Cambio climático: una cuenta que cada día pesa más

No nos los podemos permitir. Los costes de fracasar en la lucha contra el cambio climático, el mayor desafío de nuestro tiempo, son ya demasiado elevados en términos ambientales, económicos y sociales. Y la cuenta pesa cada día más. Nuestro planeta y nuestra sociedad requieren acciones inmediatas y decisivas que reviertan unos costes de dimensiones enormes,  crecientes, con efectos irreparables y especialmente negativos para los más pobres.

Es cierto que cumplir con París implica grandes esfuerzos y necesariamente tendremos que hablar de perdedores, lo que exigirá medidas centradas en posibilitar una transición justa. Y podríamos debatir incluso sobre la dimensión de los beneficios de transitar hacia un modelo descarbonizado, si bien la evidencia empírica demuestra, como veíamos en este artículo, que los beneficios derivados de impulsar medidas contra el cambio climático son muchos; por ejemplo, incrementos del 1,1 puntos de PIB y de 2,4 millones de empleos de aquí a 2030 en la Unión Europea. Pero lo que queda claro, y los datos dan muestra de ello, es que los costes de no hacer son mucho mayores que los que implica actuar con firmeza en la lucha contra el cambio climático. Muchos ya los estamos viendo y la mayoría se intensifican cada día que pasa.

Advertía hace unos meses el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) sobre la necesidad de intensificar los esfuerzos para limitar el calentamiento de la temperatura del planeta a 1,5ºC en lugar de a 2ºC por sus efectos irreversibles y sus graves consecuencias para el clima y el bienestar social, la salud, la seguridad alimentaria, el suministro de agua o el crecimiento económico, entre otros muchos aspectos. Y, junto a ellos, diversos organismos y publicaciones han medido los enormes costes del cambio climático. Veamos algunas de estas cifras.

[En colaboración con Red Eléctrica de España]

Los costes económicos derivados del cambio climático son ya una realidad contrastada. Atendiendo a la Unión Europea, y con datos de la Agencia Europea del Medio Ambiente, se estima que en el período 1980-2017 se generaron unas pérdidas económicas superiores a los 500 billones de euros, y que su ritmo se ha ido incrementando con los años, pasando de una media de 7,4 billones de promedio anual en la década de los 80 a los 13-14 billones de euros de media anual en cada una de las siguientes décadas. Y se observa también que dichas pérdidas son especialmente altas en el caso de Alemania, Italia, Francia, Reino Unido y España, y que la mayoría procede de efectos hidrológicos y meteorológicos.

Éstos son ejemplos de los costes que ya se han asumido. Pero, como advierte el Banco Mundial, lo que podemos perder es cada vez más: el PIB global podría hundirse un 15% si el calentamiento del planeta a final de siglo alcanza los 2,5ºC, y hasta un 20% si dicho calentamiento asciende a 3ºC. Según el Centro Común de Investigación (JRC, Joint Research Centre), Europa perderá 240.000 millones de euros al año si el calentamiento del planeta supera los 3ºC a finales de siglo (el equivalente al 1,9% del PIB). Y los datos son especialmente negativos para los países del sur de la UE, que podrían sufrir pérdidas anuales de hasta el 4,2% de su Producto Interior Bruto. Pero incluso si se cumple con París y el calentamiento se limita a 2ºC, dichos costes se estiman en 79.000 millones anuales a final de siglo (0,65% PIB).

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Además, los fenómenos derivados del cambio climático como el aumento de las inundaciones hace aún más negativas estas cifras. En el caso de España, por ejemplo, pueden ocasionar pérdidas superiores a los 3.000 millones de euros anuales. El Banco Mundial, por su parte, calcula que los desastres naturales extremos generan pérdidas de 520.000 millones de dólares anuales.

Pero debemos ir mucho más allá de lo económico y considerar todo lo que podemos perder en materia social, de igualdad, de bienestar y de convivencia. La evidencia demuestra que el cambio climático es fuente de desigualdad y que los más pobres son precisamente quienes más sufrirán sus efectos si no somos capaces de ganar la batalla. Los investigadores de la Universidad de Stanford Noah S. Diffenbaugh y Marshall Burke demuestran en una reciente publicación que la mayoría de los países más pobres lo son bastante más gracias al calentamiento global, mientras que países ricos son más ricos de no haber mediado éste. Además, apuntan a una relación inversa entre los países emisores de CO2 y los países que más sufren los efectos negativos del cambio climático: entre 1961 y 2010, los 18 países con menos emisiones de gases de efecto invernadero acumuladas han tenido un impacto negativo en su PIB del 27%. Sin embargo, 14 de los 19 países con más emisiones de CO2 han visto crecer su PIB gracias a ellas en un 13%.

Por su parte, el Banco Mundial calcula que, si no se toman medidas urgentes, «el cambio climático podría empujar a otros 100 millones de personas a la pobreza para 2030», afectando especialmente a las regiones más pobres. Esto es porque los efectos climáticos afectan en mayor medida a la agricultura, esencial para estas zonas más pobres, generando pérdidas en cultivos, incrementado el precio de los alimentos y aumentando la desnutrición y las enfermedades (para 2030, podrían producirse 48.000 muertes adicionales de niños por enfermedades diarreicas). Unido a ello, los fenómenos meteorológicos adversos, que también afectan especialmente a algunas de las zonas más vulnerables del planeta, hunden ya en la pobreza a 26 millones de personas cada año.

Junto a la pobreza y la desigualdad, el cambio climático intensifica los movimientos migratorios. Así, el Banco Mundial estima que, para 2050, tres grandes regiones en desarrollo sumarán 143 millones de migrantes por motivos climáticos, especialmente debido a las sequías, las malas cosechas, el aumento del nivel del mar o las mareas. Y, en términos de mortalidad, vemos cómo el cambio climático ya tiene efectos reales: el JRC estima que cada año mueren en la UE cerca de 2.700 personas por motivos relacionados con el cambio climático, y que incluso en un escenario en el que cumplimos con París (calentamiento de 2ºC), podríamos alcanzar a final de siglo más de 57.500 muertes anuales. Por su parte, la ONU estima que las condiciones ambientales deficientes que pueden modificarse ocasionan alrededor del 25% de las enfermedades y mortalidad mundiales, mientras que el Banco Mundial señala que la contaminación atmosférica genera más de siete millones de muertes prematuras cada año y sus efectos pueden ser cada día peores, estimando que los costes directos para la salud podrían llegar a los 4.000 millones de dólares al año para 2030.

Hemos visto datos impactantes en materia económica, social y de bienestar para los seres humanos. Pero más aún lo son las informaciones sobre los efectos del cambio climático sobre la Tierra. Sin duda, nuestro planeta es el gran perdedor; y si pierde, perdemos todos. El último informe de Naciones Unidas, Perspectivas del Medio Ambiente Mundial, realizó una radiografía terrible de la salud de la Tierra advirtiendo de que (por primera vez este estudio en 1997) el estado general del medio ambiente ha seguido deteriorándose, en gran parte por el cambio climático: calentamiento del aire y del océano; aumento del nivel del mar; cambios en los ciclos del agua; problemas de seguridad alimentaria; fenómenos meteorológicos extremos y frecuentes; acidificación de los océanos; deterioro de los ecosistemas; pérdida de diversidad biológica; desertificación.

«El cambio climático altera los patrones meteorológicos y pone en peligro los medios de subsistencia, la salud, el agua, la seguridad alimentaria y energética de las poblaciones. A su vez, esto agudiza la pobreza, la migración, el desplazamiento forzado y el conflicto, lo cual afecta particularmente a las poblaciones que se encuentran en situación de vulnerabilidad», señala Naciones Unidas. Los efectos son visibles y el planeta no puede permitirse seguir asumiendo estos costes.

No hacer nada es inasumible para nuestra sociedad. Los más jóvenes son conscientes de ello, y más de un millón en diversos países que se han unido a las huelgas escolares por el cambio climático. Reprochan la falta de actuación contra el cambio climático, intuyen que el tiempo se agota y reclaman actuaciones contundentes e inmediatas porque, de no hacerlo, será demasiado tarde.

Actuaciones inmediatas que nos implican a todos. Porque estamos ante un desafío global que requiere de una respuesta también global. La división no es una opción, y la suma de esfuerzos y el compromiso de todos es la única respuesta posible.

Hace unos días se estrenaba la última temporada de una de las series más exitosas de los últimos años, Juego de Tronos, y hubo quien estableció una interesante y acertada metáfora entre este éxito televisivo y el cambio climático. En un mundo de reinos divididos, conflicto y búsqueda del beneficio propio, todo cambia ante la llegada del peligroso e invencible ejército de los caminantes blancos: una amenaza global, fuerte e invencible si no se forjan alianzas para combatirla. Y, al igual que en la serie, la alternativa a no hacerlo es desastrosa. Si no sumamos esfuerzos, si no nos esforzamos al máximo frente al cambio climático, sus efectos para el planeta pueden ser devastadores e irreversibles. Y, para entonces, ¿de qué habrá servido la división, la búsqueda del beneficio propio o el centrarse en otros problemas menos relevantes?

Tendremos más o menos que ganar en la lucha contra el cambio climático y con la transición hacia un modelo descarbonizado y sostenible. Pero, sin duda, tenemos mucho más que perder en términos ambientales, económicos y sociales si no afrontamos con la responsabilidad, decisión, unidad y esfuerzo sobre el que es el mayor desafío de nuestro tiempo. El tiempo corre. Actuemos ya.

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