Bill Gates: ¿tecno-optimismo o tecno-ingenuidad?

Bill Gates es un autoproclamado tecnólogo. Y ha enfocado su libro desde un ángulo tecnológico. Analiza cómo podemos descarbonizar los segmentos de la economía (electricidad, cemento, acero, agricultura, transporte, climatización), e identifica posibles soluciones. Algunas ya están disponibles, otras están en desarrollo. El propio Gates ha invertido en energía nuclear, baterías, captura de CO2 y geo-ingeniería.

Lo positivo

Gates muestra una correcta visión de las tecnologías ya disponibles. Y hace una serie de observaciones de altura: el objetivo es reducir las emisiones de CO2 a cero. Este reto requiere la descarbonización radical de la economía: debemos encontrar alternativas sin emisiones para todos los bienes y servicios que consumimos.

Además, los países pobres aspiran al modo de vida occidental. Por lo tanto, el consumo energético global va a seguir subiendo como un cohete.

La electricidad tendrá que aumentar exponencialmente. No sólo hay que descarbonizarla, sino sectores como el transporte y la calefacción, que deberán ser electrificados. Esto implicará duplicar la generación de electricidad.

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Una transición tan ambiciosa necesitará tiempo, dada la larga vida de las infraestructuras energéticas. Por lo que cualquier objetivo que deseemos alcanzar en 2050 deberá decidirse hoy.

Emitimos 51 GTon CO2eq cada año que deben reducirse a cero. Por lo tanto, cada medida de descarbonización debe medirse en las emisiones que reduce; y a qué coste. Añadiríamos ¿y quién va a pagar ese coste? En todo caso, las preguntas que Gates plantea son relevantes. En otras publicaciones no analizan el coste por tonelada de reducir emisiones, lo que puede dar la falsa sensación de que todas las medidas son igualmente eficaces.

La idea central del libro es la ‘prima verde’, es decir, la diferencia en precio de hacer algo con tecnologías verdes frente a hacerlo con emisiones. Para que las tecnologías limpias puedan conquistar el mercado deben ser más baratas que sus equivalentes fósiles. Invirtiendo en I+D debemos conseguir reducir esas primas lo máximo posible.

Lo negativo

1.- Primas Verdes.

Gates tiene razón: debemos anular la diferencia de precio entre las soluciones limpias y las contaminantes si pretendemos que las tecnologías limpias tengan un despliegue masivo.

Sin embargo, esa diferencia en precio no sólo depende del estado de la tecnología, sino que son determinantes las condiciones económicas. Los combustibles fósiles son más baratos porque no internalizan el coste de los daños que producen, el conocido coste social del CO2. Las empresas de hidrocarburos no pagan los cinco billones de dólares anuales que implica esa externalidad. Son las personas las que pagan la factura en forma de mortalidad, morbilidad y daños crecientes al clima (huracanes, inundaciones, sequías, incendios, migraciones…). Si obligásemos a las empresas contaminantes a pagar esos costes, mediante la introducción de un Cargo al CO2 (un cargo al carbono puede ser introducido de manera socialmente justa, repartiendo los ingresos entre los ciudadanos como Renta Climática), las primas verdes de la mayoría de las tecnologías sin emisiones sería cero o incluso negativa. Gates menciona el cargo al CO2 como una posible medida gubernamental, pero no lo tiene en cuenta cuando calcula esas primas.

Con o sin cargo al CO2, es evidente que hay que reducirlas todo lo posible. Pero incluirlo o no implica dos enfoques diferentes. En el mundo de Gates, la salvación sólo puede llegar de tecnologías limpias baratas. De alguna manera, se desentiende del poder que tendría una política económica potente que igualase el terreno de juego, obligando a los contaminadores a pagar por la contaminación; encareciendo, por tanto, las soluciones sucias y acelerando el despliegue de las limpias.

Su enfoque sólo tecnológico tampoco considera el valor del activismo que reclama políticas gubernamentales más ambiciosas. Sin embargo, para las personas que consideran el problema climático como una injusticia (hacia las nuevas generaciones, los países en desarrollo y las personas más vulnerables) que debe ser corregida obligando a las empresas contaminantes a pagar por el daño que causan, la conclusión es totalmente diferente: el 95% de las tecnologías necesarias para la ‘descarbonización’ ya están disponibles y serían competitivas. Lo que falta es una política económica justa. Visto de esta manera, los ciudadanos tienen un papel mucho más activo y crucial: tenemos que formar un movimiento lo más amplio posible contra los poderosos lobbies industriales y exigir políticas climáticas ambiciosas a nuestros legisladores.

Los planteamientos de Gates para afrontar esta crisis parecen racionales pero, de hecho, estaría aceptando correr esta carrera por la competitividad con las actuales reglas, que están diseñadas en nuestra desventaja, al no obligar al que contamina a pagar por los daños que causa su contaminación. Podemos investigar y desarrollar las mejores tecnologías limpias, pero la prioridad debe ser igualar el campo de juego: eliminar la desventaja de que disfrutan las tecnologías basadas en combustibles fósiles. Después de todo, esta carrera es la del futuro de nuestros hijos. Nos lo jugamos todo.

2.- ¿Tecno-optimismo o tecno-ingenuidad?

Las innovaciones tecnológicas son cruciales para resolver la crisis climática. Pero debemos evitar el tecno-espejismo de esperar que sólo una tecnología mágica nos saque de ésta. Gates tiende a sobrestimar el potencial de las futuras tecnologías y a subestimar sus riesgos.

Por ejemplo, su empresa TerraPower está desarrollando un nuevo tipo de reactor nuclear que esperan sea más seguro, más barato y con menos residuos. Pero no nos dice ni cuántas toneladas de CO2 pueden evitar, ni cuándo, ni a qué coste…

Hoy por hoy, ese reactor sólo existe como modelo informático. ¿Cuándo será construido el primero? ¿Cuándo la primera unidad comercialmente viable? ¿Cuándo un suficiente número de esos reactores podrán causar una reducción significativa de emisiones? Es dudoso que todo eso pueda empezar a ocurrir antes de 2050. No podemos esperar tanto, y hay alternativas viables que hay que desplegar masivamente ya.

Otras tecnologías analizadas son el CCS (las siglas en inglés de Captura y Almacenamiento de CO2), ya sea en la chimenea o en la atmósfera. El propio autor cree que la captura directa es demasiado inmadura y cara para contribuir significativamente a la solución. Pero cita un estudio de la National Academy of Sciences para asegurar que “tendremos que extraer y almacenar 10 GTCO2e cada año antes de 2050 y 20 GT anuales entre 2050 y 2100”… O sea, no sabemos cómo, es carísimo, pero ¿tendremos que hacerlo?…

De acuerdo con Gates, incluso vale la pena considerar la geo-ingeniería, aunque como último recurso. Pulverizar aerosoles o partículas en la atmósfera que reflejen parte de la radiación solar, para reducir el calor que llega a la superficie terrestre. Las consecuencias para el clima son totalmente inciertas. Los investigadores trabajando en esto afirman que esperan que sus investigaciones no lleguen a ponerse en práctica: ruleta rusa a escala planetaria…

3.- El escenario político

La crítica final es lo que falta. Gates no dice una palabra sobre la razón fundamental por la que, tras 30 años de acción, todavía no hay una política climática ambiciosa.

La industria de los combustibles fósiles es la más poderosa del mundo y mantiene excesivos lazos con muchos gobiernos. Desde el mismo instante en que la comunidad científica descubrió las causas del cambio climático antropogénico, la industria ha hecho todo lo que ha podido por frenar la acción: sembrar dudas sobre el cambio climático y sobre la Ciencia que lo soporta, financiando think tanks negacionistas, ejerciendo un potente lobby sobre los legisladores, financiando partidos políticos negacionistas, desinformando en los medios y sembrando la división en el seno del propio movimiento por el clima.

La industria continuará sus campañas, pidiendo neutralidad tecnológica y retrasando todas las medidas… Al fin y al cabo, están luchando por su existencia; en el corto plazo, pues si ganan ellos perderemos todos. Igualmente, los activistas están enzarzados en una batalla existencial; pero es para tener un planeta en el que vivir, en unas condiciones que sean compatibles con una sociedad humana organizada.

Ante esta realidad, sorprende que Gates plantee la crisis climática sólo como un problema financiero: invertir billones en I+D para reducir las primas verdes. Ni menciona el papel de activistas como Fridays for Future o el movimiento por la desinversión.; o la lucha política subyacente con un amplio movimiento ciudadano urgiendo a los gobiernos a que pongan el interés del público por delante de la industria contaminante.

Conclusión

Vale la pena leer el libro. Necesitamos conocer las tecnologías futuras que nos ayudarán a descarbonizar la economía. Desgraciadamente, el autor ignora las causas políticas y económicas de la crisis climática: la lucha ente las empresas de combustibles fósiles y el movimiento ciudadano, así como un marco legislativo existente, que subsidia a las empresas al no obligarlas a internalizar los cinco billones de los daños que causan sus productos. Si no resolvemos eso, no habrá tecnología que nos salve. No llegará a tiempo.

Por lo tanto, es de temer que los lectores del libro serán de alguna manera engañados. Es tentador reducir la crisis climática a un problema tecnológico, lo que inmediatamente libera a las personas de tomar acciones y nos limita a esperar (en vano) a que aparezca una solución mágica.

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