Almacenamiento, el último impulso necesario para la electrificación

Pasado el revuelo de la tormenta Filomena y con unos precios del mercado eléctrico en niveles más habituales, podemos afirmar que el ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, no se equivocaba cuando hablaba del “temporal más intenso de los últimos 50 años”.

Hemos pasado incomodidades, mucho frío y alcanzado precios del mercado mayorista con cifras récord (el 9 de enero, a las 21.00 horas, se alcanzó el récord horario, con un precio marginal en España de 121,24 €/MWh). Hay quienes han aprovechado para achacar este hecho a la falta de renovables disponibles y justificar, de este modo, la debilidad de una transición energética basada en estas tecnologías intermitentes.

Nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que todo lo que ha sucedido tiene sentido lógico: precios muy bajos cuando las renovables están disponibles y muy altos en otros momentos; cuando no lo están. De hecho, se puede hacer el ejercicio de contrastar los altos precios del mes pasado con los del año pasado completo, el más barato de los últimos 15 (46,83 €/MWh).

Este baile de precios no pone en duda las renovables ni la transición energética; todo lo contrario, las refuerza. Cuantas más renovables haya, los momentos de precios elevados serán menos prolongados; serán caros, sí, pero menores.

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

Otro efecto a favor de la electrificación masiva basada en generación renovable es la independencia energética del exterior. ¿Acaso todo lo sucedido en el mercado español no se ha debido a su dependencia de terceros? Al igual que el año pasado se cayó en la cuenta de la necesidad de una industria nacional que pudiera suministrar material sanitario, mascarillas, respiradores… fenómenos como la tormenta Filomena son una prueba de la debilidad de un país si no es capaz de generar su propia energía, su propia industria; además del menor impacto medioambiental.

España lo tiene todo para convertirse en líder en electrificación renovable, vital para el despliegue adecuado del vehículo eléctrico y para superar los retos climáticos. Existen grandes compañías eléctricas y de ingeniería, universidades de altísimo prestigio, constructoras con capacidad y enormes fabricantes de tecnología.

Es cierto que no todo es de color de rosa. Como sostienen muchos críticos de las renovables, el sistema no puede depender de energías intermitentes. ¿Qué ocurre cuando no sopla el viento, cuando no hay sol? También se puede preguntar qué ocurre cuando ese viento sopla o hay sol y no hay demanda. Ambas preguntas tienen respuesta: la energía debe poderse almacenar.

El almacenamiento es el aliado natural y avanza hacia su madurez técnica y económica. Su implantación definitiva ayudará al despliegue de la movilidad eléctrica, a que la integración renovable crezca hasta convertirse en mayoritaria y a que tanto empresas como hogares puedan equilibrar sus necesidades energéticas. No se está tan lejos de que esto sea tan normal como tener una lavadora en cada casa.

Esto permitirá una gran versatilidad, y prolongar lo máximo posible el número de horas de consumo limpio. De todos los caminos por explotar (entre ellos, el térmico, el hidráulico, incluso el del hidrógeno), hay uno especialmente urgente: el del almacenamiento mediante baterías.

El mundo está en plena carrera por desarrollarlas y Europa, que parte con desventaja, ha decidido no repetir errores del pasado como, por ejemplo, en paneles solares, cuya fabricación fue residual en el Viejo Continente. Si no lidera la tecnología y fabricación de estas baterías, no habrá industria, ni se crearán empleos, y Europa será profundamente dependiente.

Desde la creación de la Alianza Europea de las Baterías, en 2017, la Unión Europea está impulsando numerosos proyectos en un sector con el que espera crear cientos de miles de empleos. No en vano, se estima un aumento de las necesidades y un mercado de 250.000 millones de euros en 2025. De hecho, algunas de las macro-fábricas proyectadas han anunciado el inicio de la producción en cadena este mismo año.

El empuje europeo ha podido comprobarse muy recientemente gracias a las directivas anunciadas en diciembre pasado, con las que se pretende garantizar que las baterías tengan un origen sostenible mediante la publicación, a partir de 2024, de su huella de carbono. Además, a partir de 2030 se tendrán que cumplir unos porcentajes mínimos de materiales reutilizados (por ejemplo, el 95% del cobalto y níquel y el 70% del litio). Estos requisitos representan una ventana de oportunidad para las fábricas europeas, diseñadas para contaminar mucho menos que las de fuera y con la posibilidad de crear un ecosistema que alcance a todo el ciclo vital de las baterías, desde sus primeros pasos con las materias primas hasta su reciclaje y re-introducción en el inicio del proceso.

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Es verdad que Europa arranca con retraso, pero el lado positivo que hay que aprovechar es que mucha de la química y la tecnología necesarias están aún por desarrollar. Las baterías actuales tienen prestaciones limitadas, lejos de los valores teóricos pero, aun así, los costes ya están bajando a medida que evolucionan y se aumenta en volumen.

Grandes revoluciones están por venir, y las nuevas generaciones de baterías llegarán. Muchas ya se anuncian a diario en distintos medios, pero tampoco todas ellas, algunas con prestaciones rompedoras, serán capaces de ser escalables (bien por sus materiales o por los costes de éstos). Aun así, existen numerosos equipos de investigación trabajando en ello, con financiación suficiente como para no dudar de que el éxito está a la vuelta de la esquina. 

Ante tan magna oportunidad y en un momento único en la historia, España no se puede quedar atrás y debe formar parte activa de este resurgir industrial. Tanto nuestro sistema eléctrico renovable como nuestras fábricas de coches necesitan este tipo de tecnología para asentarse, y hay luchar para que se haga desde aquí. Se estima que una mega-factoría de estas características puede generar 30.000 puestos de trabajo de alta calidad.

La increíble evolución tecnológica abre una ventana de crecimiento, desarrollo y empleo en la que España puede ser protagonista. Si se deja pasar, se asumirán grandísimos riesgos: el mercado mundial es una apisonadora y el no ir hacia adelante te lleva hacia atrás sin remedio. El reto es coger el toro por los cuernos y creerse capaz de ser líderes del sistema energético propio.

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