Ciudadanos y la pugna por el centro

Quizá pueda sorprendernos cuánto puede llegar a torcerse el trazo detallado de los renglones con que se escribe nuestra biografía política común, pero nunca debemos olvidar las líneas rectas que marcan el curso general de los hechos, con una lógica irrefrenable e ineluctable. Es cierto que, con las primeras, se pueden elaborar muchas columnas (y tuits) con juicios sobre la estulticia y el deber de los políticos (y de quienes les votan, siempre que sean los otros); aunque el ciudadano escéptico siempre preferirá primar lo segundo. Que lo frívolo no nos oculte lo serio.

A nadie debiera sorprender que la trayectoria de un partido de centro como Ciudadanos estuviera destinada a fluctuar entre el éxito y el fracaso. Su ascenso fue forzosamente más lento que el de Podemos, aunque sus repercusiones iban a ser más profundas. No siendo el centro una doctrina ni una ideología, sino un espacio muy diverso y lleno de votantes antitéticos, sus contradicciones siempre fueron mayores y, sobre todo, sus dilemas políticos más profundos: ¿a qué electores priorizar? ¿con qué partidos aliarse? ¿a qué propuestas renunciar? Mientras Podemos ‘sólo’ aspiraba a remplazar al PSOE (algo poco probable, pero no tan incompatible con el resto del artefacto político español como muchos pretenden), Ciudadanos necesitaba hacer saltar por los aires el mundo conocido. A saber: la lógica bipartidista de la política a nivel estatal, pero también el juego parlamentario de tres bloques con los que ésta venía funcionando hasta ahora, incluyendo esa tercera España que tanto cuesta tener presente en la entropía política madrileña, la única Comunidad que no ha tenido partidos regionalistas genuinos sobre el terreno.

Cuando muchos se preguntan hoy, con cierta nostalgia ucrónica, si hay espacio viable para el centro en España, hay que recordar que, en términos funcionales, desde 1977 éste ya ha estado siempre presente y ocupado por la constelación de fuerzas regionalistas y nacionalistas que completan el mosaico de la identidad política española tal y como es hoy. Siempre hubo representantes que operaron funcionalmente como fuerzas de centro parlamentario en el Congreso. El más importante, CiU, desempeñó a nivel estatal el papel de un actor centrista en términos sociológicos, parlamentarios y también históricos, hasta que dejó de hacerlo. Cuando Aznar llegó al centro, Jordi Pujol llevaba años esperándole allí. El PNV y el regionalismo canario no fueron algo distinto.

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Es ese tercer bloque quien mejor nos ayuda a entender por qué UCD, CDS, UPyD y el no-nato PRD (la operación roquista encabezada por Antonio Garrigues Walker y Florentino Pérez) acabaron fracasando en el intento. Resumiendo: en la España constitucional de 1978, un partido genuinamente de centro no puede ser demasiado grande electoralmente, ni demasiado extendido en el territorio, ni demasiado rígido en sus giros coalicionales ni demasiado irrespetuoso con las identidades españolas. Y si un experimento político se atreve a infringir esas cuatro reglas electorales, debe estar seguro de hacerlo saltar todo por los aires… y de recomponer rápidamente las piezas con la nueva planta antes de que el resto del paisaje vuelva a sus inercias habituales, aquéllas que vienen determinadas por nuestras reglas institucionales y por las pautas culturales y conductuales labradas por la sociedad española durante tanto tiempo.

Eso es lo que intentó hacer Ciudadanos a partir de 2017, en un contexto de crisis de reputación del PP (que aún perdura): convertirse en un partido grande, con presencia de mando en todo el territorio y orientado ya claramente hacia la derecha. Quiso ser el PP siendo algo que ni siquiera hace el PP cuando quiere tener opciones de gobierno: desplegando un discurso nacional poco inclusivo respecto a la periferia territorial. Quizá su retórica españolista era necesaria en esa estrategia polarizante que requieren todos los partidos de centro que aspiran a crecer. (Que los partidos de centro en estado creciente polarizan es algo que puede parece un contrasentido para quienes pretenden creer que el centro es una ideología que reúne, algo que no toca explicar ahora pero que ya mencionaron Reuven Hazan, o Nagel y Wlezien en sus trabajos, como desarrollaremos otro día).

Pero para triunfar en su cometido, Ciudadanos necesitaba tiempo (como aquí avisamos), algo que abortó la moción de censura de 2018. A partir de entonces su dilema era evidente (y aquí lo expusimos): ¿redirigir su estrategia hacia el PSOE para mantenerse como socio del Gobierno central, o seguir aspirando al sorpasso del PP a la espera de que éste se desplomara junto a su reputación? No era realmente un dilema. La primera opción era arriesgada y significaba implícitamente renunciar a ser el partido mayor del centro-derecha. La segunda se barruntaba suicida, en un contexto en el que la indignación estaba cambiando de bando. En marzo de 2018 Albert Rivera prometía una nueva España, incluso con letra decimonónica para su himno, y en julio Moncloa y la Generalitat de Cataluña volvían a estar de nuevo en manos de socialistas, comunistas e independentistas. Algo no cuadraba.

Esta mezcla de expectativas defraudadas y de impotencia manifiesta fueron el combustible de un incipiente voto gamberro que iba a alterar la competición entre azules y naranjas, y que de paso ponía en evidencia que el voto de Ciudadanos no provenía sólo de votantes moderados insatisfechos con la dinámica bipartidista, sino también de electores conservadores ofendidos y desengañados con la evolución del PP, pero más refractarios aún a cualquier trato con la izquierda.

A este tipo de indignados de derechas, que en otros lares emergieron en apoyo al Brexit, a Trump o al auge del voto protesta en Australia, la prensa anglosajona lo ha denominado ilustrativamente como ‘up yours vote’, lo que podríamos traducir en términos castizos como el voto del a tomar por culo o voto ATPC. Es un voto de revuelta, no de reunión. No expresa tampoco un voto útil, porque su utilidad es apoyar aquello que más molesta a la mayoría de progresistas, liberales y conservadores moderados. En el caso de España es, además, un voto de garantía, orientado a favorecer, cuando se pueda, un retorno del PP al poder apoyado desde las esencias, lo que ahora significa hacerlo desde fuera y no desde dentro.

La relegación de Ciudadanos a un papel de oposición menor a partir de 2018 pondría en riesgo esa coalición de electores volátiles que hasta entonces le venían aupando en las encuestas, una extraña alianza compuesta por centristas genuinos y conservadores indignados. Una parte importante del primero podía mantenerse fiel a Ciudadanos por un tiempo ante la nueva coalición gubernamental. Pero el segundo nunca llegaría a tomar la papeleta naranja, porque pronto desertaría hacia Vox. Ni siquiera el desesperado veto a Sánchez en febrero de 2019 (tan incoherente con el votante centrista -cuyo apoyo estaba asegurado-, pero quizá necesario para tratar de retener al resbaladizo indignado de derechas) evitaría que el sorpasso al PP se frustrase definitivamente unas semanas después.

La historia de Ciudadanos desde noviembre de 2019 tiene algo de tragedia anunciada. Rivera abandonó el liderazgo del partido, pero dejó a su sucesora una herencia envenenada: Arrimadas debía rectificar la estrategia fallida de su predecesor del partido, pero ¿cómo hacerlo si todas las alianzas naranjas autonómicas y locales estaban ancladas bajo presidencias del PP y en los brazos parlamentarios de Vox? Era evidente que cualquier intento de la nueva dirección por redirigir el rumbo haría crujir las estructuras del partido. Que luego se descubriera a antiguos compañeros, como Fran Hervías, conspirando para vender la organización que ellos mismos habían venido dirigiendo hasta hacía unos meses ya forma parte del relato personal de la política. La suerte de tantos otros Hervías que poblaron UCD hacia 1981 y 1982 es que entonces no había guasaps ni redes sociales que dejaran registradas sus traiciones para marcharse al PSOE y a AP.

¿Y ahora qué?

El hundimiento de Ciudadanos deja en circulación ese clúster de votos centristas genuinos que aún le apoyó en noviembre de 2019. Sánchez lleva dos años tratando de recogerlos infructuosamente, mientras que Casado necesita, además, combinarlos con los indignados que se fueron a Vox. ¿Con qué posibilidades?

De entrada, no podemos dar por desahuciado a Ciudadanos, porque en enero pasado casi la mitad de sus aún votantes pensaban seguir votándole. No debiera extrañar: desde 2008 hay una pequeña demanda de centro que rehúye alinearse con PSOE y PP. ¿Puede Ciudadanos retener algo más de lo que dejó UPyD? Probablemente, la respuesta dependa de qué utilidad le dé Arrimadas a los 10 escaños que mantiene en el Congreso (si logra retenerlos hasta el final). De ahí la curiosa coincidencia de Podemos y Ciudadanos en estos momentos: ninguno de ellos querrá contribuir a la caída del Gobierno. ¿Será suficiente ese interés común para que acaben sumando sus escaños detrás de Sánchez?

Lo malo para Ciudadanos es que, antes del estropicio de Murcia, la mitad de sus antiguos votantes (casi un millón) ya le habría abandonado: uno de cada siete al PP, mientras que PSOE y Vox apenas se benefician de ello (en parte, porque Vox ya habría drenado ese voto ATPC de indignados conservadores después de abril de 2019). Y lo más excitante para sus adversarios: uno de cada tres votantes de Ciudadanos seguía en circulación sin destino decidido hace unas semanas (porque no sabrían aún a quién votar, o podrían quedarse en casa o votarían en blanco).

Gráfico 1.- Intención de voto en unas futuras generales de quienes votaron a Ciudadanos en noviembre de 2019

¿Quiénes son esos ex votantes indecisos y adónde se podrían dirigir? Aunque el número de encuestados por el Centro de Investigaciones Sociológicas que representa ese grupo es bajo para inferir tendencias con rigor (apenas un centenar de casos), algo sugieren: no confían ni en el presidente del Gobierno ni en el jefe de la oposición (Gráfico 2); ambos líderes suscitan, además, un fuerte rechazo (Sánchez más que Casado, pero menos que Abascal). Son ideológicamente tan centrados como los votantes aún leales (Gráfico 3), pero están muy enfadados con la situación política. No son, pues, voto ATPC, pero algo les cierra el paso al PSOE: detestan a Sánchez, o al menos su alianza con Podemos. No podemos saber si en el pasado votaron alguna vez a los socialistas, aunque bien pudieran haberlo hecho, porque es el grupo de mayor edad (mientras que los aún leales tienen la edad media más joven de todos). ¿Hasta qué punto ese rechazo al PSOE actual puede mantenerse en un escenario de ascenso del PP y Vox? En la hipótesis más negativa para Sánchez, Ciudadanos podría haber sido para ellos la plataforma de tránsito para desengancharse del centro-izquierda y bascular definitivamente hacia el lado opuesto.

Gráfico 2.- Baja o nula confianza en Sánchez/Casado entre los que votaron a Ciudadanos según intención de voto para el futuro

Gráfico 3.- Distribución ideológica según intención de voto futura de quienes votaron a Ciudadanos

Si se confirmara ese realineamiento trascendental, el PP posibilista cuya reputación trata de reflotar Casado podría estar en mejores condiciones de llevarse los restos del naufragio naranja. No obstante, esa opción chocaría con el rechazo aún mayor que le producen Vox y Abascal a estos indecisos (y leales). Ante ese cúmulo de contradicciones, muchos de ellos prefieren, de momento, declinar una intención de voto concreta. Esa desmovilización del centro exhausto es la que puede encumbrar a Díaz Ayuso el próximo mes de mayo y borrar de la Cámara al grupo de Aguado.

Las dificultades de Sánchez para atraer a los naranjas quizá no pondrían en riesgo la mayoría plural que le sostiene, pero nos conduciría a un escenario políticamente endiablado a medio plazo: uno en el que el PSOE podría seguir creciendo y mantenerse como primer partido a costa de Podemos, pero donde la suma de PP y Vox superase la suma de las izquierdas, aunque sin combinaciones posibles para traducirla en mayoría gubernamental. Todo un choque de legitimidades.

Esta pugna por el centro, con un Ciudadanos en proceso de encogimiento acelerado, tiene obviamente fuertes repercusiones: en contra de lo que muchos apuntan, dará incentivos para una mayor competencia centrípeta entre PSOE y PP, constreñirá aún más la posición de Podemos en el Ejecutivo (hasta el punto de que Iglesias, anticipándolo, ha buscado una salida honorable para evitar que tarde o temprano sean otros quienes le cesen) y perfilará el calendario de la legislatura, a la que la UE, con su anuncio de recuperación de las reglas fiscales para 2023, ha puesto fecha de caducidad: 2022. Hasta entonces, Ciudadanos aún tiene cosas por decir.

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