democracias occidentales, la extrema derecha parece progresar inexorablemente, atrayendo una parte creciente del voto de la clase trabajadora y alterando el equilibrio histórico de poder. Esta evolución, como ha sugerido nuestro análisis, no debe entenderse únicamente como el resultado de las recientes convulsiones. El ascenso del populismo fue, en cierta medida, precedido por el ascenso del elitismo. El aumento de la abstención desde los años 80, que se ha concentrado sobre todo en los votantes más precarios, es quizá una de las manifestaciones más evidentes. Nada hace pensar que un nuevo éxito de La République En Marche!, un partido cuya principal característica es atraer a un electorado excepcionalmente favorecido socialmente, pueda contribuir a invertir estas tendencias. La resistencia de la extrema derecha dependerá más bien de la capacidad de otras fuerzas políticas, especialmente de la izquierda, para renovar su oferta política de forma suficientemente profunda. En un contexto de creciente inseguridad y precariedad económica, asociada a la pandemia de la Covid-19 y a las medidas restrictivas que la acompañan, no es imposible que la desigualdad y la pobreza vuelvan con fuerza a la escena política, siempre que las propuestas para afrontarlas estén a la altura de las expectativas de los ciudadanos.

Contra la pandemia, información y análisis de calidad
Colabora con una aportación económica

Autoría

Deja un comentario

X

Uso de cookies

Esta página utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle información relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.