Argentina: aprobación presidencial en la montaña rusa

La historia es conocida. El 10 de diciembre de 2019, Alberto Fernández llegó a la Presidencia tras derrotar a Mauricio Macri en primera vuelta con casi el 50% de los votos. En el mes de enero, la opinión pública se mantenía en relación a la distribución de votos de octubre: el 50% aprobaba la gestión del Gobierno y el 38% la desaprobaba. No había luna de miel, como suele pasar al mes de llegar un nuevo Ejecutivo, sino partidismo. Con un estilo moderado, sereno y conciliador (al fin y al cabo, por eso había sido el candidato a presidente de una coalición cuya principal dirigente no tenía esas cualidades), el flamante presidente estaba listo para encarar su primer año de mandato; pero “el verano duró lo que tardó en llegar el otoño”, parafraseando (mal) al gran Joaquín Sabina. 

En marzo de 2020, llegó el virus Sars-Cov-2. El Gobierno tuvo que dar un volantazo. A finales de ese mes se implementaron protocolos de distanciamiento social y finalmente, el día 20, el Aspo (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio). Al principio, la reacción de la opinión pública fue muy favorable: la aprobación gubernamental en abril trepó al 67% y, en particular, incluía al 44% de los votantes de Macri y al 68% de los que había apoyado a otras fuerzas. Se había logrado ‘despartidizar’ la opinión pública

Sin embargo, la extensión de la cuarentena y los costes económicos y sociales asociados (por no mencionar los efectos psicológicos, el agotamiento y el cansancio) acabaron por impactar en buena parte de la opinión pública; especialmente, entre los votantes de la oposición. En julio, sólo el 20% de los votantes de Macri y el 38% de los de las otras fuerzas políticas aprobaban la gestión del presidente… y bajando: en octubre, esos porcentajes habían caído al 9% y 26%, respectivamente. El apoyo extra-partidario se había derrumbado. En marzo de 2021, justo un año después de la implementación de las medidas sanitarias, el Gobierno ha tocado suelo: un 28% dice apoyarlo (línea azul en el gráfico), un 69% lo desaprueba (línea roja). La erosión ya se siente incluso entre sus votantes: un 23% ya no respalda al Ejecutivo.

Evolución del grado de aprobación y desaprobación respecto al Gobierno

Fuente: Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública-Universidad de San Andrés. Base: 1.027 casos (total), marzo 3-15 2021 (datos ponderados según NSE y edad).

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Desde aquella breve luna de miel de la Aspo inicial, la aprobación del Gobierno se ha despeñado como por la pendiente de una montaña rusa. Pero no hay que confundirse, no fue solamente, per se, por la cuarentena: algunas decisiones gubernamentales, más allá de lo atinadas o equivocadas que fueran, no fueron bien recibidas en el contexto del confinamiento: las idas y vueltas con la expropiación de la empresa Vicentin, el proyecto de reforma del Poder Judicial (que terminó con la renuncia de la ministra), las medidas para contener la compra de dólares, la sorpresiva quita de coparticipación a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (tras el conflicto insurreccional de la Policía bonaerense), la descoordinación de los funcionarios en relación al tema Venezuela, las internas en el área de Seguridad, la toma de tierras de algunos movimientos sociales y la incertidumbre (cierta o no, real o ficticia) respecto del rol y el peso de la vicepresidenta en la coalición de Gobierno, reflejados en el avance de sus partidarios en las carteras ministeriales. Y lo más reciente, en medio de la entrada de la segunda ola de la Covid-19, el escándalo relacionado con la lista de vacunados VIP que acabó con la expulsión del ministro de Salud.

De esta forma, el Gobierno ha pasado de un pico de 67% en abril, para contraerse al 50% en julio, seguir contrayéndose al 35% en octubre y continuar descendiendo al 28% en la actualidad. A ello hay que sumarle las consignas múltiples y descoordinadas de la oposición más radical, que no da tregua ni siquiera de parte de sus miembros más dialogantes y que termina de configurar el cóctel de la multi-causalidad que explica la reversión del humor social.

En esta situación el Gobierno encara, por si lo anterior fuera poco, un año de elecciones legislativas de medio término. Afrontar elecciones en este contexto es, a todas luces, complejo. No obstante, hay tres factores que los más optimistas de la coalición oficialista confían en poder controlar de aquí a octubre, con lo que podrían revertir el humor social: un rebote de la economía que, según las estimaciones, puede crecer entre 6% y un 7% respecto al año pasado; vacunar, vacunar y vacunar: acelerar este plan para llegar al invierno con una proporción alta de la población inmunizada; y que no haya fractura en la coalición de Gobierno y tampoco una oferta peronista crítica que capitalice el creciente descontento, restando apoyos al oficialismo.

En un mercado mundial escaso de vacunas, conseguirlas no parece sencillo. En la situación actual, con la entrada del otoño y el invierno a las puertas, el Gobierno se ve en la obligación de tomar medidas restrictivas: ayer martes se registraron 27.000 contagios, con una tasa de positividad de los testeos del 31%. Pero esto implica un dilema: salud o economía. La opinión pública ha sido también cambiante a este respecto: al principio, se inclinó mayoritariamente por priorizar las medidas sanitarias; al final del año pasado, por priorizar la economía.

Las vacunas eran la vía para conciliar ese dilema. Si bien al inicio hubo dudas, y hasta denuncias de la oposición acerca de la calidad de las mismas, en la actualidad los argentinos se manifiestan ampliamente a favor de vacunarse (72%). Sin embargo, el sentimiento predominante es de insatisfacción respecto del plan de vacunación: tres de cada 10 dicen estar satisfechos con el mismo, frente al 56% que manifiesta no estarlo.

Esta insatisfacción tiene dos drivers muy claros, sobre los que el Gobierno tiene poco margen. En primer lugar, la escasez de vacunas. Parecen llegar a cuentagotas, y con dificultad de acceso a alguna de ellas. En segundo lugar, el impacto que tuvieron los vacunados VIP (periodistas y políticos que pudieron inmunizarse gracias a sus contactos personales) golpeó en la línea de flotación de la confianza en el plan: un 62% de los encuestados sostiene que este escándalo ha sido “un hecho lamentable que demuestra que no hay un plan integral de vacunación”. 

¿Como evolucionará el humor de la sociedad en los próximos meses? La opinión pública es cambiante y sensible a la coyuntura, pero es estable en sus actitudes más profundas. Por lo pronto, el Gobierno tiene que evitar seguir perdiendo el respaldo de la sociedad al ritmo que viene haciéndolo. Cultivar exclusivamente el respaldo del ‘núcleo duro’ (aproximadamente un tercio del electorado argentino) no alcanza para gobernar ni, mucho menos, para ganar elecciones; en este caso, las de medio término. Reina la incertidumbre, sobre todo si se piensa en las alternativas que ofrece la oposición. ¿Será el ala dura e intransigente la que predomine y lleve la voz cantante desde la derecha? O en cambio, ¿serán los más dialogantes los que ofrezcan alternativas centristas para salir del atolladero? ¿Qué sucederá en el espacio electoral que hasta ahora representa o representaba la coalición de Gobierno? ¿Se mantendrá unida, también, en ese delicado equilibrio entre sus integrantes más extremos y sus moderados? ¿Aparecerán nuevas alternativas a esos dos polos mayoritarios? Lo dicho, un futuro incierto.

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