Cataluña: la mutación política del espacio ‘post-convergente’

ERC y Junts se sitúan en un empate técnico de cara a los comicios del próximo domingo 14 de febrero. Los gráficos de tendencia y los diferentes modelos probabilísticos publicados, como el de Endika Nuñez para The Electoral Report, sitúan a ambas formaciones alrededor del 20% de voto y con un número similar de escaños. La incertidumbre estadística no nos permite afirmar con rotundidad quién iría por delante. Lo que sí que parece evidente, viendo la evolución de las diferentes estimaciones electorales, es que la ventaja que ERC ha obtenido sobre ‘Junts’ en los últimos años se ha ido desvaneciendo a medida que se iba acercando la fecha electoral, hasta situar a ambas formaciones a la par. Sin embargo, el cometido de este texto no es analizar la situación preelectoral de ambas formaciones ni vaticinar quién quedará por encima de quién, sino cómo ambos electorados han mutado respecto a sus preferencias nacionales e identitarias.

La mutación analizada tiene que ver con cuestiones vinculadas a la identidad nacional catalana y a las distintas preferencias territoriales, y cómo éstas se distribuyen entre los dos principales partidos independentistas. Para ello, nos fijaremos en las siguientes variables del Centre d’Estudis d’Opinió (CEO): lengua propia, sentimiento de pertenencia, grado de catalanismo, preferencias sobre el modelo territorial y decisión ante un referéndum de independencia. Estas variables han sido analizadas a partir de un cruce con el recuerdo de voto de CiU hasta 2012, de Junts en 2017 y 2021 y de ERC para los cuatro barómetros utilizados (en el último de ellos se emplea la intención directa de voto). Los citados barómetros son los siguientes: 1ª ola BOP 2011, 1ª ola BOP 2013, postelectoral 2017 y preelectoral 2021. No se incluye el barómetro de 2015 porque Junts y ERC formaban parte de la misma candidatura (Junts pel Sí). Estas mutaciones electorales pueden tener un impacto claro en el futuro político del independentismo catalán y en el sistema político.

Vayamos primero con las variables más relacionadas con la identidad: lengua propia y sentimiento de pertenencia. Si analizamos la evolución de ambas, observamos cómo en el porcentaje de votantes del espacio convergente y post-convergente (es decir, Convergència i Unió, CiU, en los dos primeros barómetros y Junts en los dos últimos), el catalán como lengua propia va al alza. El Gráfico 1 muestra cómo en 2010 un 63,5% de los votantes de CiU consideraban el catalán como su lengua propia y en la preelectoral de 2021, realizada en enero pasado, este porcentaje sube hasta el 87,1%. La proporción de castellanoparlantes que votan al espacio ‘post-convergente’ ha caído desde 2010, pasando de un 24,5% en 2010 a un 6,5% a un mes del 14-F.

ERC, en cambio, sigue la tendencia contraria: pasa de un 80,2% de votantes que consideraban en 2010 al catalán como lengua propia a un 58,8% en el barómetro preelectoral de 2021. El número de castellanoparlantes sube de un 10,6% a un 23,6% en estos 10 años.

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A nivel identitario, de sentimiento de pertenencia, encontramos la siguiente tendencia: el número de votantes de ‘Junts’ que se siente únicamente catalán o catalana no ha parado de crecer desde 2010, mientras que en el votante republicano la tendencia ha sido, nuevamente, la contraria. El espacio convergente y post-convergente ha pasado de un 21% a un 66,7% en el periodo estudiado. Dos tercios de los eventuales votantes de Junts del próximo 14 de febrero se sienten únicamente catalanes. En Esquerra, la dinámica es diferente: si hace 11 años un 57,6% se sentía únicamente catalán o catalana, ahora sólo un 35,8% se decanta por esta opción, tal y como muestra el Gráfico 2. Son caminos divergentes. De hecho, ERC ha pasado del 35,4% que se sentía más catalán o catalana que español/a en 2010 a un 40% antes del 14-F, y de un 7% al 18,8% que se siente tan catalán/ana como español/a un 18,8%.

Como no podía ser de otra manera, estas características identitarias del votante terminan por trasladarse a las preferencias territoriales y políticas. Por lo que respecta a las preferencias en las relaciones entre Cataluña y el resto de España, el Gráfico 3 ilustra el porcentaje de votantes de cada uno de estos dos partidos que se inclina por la opción de un Estado independiente. El cambio en CiU/Junts es espectacular y certifica la mutación que estamos analizando: en 2010, sólo un 27,4% de sus votantes se inclinaba por un Estado independiente (de hecho, la primera preferencia era un Estado federal) y ahora es un 90,3%. En ERC, la tendencia vuelve a ser la contraria: si hace 11 años un 68,8% se inclinaba por la independencia, en 2021 sólo lo hace el 51,5%. Los republicanos tienen hasta un 36,4% de su electorado actual que se decanta por la opción federal, e incluso un 8,5% es autonomista. No es el caso de Junts, que sólo cuenta entre sus filas con un 7,5% de federalistas (35,3% para el espacio convergente en 2010), y su número de autonomistas es inexistente.

Lo mismo ocurre con otras dos variables que analizamos, que nos certifican el cambio entre los dos electorados incluso más a corto plazo, en el transcurso de cuatro años. Si analizamos el porcentaje de votantes que se decantan por el a la independencia de Cataluña en el Barómetro Postelectoral de 2012, el Postelectoral de 2017 y el Preelectoral de 2021, observamos dos cosas. En primer lugar, que entre los votantes de ‘Junts’ el ‘sí’ a la independencia ha aumentado desde 2012, pasando del 78,2% al 94,6% actual. En cambio, entre los votantes de ERC la cifra pasa de un 95,3% en la Postelectoral de 2012 a un 72,1% en la encuesta Preelectoral de 2021; una caída de 23 puntos. De hecho, actualmente, hasta un 20,6% de los votantes republicanos en 2021 opta por el no a la independencia por solo un 4,3% de los de Junts.

Y lo mismo sucede con la auto-ubicación en el eje catalanista. Cuando los votantes de ambas formaciones se sitúan a sí mismos en una escala del 0 al 10 (donde 0 es mínimo catalanismo y 10, máximo), hace cuatro años la media de los dos electorados era similar; pero en 2021, el de Junts ha aumentado, mientras que el de ERC ha bajado. El Gráfico 5 lo ilustra.

Como hemos podido observar, los electorados de los dos principales partidos independentistas catalanes han evolucionado, han mutado respecto de sus orígenes. Tradicionalmente, el votante del espacio convergente, es decir, de la extinta CiU, se ubicaba en posiciones centrales en la distribución de preferencias territoriales o identitarias (tal y como mostró Oriol Bartomeus en este análisis), aunque con un cierto sesgo hacia un mayor catalanismo, como es lógico. Sin embargo, su evolución a lo largo de estos 10 años ha ido en la dirección de una mayor catalanización lingüística e identitaria, y hacia una mayor radicalidad en sus preferencias territoriales o políticas. El pal de paller (eje) que era CiU respecto al catalanismo ha evolucionado hacia una formación nítidamente independentista en la que no tienen cabida otras preferencias y en la que la identidad nacional y lingüística tiende hacia una clara homogenización. ERC, en cambio, ha evolucionado justo al revés: ha pasado de ser un partido casi monolíticamente independentista a otro en el que convive con federalistas y autonomistas, así como con una clara diversidad identitaria y lingüística.

Se puede apuntar que una explicación de la mutación del espacio post-convergente que representa Junts se relaciona con los cambios ocurridos en el nacionalismo catalán, que desde 2010 ha ido transitando hacia el independentismo, pero la evolución de ERC hace pensar que no sólo se deben a las tendencias generales, sino que responden más a una apuesta estratégica del partido liderado por Laura Borràs.

Es evidente que esto tiene sus consecuencias políticas: mientras que Junts aspira a representar la pureza independentista, ERC pretende convertirse en una opción política que amalgame una pluralidad de preferencias territoriales cuyo punto en común es la celebración de un referéndum. Ambas formaciones, además, representan dos tipos diferentes de independentismo, uno que tiene en mente la pluralidad nacional e identitaria del país y el otro que pretende dirigirse únicamente a aquellos segmentos cuya catalanidad no sólo es predominante, sino también exclusiva.

Esta evolución explica el papel que candidatos outsiders como Joan Canadell, o el ya expulsado del partido Josep Sort, y sus discursos identitarios y excluyentes pueden desempeñar en este nuevo espacio político. Nadie hubiera imaginado hace 10 años o más a dirigentes de la extinta CiU hacer declaraciones atentatorias contra la pluralidad identitaria y lingüística de Cataluña. Es ahora, en un contexto de mutación del electorado post-convergente, en el que esos comentarios sí tienen cabida; y aunque hayan sido censurados, no tendrán efectos sobre una base cada vez más homogénea identitariamente. La radicalización de las bases de Junts, especialmente en redes, legitima este tipo de discursos.

¿Quiere esto decir que todos sus votantes comparten estos postulados? Claramente no, pero es evidente que un discurso como el de estos candidatos sólo puede tener lógica cuando el objetivo electoral es movilizar a la base propia para ganar en un contexto de baja participación, que es hacia donde apuntan las elecciones del 14-F. Una base, por cierto, cuya identidad no se sentirá ofendida ni contrariada por esos comentarios, producto de la pérdida de la pluralidad identitaria y lingüística. Esto contrasta con una ERC, que, aunque con sus sesgos nacionales y lingüísticos, se asemeja más a lo que es la distribución de preferencias y de identidad en Cataluña.

La evolución de ‘Junts’, sin embargo, es curiosa. En un momento en el que la mayoría de los indicadores de preferencias territoriales alrededor del independentismo van claramente a la baja, y en el que los principales problemas de la ciudadanía empiezan a centrarse más en la cuestión socio-económica, ellos optan por una estrategia claramente basada en el eje nacional; justo cuando los últimos barómetros señalan una caída de las preferencias por el Estado independiente y, hace dos años el no está por encima del . Parecería que ‘Junts’ ha optado por ser el partido ‘resistencialista’ cuando la mayor parte de la ciudadanía catalana está entrando en la fase ‘post-procés’. Cabe recordar, además, que el independentismo se hizo mayoritario en Cataluña cuando rompió el identitarismo que le caracterizaba y se abrió a la pluralidad lingüística y nacional del país; lo opuesto a lo que Junts hace y en lo que se está transformando. Un partido así de identitario probablemente no ampliará la base social y electoral del independentismo, sino que puede generar anticuerpos en electores que tuvieran la salida de España como segunda preferencia, aunque su identidad sea más plural.

Ahora bien, quizás la razón de esta estrategia sea más prosaica y no tenga por objetivo recuperar el perímetro independentista de los años 2013-2014, cuando era claramente mayoritario. En un contexto de movilización baja y desinterés por el 14-F, Junts ha preferido una estrategia puramente electoralista basada en mantener movilizada a su base, cohesionarla con fichajes como Canadell y mantener la tensión electoral con propuestas más propias de 2017 que del contexto actual, antes que abrirse y apostar por llegar a otros sectores. Éste sería el efecto Canadell, que tiene por objetivo ganar, aunque sea por la mínima y aun arriesgando la transversalidad del independentismo. ¿Qué estrategia resultará vencedora el 14-F, una base movilizada y muy marcada identitariamente o apelar a una pluralidad con un objetivo común? El próximo domingo saldremos de dudas.

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