Argentina: el calendario electoral sale de la ‘grieta’

Argentina vive en un estado agrietado permanente, nuestra propia versión nacional de la polarización política. Este fenómeno inunda todas las discusiones públicas en medios de comunicación masiva, redes sociales, declaraciones y posiciones de los principales actores políticos nacionales, provinciales y locales. Por supuesto, no podía faltar la discusión en torno al calendario electoral de este año. Al igual que en una proporción importante de países, este año toca votar en Argentina en medio de una pandemia mundial, con dificultades logísticas globales para obtener vacunas y con oleadas de infectados y fallecidos que agravan la preocupación gubernamental.

Este año toca la renovación parcial del Poder Legislativo: la mitad de la Cámara de Diputados (127 legisladores) y un tercio del Senado (24 bancas correspondientes a ocho provincias). La pregunta comenzó a aflorar por octubre/noviembre del año pasado: ¿cómo y cuándo votar en 2021? Concretamente, tomó el carácter de un mantra electoral que se viene repitiendo sostenidamente cada dos años: ¿qué hacer con las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (Paso)? Si por aquel entonces se estimaba que la pandemia no habría terminado para el momento de concurrir a las urnas era entonces necesario, según algunos dirigentes provinciales, plantear nuevamente el debate sobre la utilidad y la función del modelo de primarias nacionales.

Sobre la mesa se pusieron tres opciones que se han empezado a plantear y discutir más intensamente en este segundo trimestre. La primera, impulsada por gobernadores radicales (UCR) y peronistas (PJ) del norte del país, planteó abiertamente la suspensión de las Paso, que se celebrarían el segundo fin de semana de agosto. El argumento público se centró en el cuidado de la salud de los ciudadanos de cada distrito, la imposibilidad de celebrar comicios en un momento de inevitable crecimiento de casos en pleno invierno argentino y la falta de criterio político al obligar a concurrir a las urnas a electores que, en definitiva, no incidían sobre la selección de candidatos de consenso más que para confirmarlos.

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Detrás había un argumento no tan publicitado, sino más bien estratégico y de supervivencia: algunas de las provincias que han impulsado esta alternativa son las que, a raíz de la instauración de las Paso, han experimentado un nivel de competencia interna por encima del promedio nacional. Esto se puede apreciar con la tasa de uso de las primarias para diputados y senadores nacionales. La suspensión de las Paso limitaba así disputas internas a liderazgos con grado variable de consolidación local. Todo sea por sobrevivir en el territorio.

La segunda opción puesta sobre la mesa por algunos sectores fue desarrollar una ‘ingeniería’, algo retorcida, que implicaba unificar en un mismo día la elección interna con la general. Sería la versión nacional del Doble Voto Simultáneo que puso en práctica Uruguay para categorías ejecutivas y legislativas hasta la reforma constitucional de 1996, y que aún hoy en día mantiene para su Congreso. En Argentina, se denominó a este sistema como ‘Ley de Lemas’ y se adoptó para varias elecciones provinciales en algunos distritos durante la década de los 90.

El consenso académico actual indica que la ventaja radica en la elección simultánea de una autoridad al mismo tiempo que se erige como líder partidario al ganar una interna, pero que como gran desventaja puede ocurrir que ese ganador no es el más votado por la ciudadanía (como muestra el enlace anterior sobre el caso de Santa Fe). Esta alternativa, aunque apareció en la mesa de discusión con apoyo de algunos gobernadores que veían su fuerza mermar con la primera propuesta, nunca ha llegado a plantearse seriamente como una solución al problema de muchas convocatoria en plena pandemia. De haberse materializado, no sólo habría tergiversado el espíritu del sistema de primarias argentino, sino que sus resultados podrían haber sido totalmente inesperados; más aún cuando lo que está en juego no es un cargo unipersonal, sino un conjunto de escaños. Innovación institucional en una pandemia no es la mejor receta, y así lo acordó todo el arco político.

La tercera posibilidad fue la postura sensata de posponer el calendario electoral un mes para cada elección. Esto es, que las primarias se celebraran en septiembre en lugar de agosto y las generales, en noviembre en lugar de octubre. Esta pequeña reforma circunstancial iba de la mano de un corrimiento de otras dos fechas que son el pico de tensión para toda la dirigencia política: la presentación formal de las alianzas electorales y el cierre de listas en todas las provincias. Frente al escenario de suspensión total de las primarias (primera alternativa) y a la propuesta de alquimia electoral retorcida (segunda alternativa), esta tercera opción fue reuniendo los apoyos necesarios tanto entre oficialistas como entre opositores. De hecho, en medio de una fuerte disputa judicial y pública por la suspensión de las clases, la principal coalición opositora Juntos por el Cambio dio su apoyo a esta propuesta tras 15 días de debate y cálculos internos. Sensatez sin sentimiento.

¿Por qué ganó la más sencilla de las alternativas? Por dos razones. La primera, porque tanto dentro del oficialismo peronista del Frente de Todos como en Juntos por el Cambio primó la cordura de cuidar la salud de la ciudadanía en un contexto de imprevisibilidad absoluta sobre la disponibilidad de vacunas para la mayoría de la población mundial. A ello se suma que en las últimas semanas las nuevas cepas mutadas de la original han aumentado el temor sobre la rapidez y fortaleza de la segunda ola.

La segunda, como no podía faltar, es de cálculo político-electoral propio. Ambos bandos se juegan el futuro de su fortaleza institucional para cimentar su carrera presidencial de 2023. Juntos por el Cambio, además, busca definir el liderazgo interno de una coalición variopinta, que alberga sectores progresistas que tienden al centro con la necesidad de impedir que se repita la merma por la derecha de 2019. Mientras que Frente de Todos buscará alterar el ‘statu quo’ legislativo, donde cuenta con mayoría cómoda en el Senado pero es sólo la primera minoría en la Cámara de Diputados, Juntos por el Cambio pretende mantenerlo para contrapesar la agenda legislativa del oficialismo, tratando de repetir el excelente resultado que obtuvo en el ciclo de 2017. Ese juego, tal como se aprecia en los gráficos más abajo, se disputará con fuerza en las provincias más populosas del país; precisamente aquéllas donde la oposición tiene mayor presencia, fuerza, territorio e intención de voto.

Fuente: elaboración propia. Disponibles en @facucruz en el siguiente hilo.

En este clima, el Congreso Nacional se dispone en los próximos días a acomodar el calendario electoral de este año después de que la grieta se extendiera también al cómo y cuándo deben celebrarse los comicios. Argentina se sube así al tren del 40% de las elecciones nacionales y sub-nacionales pospuestas en 2020 en todo el mundo. Si, en definitiva, los procesos electorales tienen que ser imprevisibles en sus resultados pero previsibles en su celebración, que ni una pandemia ni una grieta alteren ese orden. La gasolina de las democracias modernas es votar.

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