Cambio climático, desigualdad y vulnerabilidad en América Latina y el Caribe

Como dice la canción de Billy Joel Nosotros no empezamos el fuego. El 9 de agosto pasado Naciones Unidas presentó un informe alarmante sobre el calentamiento global. El informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) emitió un código rojo a la humanidad, advirtiendo de que la emergencia climática es irreversible y que el mundo seguirá sufriendo desastres ambientales cada vez más frecuentes y violentos. Aunque los gobiernos tomaran acciones radicales de forma inmediata, los expertos alertan de que continuarán el derretimiento de los hielos polares, el aumento del nivel del mar, inundaciones, la desertificación, las sequías, las islas de calor urbanas y otros efectos del cambio global. Como en los informes anteriores del IPCC, se avisa de que los que más sufrirán estas consecuencias son los países en desarrollo; precisamente los que menos han contribuido históricamente a la emergencia climática que vivimos hoy.

Sin comerlo ni beberlo, Latinoamérica y el Caribe (LAC) sufren los impactos más brutales. Con la excepción de Brasil y, en menor medida, Argentina y México, la región en su totalidad no es un gran emisor de gases de efecto invernadero. Las figuras 1 a 4 comparan América Latina y el Caribe con otras grandes regiones del mundo (África Subsahariana, Asia meridional, Asia oriental y el Pacífico, Europa y Asia Central y América del Norte) empleando cuatro indicadores clave del cambio climático. Como muestran claramente las cifras, las emisiones son bajas. Concretamente, sus niveles de CO2 emitido (Figura 1) y metano (Figura 2) de la región son reducidos y comparables a los de África subsahariana y el sur de Asia.

Figura 1.- Emisiones de CO2 (kt) para América Latina y el Caribe, África subsahariana, Asia meridional, Asia oriental y el Pacífico, Europa y Asia central y América del Norte

Nota: los datos hasta el año 1990 provienen del Carbon Dioxide Information Analysis Center, Environmental Sciences Division, Oak Ridge National Laboratory (Tennessee, Estados Unidos). A partir de ahí, son de ‘Cait: Climate Watch. 2020. Emisiones de gases de efecto invernadero’, del World Resources Institute. Disponible en: climatewatchdata.org/ghg-emissions.

Figura 2.- Emisiones de Metano (kt de CO2 equivalente) para América Latina y el Caribe, África subsahariana, Asia meridional, Asia oriental y el Pacífico, Europa y Asia central y América del Norte

Nota: los datos hasta el año 1990 provienen del Carbon Dioxide Information Analysis Center, Environmental Sciences Division, Oak Ridge National Laboratory (Tennessee, Estados Unidos). A partir de ahí, son de ‘Cait: Climate Watch. 2020. Emisiones de gases de efecto invernadero’, del World Resources Institute. Disponible en: climatewatchdata.org/ghg-emissions.

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Sin embargo, en comparación con las otras grandes regiones del mundo, incluyendo las del Sur Global, las contribuciones de la región a la mitigación del cambio climático tienen un impacto mixto. Esto se puede observar en dos indicadores clave. Primero, al examinar el consumo de energía renovable como porcentaje del total final de consumo de energía (Figura 3), América Latina y el Caribe parecen estar más cerca de América del Norte y Europa y Asia Central. Aquí, Brasil rompe con la tendencia de los otros países de ingresos medios de la región, con más del 40% de su consumo energético total proviniendo de fuentes renovables. En contraste, Argentina, Colombia y México consumen sólo el 10%, el 23% y el 9% ,respectivamente (valores para el año 2015).

Figura 3.- Consumo de energía renovable (% del consumo total final de energía) para América Latina y el Caribe, África subsahariana, Asia meridional, Asia oriental y el Pacífico, Europa y Asia central y América del Norte

Fuente: Banco Mundial, ‘Energía Sustentable para Tod@s’ (Se4All), base de datos de Se4All Global Tracking Framework, dirigido conjuntamente por el Banco Mundial, la Agencia Internacional de Energía y el Programa de Asistencia al Sector Energético (‘Energy Sector Management Assistance Program’).

En contraste, si miramos los datos sobre bosques y superficies boscosas, América Latina y el Caribe están por delante de todas las demás regiones (Figura 4). Pero estos sumideros de carbono, fundamentales en la lucha contra el calentamiento global, continúan desapareciendo a una tasa alarmante. El gráfico citado revela cómo en sólo 25 años se ha perdido el 10% del área forestal de la región como porcentaje del área total de tierra. Aun así, los países de LAC mantienen una mayor superficie boscosa que el resto del mundo. Esto se debe mayoritariamente a la selva amazónica y, en menor medida, al Gran Chaco. Lamentablemente, la tasa de deforestación es extraordinariamente elevada en las dos selvas, especialmente en Brasil.

Figura 4.- Área Forestal (% de área de tierra) para América Latina y el Caribe, África subsahariana, Asia meridional, Asia oriental y el Pacífico, Europa y Asia central y América del Norte

Fuente: Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, archivos electrónicos y sitio web.

Desigualdad en Latinoamérica y el Caribe

Latinoamérica y el Caribe tienen los índices de desigualdad económicos más altos del mundo. Si tomamos como indicador al índice de Gini, que mide la disparidad de ingresos por país como un coeficiente con valores de 0 a 100 (donde 100 representa una economía completamente desigual), la región sale muy mal parada. Brasil lidera el marcador regional (y mundial) con un Gini de 53,3, seguido por la mayoría de los países de LAC, cuyos coeficientes oscilan entre 50 (Panamá) y 42 (Argentina) (datos para el año 2016 del Banco Mundial). Esta extrema desigualdad económica es el resultado directo de la también extrema concentración de la tierra (datos históricos del Banco Mundial). La región tiene los niveles más bajos de acceso y la mayor inseguridad de la tenencia de todo el mundo.

La desigualdad en la tenencia de la tierra ahonda la vulnerabilidad al cambio climático. Los grupos más afectadas por esta exclusión en LAC –comunidades indígenas, mujeres indigentes, personas campesinas, y minorías raciales– ya sufren los costes de la exclusión económica y política. En estas comunidades, los efectos nefastos del calentamiento global (inundaciones, desertificación, sequías, temperaturas extremas, desastres climáticos, etc.) se producen sobre economías de subsistencia. En el Caribe, el aumento del nivel del mar amenaza con hacer desaparecer zonas costeras enteras, destruyendo la principal fuente de ingresos de los pequeños estados insulares en desarrollo (Sids). Naciones Unidas pronostican que la región producirá 17 millones de migrantes climáticos en los próximos 30 años. Con el cambio climático, la cadena de la pobreza agrega un eslabón implacable.

Resulta ya imposible combatir el cambio climático sin, al mismo tiempo, luchar contra la desigualdad. Las disparidades sociales afectan a las causas y efectos del cambio global, como también las políticas de mitigación y adaptación. La intervención estatal para intentar evitar los peores pronósticos es urgente y necesaria, pero no suficiente. Sin duda, los gobiernos de Latinoamérica y el Caribe tienen que instituir medidas de mediación y adaptación climática, especialmente en los países más grandes, que son los que contribuyen más a esta emergencia. Pero cualquier política climática no será efectiva si no va acompañada de medidas que mitiguen la desigualdad social.

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