Chile: declinación sin reemplazo

En las últimas semanas se han suscitado en Chile diferentes teorías sobre las posibilidades de las fuerzas políticas para los comicios presidenciales y parlamentarios, programadas para el próximo 21 de noviembre. Los resultados de la mega-elección de los pasados 15 y 16 de mayo confirmaron la declinación hegemónica de los partidos tradicionales después del estallido social de 2019 (18-O), sin evidencia todavía de un recambio por parte de algún bloque político emergente. Asimismo, desde un punto de vista de las fortalezas y debilidades de los actores, las modestas cuotas obtenidas por cada bloque político multiplican la indeterminación del proceso, convirtiendo al comportamiento cooperativo en la llave para conseguir gobernar durante los próximos años el país de octubre.

Todo esto ocurre en un contexto en el que la participación electoral ha llegado a sus niveles mas bajos desde 1988 y los partidos parecen más cajas de resonancia de los climas de opinión que actores capaces de conducir el proceso de cambios que arrancó con la revuelta social de 2019.

A este respecto, el Grafico 1 muestra la pérdida de capacidad de movilización electoral de las dos coaliciones tradicionales desde 1989 (centro derecha, cder_v; centro izquierda, cizq_v), el surgimiento de un segundo bloque de izquierda con el Frente Amplio (FA) en 2017 (izq_v [FA]) y la fragmentación del sistema político como resultado de la elección de convencionales en el año 2021 (*EC). Además, esta última votación muestra el surgimiento de nuevas expresiones de izquierda: el FA articulado con el PC en el bloque Apruebo Dignidad (izq_c [FA]), independientes de la Lista del Pueblo (indldp_c) y la lista de Independientes No Neutrales (indnn_c). Esta combinación de fragmentación y declinación de la capacidad movilizadora de los actores ha estado acompañada en los últimos años por una tendencia a la auto-limitación afirmativa, especialmente por parte de las nuevas organizaciones. Dichas conductas no sólo reproducen y amplifican los antagonismos, sino que también dificultan que aquellos bloques que impulsan reformas puedan utilizar sus desempeños electorales agregados para constituirse en mayorías políticas. Se agrega una serie con la votación obtenida por las candidaturas presidenciales ganadoras del período (v_pres) para dimensionar las brechas respecto a la votación obtenida por cada bloque.

Gráfico 1.- Movilización electoral por bloques políticos (1989-2021)

Fuente: elaboración propia con datos del Servel.

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La derecha chilena, golpeada por una derrota ideológica y electoral sin precedentes producida por el estallido del 18 de octubre de 2019 (18-O), el derrumbe en el apoyo al Gobierno de Sebastián Piñera y, posteriormente, por los resultados abrumadores del plebiscito de entrada en 2020, padece una notoria desmoralización electoral tras caer por debajo del tercio histórico de los escaños en la elección de convencionales. El bloque se encuentra ante al dilema de defender el modelo de desarrollo capitalista o impulsar una renovación ideológica, y prueba de ellos son los cuatro pre-candidatos que participarán en las primarias de Chile Vamos. El dilema se plantea en salvar lo que se pueda del modelo o lo que se pueda de los referentes políticos del sector. Paradójicamente, quien mejor representa el rol de insider en estas primarias es Sebastián Sichel, candidato con una trayectoria sinuosa, de origen democristiano aunque de orientación liberal, ministro de Desarrollo Social y presidente del Banco Estado durante el Gobierno de Piñera y apoyado en la actualidad por fácticos del alto empresariado.

El otro líder es Joaquín Lavín, que perteneció a los sectores de la Unión Demócrata Independiente (UDI) más leales a la dictadura de Augusto Pinochet, pero que en la actual coyuntura genera desconfianza en el establishment económico por su pragmatismo táctico y el riesgo de desviación populista. Cualquiera que sea la carta presidencial de la derecha, tendrá grandes dificultades para crecer o incluso mantener su apoyo en un sistema que se ha movido a la izquierda después de 2019 y con un Gobierno que no supera el 20% de respaldo. La mejora de sus expectativas vendrían de una agudización de las discrepancias en el centro-izquierda que impidiera un pacto razonable entre la democraciacristiana y el Partido Socialista, o de que el ensimismamiento en la izquierda convierta al miedo en el gran catalizador de participación reactiva en las elecciones de noviembre.

El bloque de izquierda del Frente Amplio y el Partido Comunista fundamenta su fortaleza para convertirse en Gobierno en el hecho de ser la segunda fuerza política en la Convención Constitucional y en algunos triunfos en alcaldías importantes, destacando los resultados obtenidos en las comunas de Maipú, Ñuñoa y Santiago. Estas expectativas mejoran con las encuestas, que otorgan a la candidatura del actual alcalde de Recoleta, Daniel Jadue, como un líder respaldado por la opinión pública. Sin embargo, el desempeño electoral del PC no muestra un crecimiento significativo y bordea un modesto 5% en los últimos comicios, con 285.216 sufragios en los comicios convencionales frente a los 274.935 de 2017.

La otra candidatura para las primarias es el diputado Gabriel Boric, del FA, que busca maximizar su crecimiento derrumbando los muros que dividen a los distintos sectores de la izquierda. Esta estrategia puede tener buenos resultados si vota un mayor porcentaje de jóvenes. En lo estratégico, el mayor desafío para este bloque consistiría en movilizar la votación de las diferentes alternativas políticas de izquierda sin membresía partidaria, convergencia que hasta ahora parece compleja. El resultado del FA se acercó al millón de votos en 2017 (izq_v [FA]), y en la elección de convencionales de mayo pasado varió marginalmente, a pesar de articularse con el PC (izq_c [FA]).

En el caso de los independientes de izquierda (indldp_c y indnn_c), los resultados obtenidos en la elección de convencionales refuerza el optimismo del bloque respecto a su papel como actor estratégico en el proceso político chileno general. También ha fortalecido su confianza ante una candidatura presidencial independiente para la primera vuelta. No obstante, la diversidad de los independientes, propensos a una cultura anti-partidos, plantea interrogantes respecto a si este espacio logrará en los próximos meses superar su heterogeneidad y ensimismamiento iniciales para desempeñar su función como bloque político con capacidad de articulación con otros sectores.

Evidentemente, la elección de convencionales se organizó con motivaciones y reglas del juego distintas a las parlamentarias. No está claro que el Congreso modifique las reglas del juego para los próximos comicios parlamentarios, asimilándolos al sistema electoral diseñado para las convencionales. Tampoco es evidente que el capital local de liderazgos construidos desde el territorio pueda trasladarse a una votación presidencial de carácter nacional. Con todo, la Lista del Pueblo (indldp_c) obtuvo 926.602 votos este año y 504.145 la Lista de Independientes no Neutrales (indnn_c), lo que mantiene a ambos lejos del resultado más bajo de una coalición ganadora en una elección presidencial. En la referencia más próxima, la de 2017, la derecha obtuvo 2.318.719 votos (cder_v, Gráfico 1), frente a los 3.796.579 votos que consiguió Piñera en el balotaje presidencial (v_pres, Gráfico 1), con los resultados posteriores conocidos por todos.

Los partidos tradicionales de centro-izquierda que formaron parte de la antigua Concertación, hoy reunidos en el pacto electoral de Unidad Constituyente (cizq_c), se han sido fuertemente afectados por el desplazamiento del sistema a la izquierda y se aferran a su cuota de poder territorial (gobernadores y alcaldes) para detener su caída libre.

Una clara muestra de esta pérdida de capacidad de movilización electoral lo constituye la Democracia Cristiana (PDC), con la pérdida de dos tercios de su votación entre 1993 y 2017 (Gráfico 2). Este bloque se puede mover tácticamente buscando articulaciones ad-hoc con sectores moderados de la derecha o intentar algo más permanente con otros actores de la izquierda más allá del Partido Socialista. Sin embargo, el desplazamiento de este bloque en cualquier dirección generará costes políticos a corto plazo, debido a la oposición bilateral que tienen los partidos de la antigua Concertación. Paradójicamente, su mejor vacuna contra el desfondamiento electoral futuro pudiere ser la senadora Yasna Provoste (PDC), actualmente el liderazgo más competitivo de este sector con capacidad de articulación transversal frente a la crisis sanitaria por la Covid-19. La demora de Provoste y su partido para confirmar su pre-candidatura presidencial le permite beneficiarse de la visibilidad que otorga la Presidencia del Senado, pero tensiona crecientemente la relación con el PS. En todo caso, es improbable que Unidad Constituyente consiga, sin redefinir estrategias y programa, detener la sangría de votos que vienen experimentado sus integrantes desde 1993 (cuando obtuvo algo más de cuatro millones de sufragios) hasta 2017 (menos un millón y medio). Si esto fuera así, y aun cuando los partidos de centro-izquierda consiguieran ganar la Presidencia con Provoste, al no existir una articulación estratégica entre Unidad Constituyente y el bloque FA-PC se podría llegar a un complejo escenario de Gobierno minoritario, con una alta vulnerabilidad legislativa en tiempos de pocas ideas y mucha antropofagia política.

Gráfico 2.- Movilización electoral por partidos de centro-izquierda, PC y FA (1989-2021)

Fuente: elaboración propia con datos del Servel.

En estas condiciones, lo que se juega en los próximos meses en Chile no es sólo el proceso destinado a elegir un nuevo Gobierno, pues eso ocurrirá con seguridad y de manera institucional; lo que está en juego es construir nuevas correlaciones entre las fuerzas políticas que permitan gobernar las transformaciones en curso, sin prolongar la crisis que afecta al país desde el 18-O y que se ha agravado con la pandemia. Pero estamos donde estamos. Las ultimas elecciones han reafirmado el síndrome chileno de la alta abstención electoral, con un clímax en la segunda vuelta de gobernadores, donde participó solo el 19,61% de los electores habilitados. En este contexto, las diferencias de respaldo electoral entre los bloques políticos son marginales y las cuotas en convencionales, gobernadores y municipales, si bien son una condición, no tienen validez predictiva. Los resultados de noviembre dependerán más de las estrategias de los bloques y de la capacidad de sus liderazgos para superar los sesgos cortoplacistas y la propensión al ensimismamiento político. Parafraseando al presidente Pedro Sánchez en el Teatro del Liceu de Barcelona, los actores políticos en situaciones de crisis deben optar por mantenerse encerrados con el juguete único de la discordia, o bien abandonar este juguete dedicando esfuerzos para cristalizar aquellas transformaciones y equilibrios que fortalecen la democracia.

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