Cataluña entre la pandemia, la abstención y el ‘efecto Illa’

Cataluña vuelve a las urnas. En poco más de 10 años, se han celebrado hasta cinco convocatorias electorales (2010, 2012, 2015, 2017 y 2021). La inestabilidad provocada por el conflicto territorial con el Estado, el desarrollo del proceso independentista y la crisis económica y social de 2008 han sido el caldo de cultivo para que los catalanes hayan ido a votar más veces en 10 años que en los 20 anteriores. El resultado de toda esta vorágine electoral ha sido un Parlament cada vez más fragmentado y unas legislaturas cada vez más cortas, en un escenario donde la polarización en torno a la cuestión nacional ha ido en aumento. Y ahora, en el largo año de la pandemia, Cataluña reemprende su camino electoral.

Sin embargo, estos comicios son claramente distintos. La primera y principal diferencia es que, desde hace un año, la normalidad ha desaparecido no sólo en Cataluña, sino en el mundo entero por culpa de la pandemia. El coronavirus y todas sus derivadas sanitarias, sociales, económicas y políticas han cambiado nuestra visión de la realidad, así como las prioridades políticas y los ejes del debate de cara a los comicios del 14 de febrero. Cabe señalar, tal y como indica el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), que la preocupación por el coronavirus es altísima: más del 90% de la población catalana se muestra preocupada por la pandemia; una preocupación doble, por sus efectos sobre la salud (el 40,2% la sitúa por encima de cualquiera otra consideración) o sobre la economía y el empleo (21,6%).

Sin embargo, en el CIS no encontramos ninguna variable que nos permita ver los efectos de la pandemia sobre las preocupaciones ciudadanas. Para ello, hay que ir a los barómetros trimestrales del Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat de Catalunya. Estos sondeos muestran cómo el percibido como primer problema de Cataluña ha mutado claramente desde marzo de 2020. Si entonces era las relaciones entre Cataluña y España, es decir, el conflicto territorial, seguido muy de cerca por la insatisfacción política, ambos problemas han desaparecido actualmente de las primeras plazas. La mayor preocupación de los catalanes es la sanidad y las cuestiones relacionadas con el virus (55,8% de las respuestas; recordemos que esta pregunta es multi-respuesta). Además, la suma de las de índole económica, las vinculadas al funcionamiento de la economía y al paro, ascienden hasta el 42,9%. Esto deja en tercer lugar la insatisfacción política (33%) y el conflicto nacional (27,2%), lo que parece indicar que este último asunto puede no ser principal en estas elecciones, en beneficio de las cuestiones materiales y sanitarias.

La segunda gran diferencia en estos nuevos comicios es el aumento más que presumible de la abstención. Cataluña alcanzó su cenit participativo en las elecciones de 2017: la polarización nacional vivida entonces movilizó al máximo al electorado catalán, hasta alcanzar un 80% de participación, porcentaje nunca visto. De hecho, desde el inicio del proceso independentista, alrededor de 2010, la participación electoral ha ido creciendo con cada convocatoria. Las estimaciones actuales parecen romper esa tendencia y devolver esta variable a la media registrada antes del inicio del procés. Si nos remitimos a la preelectoral del CIS, la caída de participación estará en el entorno de los 17 puntos, una diferencia sustancial certificada por otras encuestas publicadas recientemente (Gesop, GAD3 o la preelectoral del CEO). Todas ellas ofrecen participaciones estimadas cada vez más cercanas al 60%.

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Ahora bien, ¿cómo se reparte este descenso de la participación apuntado por el CIS? Es relativamente transversal. La mayoría de los partidos se ubican en una participación declarada entre el 70% y el 80%. El partido con menor grado de movilización es el PP, con un 71,5%, seguido de PSC y ERC, empatados, Ciudadanos con un 75% y En Comú Podem con un 78,5%. El único que supera, en tres décimas, el 80% es el electorado de Junts.

Estas cifras, per se, no nos dicen mucho, ya que dan la impresión de que todas las formaciones tienen un grado de movilización electoral similar. Lo interesante viene cuando comparamos estos datos con las cifras que nos proporcionaba la preelectoral del CIS de 2017. En este caso, el PP y la CUP son los que registran una mayor caída de la participación respecto a las anteriores elecciones, seguido de Ciudadanos, ERC y el PSC; unas cifras iguales o superiores a la caída media señalada anteriormente. Por debajo de la media se encuentran únicamente a Junts y a los comunes. Parece, pues, que la disminución de la participación en comparación con 2017 es claramente asimétrica, e impacta por igual a los dos favoritos para ganar la carrera electoral: ERC y PSC.

Por lo que respecta a los bloques nacionales, observamos que la participación cae tanto en aquellos que votan a partidos independentistas como a los que no. No obstante, existe una diferencia de grado: mientras que un 72% de los que se inclinan por que Cataluña sea independiente afirma que irá a votar con toda seguridad, entre los contrarios a la independencia este porcentaje cae hasta el 57,9%; una diferencia de casi 15 puntos. Estos datos, extraídos de la última encuesta preelectoral del Centre d’Estudis d’Opinió, nos muestra lo que la profesora Gemma Ubasart señalaba en un reciente artículo: el más que previsible aumento de la abstención podría seguir la distribución clásica que ha caracterizado el comportamiento electoral catalán, la llamada la ‘abstención diferenciada’. El independentismo se vería menos afectado que el no independentismo por el impacto de la abstención, lo que elimina la posibilidad mayorías parlamentarias o de gobierno que no incluyan a algún integrante del primer bloque.

Cabe analizar también, y más con una pandemia que impacta en mayor medida en la salud de los más mayores, cómo se distribuye esta abstención por grupos de edad. Es interesante observar que no se cumple la hipótesis más evidente, es decir, que los mayores se abstengan más por miedo al contagio. La encuesta preelectoral del CIS muestra que las personas de más de 65 años están más predispuestas a ir a votar que los más jóvenes. Mientras que el 49,6% de estos últimos (18-24 años) se sienten totalmente seguros para depositar su papeleta, ese grado de confianza sube hasta el 69,9% en el caso de los mayores. Ganan también al grupo de 25 a 34 años, cuyo grado de movilización máximo es del 61,4%, e incluso, aunque por la mínima, a los pertenecientes a la franja de edad de entre 35 y 54 años (68,5%). Además, si comparamos estos datos con la movilización electoral registrada en la preelectoral de 2017, observamos cómo la mayor diferencia de probabilidad de votar está entre los jóvenes (-22%) y no entre los más mayores (-15%). Lo mismo sucede con los otros grupos.

De momento, es complicado especular sobre las causas de este incremento evidente de la abstención. Siempre es un fenómeno multi-factorial en el que características propias del individuo se interrelacionan con elementos coyunturales de los propios comicios y con factores institucionales. La profesora Sandra León señalaba en este artículo que, en las elecciones vascas y gallegas, la principal razón para abstenerse estuvo vinculada a la insatisfacción política de los encuestados; esto es, con cuestiones más de trasfondo político, por encima del miedo al contagio.

Por lo tanto, se puede aventurar que en aquellos comicios el virus no fue el elemento que explicó la mayor parte del abstencionismo registrado. Ahora bien, hay que tener en cuenta que en las elecciones gallegas y vascas de julio se vivía un clima de cierto optimismo después de salir del confinamiento y de pasar la primera ola pandémica. En cambio, las del 14 de febrero próximo se celebrarán en plena tercera ola y con una sociedad exhausta a causa del impacto sanitario, mental, emocional, económico y social derivado no sólo del propio virus, sino de las medidas dirigidas a doblegar la curva. Puede esperarse, pues, que en los próximos comicios al ‘Parlament’ el impacto del miedo al contagio sea más alto que en las autonómicas gallegas y vascas, simplemente por el empeoramiento del contexto sanitario y la fatiga pandémica acumulada.

Todo ello dibuja el siguiente escenario electoral a dos semanas del 14-F: desde el anuncio de la candidatura de Salvador Illa como cabeza de lista del PSC, los socialistas catalanes han consolidado la tendencia creciente que venían registrando desde el verano. Si, hasta otoño, el PSC se situaba en torno a un 17% de los votos, la elección del ex ministro de Sanidad lo ha situado con un porcentaje de alrededor del 20%. Pero este efecto Illa hay que entenderlo más como la consolidación de una tendencia previa que como un crecimiento ex novo.

Paralelamente, se produce la caída de las expectativas electorales de ERC. Los republicanos, que llevaban liderando las encuestas desde el inicio de la legislatura, alcanzaron su punto máximo en abril de 2019, después de las generales, y desde entonces llevan dos años bajando en las encuestas hasta situarse, también, en el entorno del 20%.

El tercero en discordia es Junts. La formación liderada por Laura Borràs sigue una tendencia electoral más errática, con subidas y bajadas que la han acabado situando actualmente alrededor del 18%.

En definitiva, un empate técnico a tres, ya que sus apoyos respectivos se sitúan en el margen de error estadístico, pudiendo cambiar en cualquier momento, y donde Junts parece beneficiarse de una mayor movilización y el PSC, de un candidato con potencial. Y es aquí donde se podrá comprobar si Illa representa más un activo que un hándicap para su partido. Acudiendo a los mismos datos preelectorales (de 2021 y 2017) y, concretamente, a la variable de preferencia como president, vemos cómo el candidato socialista es más competitivo que Miquel Iceta. Un 22% de catalanes querría que Illa fuera el próximo president, frente al 15,8% que preferían a Iceta en 2017.

Estos datos se pueden desagregar por recuerdo de voto, y es ahí donde se puede observar que el ex ministro de Sanidad es más preferido que su antecesor, sobre todo entre los votantes de los comunes y de Ciudadanos, con un aumento respecto al anterior candidato del PSC de más de 32 y 10 puntos, respectivamente. De hecho, se da la circunstancia de que entre los simpatizantes del partido naranja los que apuestan por Illa son más que los que votan por su propio candidato, Carlos Carrizosa.

También se ve un efecto positivo, aunque de menor intensidad, a favor de Illa en Esquerra, PP y Junts.

Asimismo, si se analiza el tamaño del hábitat, una variable determinante en el comportamiento del voto en Cataluña, el anterior ministro de Sanidad también es más competitivo que Iceta, cuya eficacia se centraba en las ciudades más grandes, pero no en el resto. Illa mejora también en este aspecto. Y, por supuesto, la notoriedad adquirida en los últimos meses a consecuencia de la pandemia le ha catapultado en notoriedad y valoración: Salvador Illa es el candidato más conocido (92,8%) y el mejor valorado (5 sobre 10).

Estos valores evidencian que el PSC de hoy, al igual que Ciudadanos en 2017, ha conseguido aglutinar una coalición electoral muy heterogénea que le permite entrar en liza con ERC y Junts. Los socialistas catalanes captan a antiguos votantes de Ciudadanos (13,9%), de los Comunes (19,9%) y de ERC (4,4%). Un rasgo que se aprecia, por ejemplo, en la transversalidad de las preferencias por la organización territorial: mayor autonomía de las comunidades (32,5%), statu quo (32,8%), menor autonomía (10,4%) y Estado único (10,7%). Si comparamos estos datos con la composición de Ciudadanos en 2017 vemos un equilibrio bastante similar; una evidencia de cómo el PSC ha podido aprovechar la brecha abierta por el desplome y derechización de los naranjas.

Sin embargo, el 40% de ciudadanos catalanes creen que ERC será la formación que ganará las elecciones, lo que se contrapone al 19% que quiere que el vencedor sea el PSC (primera posición). Esto puede apuntar a una eventual disonancia o problema de expectativas, un terreno peligroso en política. Illa puede convertirse en el escudo de muchas críticas y frenar la consolidación alcista de su partido, lo que llevaría a un hipotético futurible según el cual el PSC, aun mejorando notablemente sus resultados de 2017 (13,9%), podría adoptar finalmente un marco de perdedor.

Por debajo de las tres formaciones con más apoyo, encontramos un grupo de partidos que compiten por ser relevantes en el futuro Parlament. El primero de ellos es Ciudadanos. La formación liderada por Carrizosa padece un desplome de 15 puntos de voto respecto a 2017. Las últimas encuestas lo sitúan por debajo del 10%. De confirmarse las peores perspectivas, estos resultados podrían hacer implosionar a la formación que ganó los comicios hace cuatro años.

Inmediatamente más abajo se encuentra un cierto equilibrio en las estimaciones electorales. La primera de estas formaciones es En Comú Podem. Los comunes, pese al desgaste por el efecto Illa, arrancan la campaña consolidados alrededor del 7,5% del voto. Justo después, PP y Vox empatan en el entorno del 6,5%, pese a que las tendencias son divergentes: al alza la de Vox y a la baja la de los populares. Cierra la lista de partidos con representación la CUP, que se mantiene estable con un 5,5%.

No obstante, no parece que estos cambios de tendencias vayan a trasladarse a la aritmética parlamentaria o acaben desembocando en opciones diferentes de gobierno. Todas las encuestas dan mayoría absoluta al independentismo (ERC, Junts y la CUP), con horquillas que van desde los 70 a los 74 diputados. Distinto sería si tenemos únicamente en cuenta la suma de republicanos y juntaires. Algunos sondeos la sitúan por debajo de los 68 diputados, lo que les haría depender de la CUP para obtener la mayoría. Sin embargo, aunque ERC y Junts no sumasen los escaños suficientes, no hay que llevarse a engaño: la probabilidad de un Gobierno alternativo al independentista es inexistente. La suma del resto de formaciones no alcanzaría aritméticamente para superarlo en el Parlament; y ello sin entrar en su inviabilidad política. La única suma alternativa a la mayoría independentista actual sería un acuerdo transversal de las izquierdas. Sólo la suma de ERC, PSC y En Comú Podem permitiría un escenario parlamentario y de gobierno alternativo.

En definitiva, hoy sólo hay dos opciones realistas encima de la mesa: repetición de Gobierno independentista (con o sin la necesidad de contar con la CUP) o alternativa de Gobierno de izquierdas. En ambas, una fuerza política soberanista debe estar implicada para que las sumas den, y todo apunta a ERC: la única duda es si elige un eje u otro. Lo veremos en dos semanas.

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