Calma y tormenta: ‘clivajes’ políticos en Chile

A principios de abril se publicó en francés el libro ‘Clivages Politiques et Inégalités Sociales’ (Clivajes Políticos y Desigualdades Sociales). En él se analizan las transformaciones del voto en su composición socio-demográfica desde la mitad del siglo XX hasta el presente, con distintos alcances históricos dependiendo de la disponibilidad de datos. Las fuentes de datos para este análisis son las encuestas electorales de cada país armonizadas para una mejor comparación entre países y en el tiempo. Particularmente, se analizan las preferencias del voto en función de la renta, el nivel educativo, la riqueza, la ocupación, la religión, la raza, la edad y el género, entre otras. Todas las fuentes y resultados utilizados son de libre acceso y se encuentran disponibles en wpid.world. El capítulo en el que se analiza el proceso chileno desde la apertura democrática, en 1990, también investiga lo sucedido en Argentina, Colombia, Costa Rica, México, y Perú. Brasil se presenta en un capítulo aparte.

Hacia un voto de clase

El principal hallazgo del estudio es la progresiva confluencia de elites y la conformación de un voto de clase en el electorado chileno. El indicador que se utiliza para dar cuenta de este cambio es la diferencia entre el porcentaje de votantes a partidos de izquierda o centro-izquierda dentro del 10% con mayor nivel educativo y ese mismo porcentaje dentro del 90% restante. Si esta magnitud es positiva, significa que hay mayor probabilidad de que las personas más educadas apoyen a corrientes de izquierda. En sentido contrario, si este indicador se vuelve negativo significa que las personas más educadas tienen menor probabilidad de apoyar a partidos de izquierda o centro-izquierda que el resto de la población. El mismo indicador se utiliza para mostrar la diferencia en el apoyo entre el 10% de mayores ingresos y el restante 90% a partidos de izquierda/centro-izquierda. Se compara al 10% de mayores ingresos o nivel educativo con respecto al 90% restante, porque se entiende que es una forma de identificar a las elites económicas o políticas. Si el apoyo a partidos progresistas proviene del 90% de menor renta/nivel educativo, se entiende que es un voto de clase al promover los partidos de izquierda mayores niveles de redistribución en favor de las personas de menores ingresos.

En el Gráfico 1 se observa cómo Chile diverge de la tendencia general de los países seleccionados en América Latina a partir de la segunda década de los 2000. Mientras que en los países de la muestra las diferencias entre el apoyo a la izquierda/centro-izquierda de las élites y el 90% restante han disminuido progresivamente, en Chile esta diferencia, que es negativa a lo largo de todo el periodo analizado, se ha acentuado con el tiempo. Por otro lado, el 10% de votantes más educados, que eran tres puntos porcentuales (pp.) más proclives a apoyar a la izquierda en los 90, al final del periodo presentan una probabilidad de votar a la izquierda de casi cuatro pp. menos que el 90% restante.

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En toda América Latina, a diferencia de lo encontrado en países occidentales ricos, no vemos una fuerte presencia de ‘clivajes’ identitarios, como el voto musulmán en Francia o el voto afro-americano en Estados Unidos. No obstante, empiezan a aparecer ciertas tendencias que antes no eran tan claras, como el voto afro-brasilero apoyando más a la izquierda o el voto cristiano a favor de la derecha en Brasil. En Perú, ciertos candidatos de izquierda han atraído el voto indígena, como es el caso de Alejandro Toledo, Ollanta Humala o el caso más reciente de Pedro Castillo.

Polarización y disminución de la participación

El voto en Chile en la segunda década del siglo XXI exhibe, además de un carácter más de clase, una marcada polarización. Esta polarización la vemos en la disminución del voto al centro y una migración hacia los dos extremos. Se torna aún mayor entre los jóvenes donde, al igual que en México, el voto joven está más movilizado.

El otro aspecto característico en las elecciones chilenas es el progresivo aumento del abstencionismo a lo largo de todo el periodo. Para revertir esta tendencia se modificaron las reglas electorales, pasando de un sistema de inscripción voluntaria, pero voto obligatorio, a uno de inscripción automática, aunque voto voluntario. Con ellas, se logra aumentar la participación de los votantes más jóvenes, pero no revierte la tendencia global.

El incremento del abstencionismo se interrumpe en el plebiscito de octubre 2020, pero vuelve a crecer en las últimas elecciones de mayo de 2021, cuando se eligen a los representantes de la Convención Constitucional. La disminución de la participación está asociada a la pérdida de representación que se evidencia, en particular en las diferentes protestas desde 2006. Luna (2016) identifica en los últimos años una pérdida del ‘mapeo’ ideológico y un aumento del carácter personalista en las candidaturas.

Nuevas representaciones aparecen por fuera de la estructura convencional chilena, que estaba caracterizada por dos coaliciones muy fuertes, una de derecha (UDI y RN) y otra de centro-izquierda (Concertación). Esta estructura es herencia, en gran medida, del sistema electoral binomial que promovía una distribución casi igualitaria de los votos para las dos mayores coaliciones. Como resultado de este sistema, se observa una estructura de consensos donde la participación del partido de centro es muy importante, pero que va perdiendo peso con el paso del tiempo.

Si descomponemos la evolución de la Concertación o Nueva Mayoría, podemos identificar un marcado descenso de quienes se identifican con la democracia cristiana. Vemos también que el vaciamiento del centro está acompañado por un aumento en los extremos de la distribución ideológica parlamentaria. Como vemos en el Gráfico 2, a partir de las elecciones de 2009 la presencia de partidos de izquierda por fuera de la alianza de centro-izquierda alcanza los mayores resultados desde la apertura democrática. Los partidos de centro-izquierda dentro de la Concertación también aumentan su presencia.

Esta nueva configuración del electorado modifica las estructuras demográficas de los partidos y determina nuevas coaliciones de elites económicas y educativas. La democracia cristiana experimenta una pérdida sostenida del apoyo de votantes menos educados, como vemos con la línea roja del Gráfico 3. El espejo de esto es el aumento relativo de los votantes menos educados en la Concertación (excluyendo a la DC); línea azul del mismo gráfico.

La coalición de derecha (RN y UDI) evidencia un aumento del apoyo tanto de las elites económicas como educativas, como se puede ver en los gráficos 3 y 4, mientras que el centro y la izquierda reciben mayor apoyo relativo del 90% de menores ingresos.

El estallido social

El comportamiento del voto chileno en las tres últimas elecciones coincide con el aumento de la conflictividad social desde la ‘Revolución Pingüina’ en 2006, durante el primer Gobierno de Michelle Bachelet (Concertación–Partido Socialista). Este conflicto es liderado por estudiantes secundarios, que protestan por el carácter mercantilizado de su sistema educativo en todos los niveles. En la educación terciaria, por ejemplo, es necesario pagar matrículas muy elevadas independientemente del carácter público, privado o mixto del centro educativo.

A estas protestas le siguen, entre otras, el conflicto iniciado en 2011, liderado por estudiantes universitarios. De ellas surgen varios líderes que pasan a formar parte de partidos políticos de izquierda ya establecidos, como es el caso de Camila Vallejo o Karol Cariola en el Partido Comunista. Gabriel Boric, otro representante estudiantil, participó de la conformación de una nueva alianza política de izquierda: Frente Amplio.

Otro hecho fundamental, quizás el que obtuvo mayor visibilidad incluso a nivel internacional y con mayor participación en las calles, es el llamado ‘Estallido Social’ de octubre de 2019. En esta oportunidad, el detonante fue la subida de precios del transporte público, y su inicio fue protagonizado nuevamente por estudiantes secundarios. Las protestas están asociadas a un descontento generalizado frente a un Estado de bienestar deficiente en el país. Desde la sociedad surgen grandes críticas a los sistemas de pensiones, de salud y educativo, donde el sector privado es un actor de mucho peso y el público se presenta muchas veces como una opción de mucho menor calidad, como ocurre con la salud. Durante los años 80, el sistema educativo sufrió una reestructuración, incorporando un sistema de vouchers, aumentando el régimen de competencia entre los centros y descentralizando la administración mediante la atribución de la responsabilidad en las municipalidades. A ello se suman las criticas profundas a la Constitución, que ralentiza o impide transformaciones profundas al sistema.

Con el Estallido Social se llega a un acuerdo a lo largo y ancho del espectro político sobre la necesidad de cambiar la Constitución heredada de la dictadura. Si bien el apoyo al cambio constitucional proviene paulatinamente de todas las corrientes políticas, es mayor entre los votantes y los partidos de izquierda o centro-izquierda.

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