‘Aukus’ frente a China: réplicas en el Indo-Pacífico

La naturaleza del poder en las relaciones internacionales constituye un debate que no ha perdido vigencia. Tampoco lo ha hecho la discusión en torno a las implicaciones de su distribución asimétrica. Cuando se habla de juego de suma cero, se hace referencia a una situación en la que las ganancias de un jugador se incrementan a costa de otros. La preocupación por las ganancias relativas nace de un problema similar: un aumento desproporcionado del poder de un Estado es percibido como una amenaza por otro, ya que socava su poder en relación con el país fortalecido.

Para Kamala Harris, vicepresidenta de Estados Unidos, el involucramiento de su país en el Indo-Pacífico no responde a esta lógica. Sin embargo, como afirmó en su visita a Singapur a finales de agosto, su compromiso es hacer frente a cualquier tentativa que atente contra un orden regional “libre y abierto”. Y la principal amenaza reside en Beijing.

Las distancias entre las gestiones de Joe Biden y Donald Trump no opacan sus continuidades. Una de ellas es el cambio en la retórica oficial hacia una región de insoslayable relevancia en la reconfiguración del orden del siglo XXI. El término ‘Indo-Pacífico’ implica el reconocimiento de nuevos actores y escenarios centrales para la estabilidad internacional. Los crecientes flujos comerciales que atraviesan el Índico y el Pacífico, así como su enorme concentración demográfica y productiva, son algunas de las razones detrás de esta transición a un nuevo espacio para la disputa del poder global.

Las pretensiones de la República Popular de China añaden complejidad a este panorama. Más aún si consideramos la centralidad del conflicto con Taiwán y las reclamaciones en el Mar de China Meridional a la luz de sus intereses territoriales. Este último involucra también reclamos de Taiwán, Vietnam, Malasia, Filipinas y Brunéi, ignorados por una cúpula gubernamental que reafirma su soberanía sobre aguas en disputa con la construcción de islas artificiales y plataformas petroleras, actividades de pesca, despliegues militares y patrullajes. No es casual que Estados Unidos, Australia, Japón e India tomaran en 2017 la decisión de reflotar el foro conocido como Quad (expresión abreviada para Diálogo de Seguridad Cuatrilateral) frente a las ambiciones del gigante asiático.

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La ‘gravitación’ china también se manifiesta en una profundización de los lazos económicos con sus vecinos. En las últimas décadas, se ha convertido en el principal socio comercial de numerosos países de la región y en uno de los principales inversores. Gran parte de la financiación se canaliza a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, dentro de la cual el Indo-Pacífico ocupa un papel central en materia de conectividad e infraestructura. Estos pasos hacia una mayor integración económica también se refuerzan con la reciente firma del acuerdo de Asociación Económica Integral Regional con los países de Asean y las potencias económicas del Pacífico.

Una balanza cada vez más inclinada, combinada con una política agresiva en su vecindario, desencadenaron una nueva respuesta. El 15 de septiembre, el presidente Biden y los mandatarios Boris Johnson (Reino Unido) y Scott Morrison (Australia) anunciaron una asociación trilateral de seguridad denominada Aukus (acrónimo formado por las siglas de cada país en inglés). El acuerdo no menciona a China, pero hace hincapié en la necesidad de “preservar la seguridad y la estabilidad en el Indo-Pacífico”. La iniciativa propone la cooperación conjunta en la construcción de una flota de submarinos de propulsión nuclear para Australia, haciendo uso de la experiencia y la tecnología norteamericana y británica. La propuesta no implica el desarrollo de armamento nuclear ni de capacidades nucleares civiles, razón por la cual no compromete lo dispuesto por el Tratado de No Proliferación Nuclear. Así, Australia ingresaría al selecto grupo de países que posee estos submarinos. Asimismo, se propone la cooperación en materia de ciberseguridad, inteligencia artificial y tecnologías cuánticas. De esta manera, la coalición busca revertir la balanza en materia naval en el largo plazo. Estados Unidos, por su parte, empieza a delinear bandos en un área de enorme relevancia estratégica.

Si bien la cooperación entre estos países en seguridad tiene larga data, Australia había mostrado prudencia en su posicionamiento frente a China. Los lazos económicos entre ambos países son significativos. Sin ir más lejos, China es el principal socio comercial de Australia. Las ventas australianas alcanzaron en 2020 más de 90.000 millones de dólares, mientras que las compras desde China fueron de casi 58.000 millones (según el International Trade Center). No obstante, no resulta sorprendente si se consideran las tensiones que afloraron en los últimos años. En medio de la emergencia sanitaria por la Covid-19, el primer ministro australiano sugirió una investigación internacional para determinar el origen de la enfermedad. Esta actitud fue respondida con represalias chinas en materia comercial, afectando a la entrada de productos australianos en el mercado asiático y facilitando una escalada de tensiones que derivó en un pliegue hacia el bando norteamericano.

La protesta de China no se ha hecho esperar. Desde el Ministerio de Relaciones Exteriores han puesto en duda el compromiso de Australia con la no proliferación nuclear. Al mismo tiempo, han tildado el acuerdo de irresponsable, y han instado a las partes a abandonar esta obsoleta mentalidad de suma cero de la Guerra Fría. En algún punto, pareciera responder a la propia Kamala Harris. Días después de la protesta, China ha presentado una solicitud para incorporarse al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (CPTPP por sus siglas en inglés), un tratado otrora impulsado por Estados Unidos y abandonado por la Administración Trump.

El reclamo también ha resonado en Francia, puesto que el nuevo pacto echa por tierra el acuerdo firmado en 2016 con Australia para la construcción de 12 submarinos convencionales. El propio país galo ha reprobado contundentemente este movimiento, alegando una traición a su confianza. En respuesta, su Embajada en Washington ha cancelado la celebración de los 240 años de la Batalla de los Cabos, que tuvo lugar durante la guerra de independencia de Estados Unidos. No se debe perder de vista que Francia goza de una importante presencia en el Indo-Pacífico a raíz de sus territorios de ultramar, razón por la cual no se desestimaría alguna compensación. El propio Biden declaró que Estados Unidos apuesta a un trabajo conjunto con Francia en esta zona.

Las perspectivas son especialmente inciertas para los potenciales afectados ante una eventual contienda en el sur de China. La celebración del pacto no se ha hecho esperar en Taiwán. De alguna forma, es una garantía de contención norteamericana. Pero las preocupaciones no dejan de acechar. Los países del sudeste asiático se han esforzado por construir un protagonismo propio, con el mérito de comprometer tanto a China como a Estados Unidos en la estabilidad del orden regional. Estas tensiones ponen en jaque estos avances, a la vez que caldean aún más un escenario de por sí precario que podría culminar en una carrera armamentística. Tampoco debe obviarse la importancia de la dimensión económica en sus relaciones con China; un ámbito que, en reiteradas ocasiones, han ponderado por encima de las preocupaciones en torno a la seguridad.

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