América Latina y el post-occidentalismo de las vacunas

Algo hemos constatado en este año de pandemia: siempre prima la lógica de la competencia. La infame carrera por las vacunas es la muestra más reciente. A pesar de la ansiada espera y de los sacrificios que en el proceso se han hecho en todos los rincones del globo para contener los contagios, la llegada de la solución está siendo problemática.

El trabajo científico y la movilización de recursos para desarrollar, en paralelo y en tiempo récord, los fármacos que permitan inmunizar a la mayor parte de la población mundial y poner fin a esta catástrofe son titánicos y no tienen precedentes. La maquinaria incluye desde el desarrollo de los activos a la producción de los pequeños contenedores y toda una logística de distribución masiva que excede lo imaginable. Poner la fábrica en pleno funcionamiento llevará tiempo, y en estos primeros meses clave los estados con recursos llegarán antes.

Stella Kyriakides, comisaria de Salud de la Unión europea, fue gráfica en este sentido ante al retraso de AstraZeneca: “La UE pre-financió el desarrollo y la producción de la vacuna […] y quiere ver la retribución”. Es decir, los que arrancaron con mejores condiciones para afrontar la pandemia tienen también ventaja en el acceso a las vacunas. Los demás, tendrán menos dosis y más tarde, en condiciones sanitarias más deficientes y con consecuencias económicas más profundas. En definitiva, la brecha se ampliará aún más por esta cruel competencia.

Vacunas y desigualdad en América Latina

La pandemia ha cristalizado, una vez más, las múltiples asimetrías que atraviesan a América Latina. La deficiente infraestructura sanitaria, la fragilidad económica y la debilidad institucional son condiciones que han convertido a la región en la más golpeada del globo. Y en la carrera por las vacunas, los países latinoamericanos no corren mejor suerte. Cada Gobierno debe concretar individualmente acuerdos con las farmacéuticas, en función de su capacidad de compra y de negociación; países que ya han tenido devastadoras consecuencias económicas y que, en su mayoría, adolecen de recursos suficientes.

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Los gobiernos latinoamericanos se han embarcado en una carrera por la firma de acuerdos bilaterales con los laboratorios que se ha intensificado a medida que aparecían las insuficiencias de abastecimiento. AstraZeneca, Pfizer, Gamaleya (que desarrolla la vacuna Sputnik V) y Sinovac son los cuatro mayores proveedores de dosis a la región de acuerdo con los compromisos alcanzados hasta la fecha. De todos ellos, la vacuna de AstraZeneca y Oxford es la que ha protagonizado más compromisos de compra en la región, aunque aún no se ha iniciado el proceso de distribución.

Mientras México, Chile, Argentina y Panamá cuentan con compromisos de dosis para cubrir a la totalidad de sus poblaciones (con una dosis al menos), la mayor parte de la región no logra alcanzar una tasa de 0,5 por habitante. Al no existir un mecanismo regional para la negociación, la carrera por la vacuna revela también el grado de desigualdad intra-regional. El único mecanismo multilateral para acceder a las vacunas es el auspiciado por la Organización Mundial de la Salud, Covax, una iniciativa que trabaja para garantizar el acceso global a las vacunas mediante la entrega de 2.000 millones de dosis para finales de 2021. El foco de Covax son los países menos desarrollados, lo que incluye a la mayor parte de América Latina y el Caribe (ALyC).

Las campañas de vacunación comenzaron a finales del pasado mes de diciembre. En México, el primero en iniciar las inoculaciones, se han puesto más de 700.000 dosis diarias hasta la fecha. Sus acuerdos tempranos con Pfizer y AztraZeneca para la adquisición de 100 millones de dosis entre ambos labotatorios permitieron garantizar un abastecimiento temprano. No obstante, los límites de Pfizer para cumplir con los plazos demoraron más de tres semanas los envíos. Chile y Argentina, que también comenzaron a vacunar a finales de 2020, se encuentran en segundo y tercer lugar en dosis aplicadas de la región. De acuerdo con la base de datos de la Universidad de Oxford, Chile lleva aplicadas 600.000 dosis (con un incremento exponencial en los últimos 10 días) y Argentina, 470.000.

Rusia y China, proveedores estratégicos

Algo más que hemos aprendido un año después de los primeros contagios es que los preconceptos y la ideologización no escapan a una crisis sanitaria de esta envergadura. La vacuna rusa y las chinas fueron objeto de críticas y de fuertes reservas en la mayor parte de Occidente. Sin embargo, estas reservas iniciales se están diluyendo por los incumplimientos y retrasos de los laboratorios occidentales y por las demostraciones de la eficacia de la ‘Sputnik V’ y la capacidad de producción y mejor logística de entrega de China. A todo ello se suma la necesidad de cumplir las promesas políticas ante la escasez de vacunas disponibles. De esta forma, desde la UE la jefa de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha declarado que las vacunas contra el coronavirus de Rusia y China podrían aprobarse para su uso en el bloque si «muestran todos los datos». La canciller alemana, Angela Merkel, su ministro de Salud, Jens Spahn, y funcionarios franceses (incluido el propio Emmanuel Macron) se han pronunciado en el mismo sentido.

El detonante del cambio de percepción respecto a la Sputnik V ha sido un artículo de la prestigiosa revista científica The Lancet según el cual esta vacuna tiene una eficacia de 91,2%. Rusia fue el primer país en registrar su vacuna contra el nuevo coronavirus, el 11 de agosto de 2020; y Argentina, el primer latinoamericano en aprobar su uso de emergencia, recibiendo las primeras dosis a finales de diciembre. Con esta apuesta, su presidente, Alberto Fernández, desafiaba la desconfianza imperante con una visión audaz y pragmática ante un contexto de escasez. Este país también ha firmado acuerdos de compra con AztraZeneca/Oxford (que se producirá para ALyC en colaboración con México) y con Covax.

Bolivia y Venezuela también se inscriben en la lista de países latinoamericanos que han firmado contratos con Rusia (de 2,6 y 10 millones de dosis, respectivamente), y aprobaron en enero su uso de emergencia. Finalmente, el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, ha anunciado a principios de este mes la aprobación para uso de emergencia de la Sputnik V y el inicio de conversaciones con el mandatario ruso para adquirir 24 millones de dosis. La eficacia demostrada, las condiciones de almacenamiento (no requieren un frío extremo, lo que facilita su traslado) y la capacidad de producción rusa pueden garantizar una distribución más rápida que las opciones occidentales.

En el caso de la ‘Coronavac’, producida por la empresa china Sinovac, los países latinoamericanos que cerraron antes acuerdos con Beijing fueron Chile y Brasil. En ambos países, entre julio y agosto pasados se iniciaron las pruebas en Fase 3. Las pruebas realizadas en el Instituto Butantan (São Paulo) arrojaron un 50,4% de efectividad a mediados de enero. A pesar de que su eficacia probada es menor que las de la Sputnik V y la de Pfizer, esta opción es una alternativa accesible por su rápida distribución y su disponibilidad para los países en desarrollo.

Sinovac tiene comprometidas 300 millones de dosis para 2021, y entre sus principales compradores se encuentra Chile, con 60 millones de dosis. A finales de enero, el país andino recibió dos envíos de Coronavac, cuatro millones en total, y se embarcó en un esfuerzo masivo de vacunación que lo llevó al primer lugar de Latinoamérica (3,14 dosis por cada 100 habitantes), seguido de Costa Rica, Brasil y Argentina.

En Brasil, el retraso de la campaña de inmunización ha tenido repercusiones políticas, protagonizadas por el gobernador de San Pablo, João Doria, y el presidente, Jair Bolsonaro ante la aprobación de la vacuna de Sinovac por parte de la Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria (Anvisa). La disputa, que auguraría un eventual escenario de competencia presidencial, tiene también ingredientes ideológicos. Mientras Doria está vinculado al Instituto Butantan (que producirá con Sinovac la vacuna para América Latina), Bolsonaro es reticente a la opción china por su baja efectividad en relación con AstraZeneca (que también se producirá en el país). Las presiones internas por el avance de la enfermedad en el país (Brasil ocupa el segundo puesto a nivel mundial por fallecimientos) allanaron el camino a la distribución de ‘Coronavac’ pese a la postura del presidente.

La carrera por el acceso y aplicación de las vacunas será complejo para América Latina. Las diferencias intra-regionales, que se solapan con las globales, marcan de nuevo el paso. Rusia y China aparecen en el horizonte como los pilares en este esfuerzo masivo, a pesar de las disidencias ilógicas e inoportunas que han suscitado en la región por su perfil político e ideológico. Para Moscú, el éxito de su fórmula y el abastecimiento global de la vacuna que pueda poner fin a la pandemia trae al presente el lugar indiscutible de Rusia como tradicional potencia científica.

Para Beijing, el cálculo es diferente. La diplomacia de las vacunas tiene como telón de fondo inmediato el interés chino por pulir su imagen internacional tras sus tropiezos al inicio de la pandemia; y otro más profundo y de largo plazo: aprovechar esta coyuntura para posicionarse como poder global responsable mediante el despliegue del soft power. En América Latina, China busca llenar este nuevo vacío dejado por Occidente. ¿Quiénes ganan? Los países latinoamericanos; porque no importa de qué latitud provenga la vacuna.

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