Acabemos con la ganadería y la acuicultura industriales

Debemos acabar con la ganadería y la acuicultura industriales que llevan décadas desarrollándose en el mundo y que provocan enormes dosis de crueldad y sufrimiento innecesario y evitable, y adoptar un sistema alimentario más justo y compasivo. Aunque hay diversos motivos importantes para hacerlo, que repasaremos más abajo, la principal razón es moral.

Los filósofos que firmamos este artículo mantenemos grandes discrepancias en lo que respecta al trato que merecen los animales. ¿Es aceptable acabar con la vida de un animal, aunque no sea estrictamente necesario, si se hace de manera indolora? Algunos creemos que sí, otros que no. Algunos de nosotros disfrutamos comiendo un buen chuletón y no creemos estar cometiendo necesariamente ningún acto inmoral o incorrecto. Otros, en cambio, somos veganos o vegetarianos y consideramos que no hay buenas razones que justifiquen matar animales para producir alimentos o ropa, aunque sea de forma incruenta. Algunos incluso estamos dispuestos a reconocer a algunos animales no humanos igual estatus jurídico y político que a los seres humanos. Pero no queremos hablarles de nada de esto, sino de algo mucho más básico: queremos defender un punto de encuentro, la prohibición de la crueldad evitable y el fin de la ganadería y acuicultura industriales, que para algunos de nosotros es suficiente y para otros no, pero para todos es moralmente necesario.

Cada año sufren y mueren en la industria alimentaria global un billón (en sentido europeo, esto es, un millón de millones) de animales. En su mayoría se trata de animales marinos, pero también incluye terrestres como pollos y gallinas, cerdos, ovejas, conejos o vacas (FAO 2018; Mood y Brook 2012); y eso por no hablar de la industria peletera o la cría de conejos para experimentación cosmética. Todos ellos son criados únicamente a los efectos de servir nuestro deseo de comer carne o pescado (o el de vestir pieles o usar determinados cosméticos). Pero lo peor es que la mayoría son criados en condiciones de extrema crueldad, maltrato, enfermedad, e incluso son sacrificados de la forma más cruel y dolorosa aunque, eso sí, más barata. Los animales a los que nos referimos son seres vivos y sintientes, es decir, poseen la capacidad para experimentar sufrimiento y bienestar. Y los firmantes de este artículo, aún desde las discrepancias descritas más arriba, estamos todos de acuerdo en que el sufrimiento y la crueldad innecesarias y evitables deben terminar.

Existe consenso científico sobre que la amplia mayoría de los animales explotados en la industria poseen capacidad de sufrimiento (Low 2012). Cualquiera que conozca la situación de la ganadería en Europa sabe también que este sector se ha industrializado en las últimas décadas, siguiendo criterios de estricta eficiencia económica. Es cierto que la UE ha establecido algunos estándares mínimos tanto de cría como de sacrificio, pero son claramente insuficientes y existe un elevado grado de incumplimiento. La eficiencia económica de las granjas industriales es incompatible con niveles adecuados de bienestar para los animales que son criados en ellas. Viven hacinados, a menudo sin poder salir al aire libre o caminar, en condiciones altamente insalubres, lo que les convierte en focos idóneos para la expansión de epidemias. En muchas ocasiones, como es el caso de terneras, lechones o corderos, son separados de sus madres y matados al poco tiempo de vida. Las vacas son inseminadas artificialmente de manera constante para mantener la producción de leche, hasta que dejan de ser económicamente rentables y son llevadas al matadero. La selección artificial ha causado que los pollos destinados para el consumo crezcan rápidamente hasta un tamaño superior al 40% de sus ancestros no modificados, causándoles graves problemas de movilidad y de salud. Similares problemas padecen las gallinas usadas para puesta, que en 100 años han pasado de una producción media anual de 30 a 300 huevos per capita. Los polluelos macho de estas gallinas no son aptos para el consumo. Por ello son descartados tras nacer; usualmente triturados vivos.

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

La extrema crueldad que sufren estos miles de millones de animales es injustificable moralmente, sobre todo porque es totalmente evitable, es decir, innecesaria. Existen las opciones venerables del veganismo y el vegetarianismo, por supuesto. Pero incluso aquellos que no quieran o no crean necesario prescindir del consumo de proteína animal disponen de una alternativa clara, sencilla y bien conocida: la ganadería tradicional o, mejor, la llamada ecológica, esto es, menos intensiva, más armoniosa con las exigencias mínimas de bienestar que serían deseables para cualquier animal; en definitiva, una ganadería más justa y compasiva.

Se nos dirá que gracias a la ganadería industrial el precio de la proteína animal es muy bajo y con ello se evita la desnutrición. Esto puede ser así en algunos países, aunque en países desarrollados como el nuestro suele ocurrir que son las personas más desfavorecidas económicamente las que tienen mayores problemas de sobrepeso y mala alimentación, con un claro exceso de consumo de proteína. En todo caso, es obvio que es papel del Estado velar por que las personas más desfavorecidas puedan tener acceso a una dieta suficiente y saludable, y hay muchas otras formas de hacerlo. Pero luego volvemos sobre ello. Esto se relaciona con una segunda posible objeción.

Muchos dirán que en el mundo existen muchas otras injusticias, muchas de ellas más graves moralmente. Hay niños que mueren desnutridos o por enfermedades relacionadas con la pobreza absoluta, inmigrantes que se ahogan intentando huir del infierno de la guerra o la miseria, personas explotadas en todos los países que no disponen de los medios mínimos para luchar por su libertad básica y muchas, muchas personas que viven en situación de dominación. Todo ello hay que combatirlo, y hacerlo de forma urgente. Pero no es incompatible preocuparse y luchar por la justicia en todos estos frentes, y hacerlo también por evitar el infierno que se vive en las granjas industriales y la acuicultura.

La ganadería industrial no es un medio necesario, ni siquiera conveniente, para luchar contra todas esas otras injusticias. Más bien al contrario. El estudio de la historia de la humanidad nos enseña que la mejor forma de progresar moralmente es la intolerancia hacia todo tipo de injusticia, mientras que la excesiva permisividad en ciertos ámbitos nos embrutece y nos convierte en personas ciegas ante el sufrimiento de los demás. Tan ciegos, de hecho, que abonamos nuestras disonancias cognitivas, ignorando activamente lo que ocurre en los mataderos, porque la contemplación de lo que allí sucede nos haría intolerable seguir permitiendo esas conductas. La compasión y la empatía es un círculo que expande nuestro universo moral, mejorándonos como especie, mientras que la aceptación o la permisividad con la crueldad, aunque sea en ámbitos o sobre seres que algunos consideran menos importantes, deteriora nuestro sentido moral y nos inclina a aceptar más fácilmente la crueldad también en otros ámbitos.

Esto nos lleva a una tercera posible objeción. Tal vez algunos dirán que es hipócrita poner el acento en la ganadería industrial a favor de una ganadería tradicional o ecológica. Para qué nos vamos a preocupar por el bienestar de los animales en las granjas si, igualmente, los criamos para sacrificarlos y comerlos. Ya hemos dicho que nosotros mismos discrepamos sobre la permisividad moral de matar animales para comerlos.

Pero la tesis que defendemos aquí no es en ningún caso hipócrita. Se puede ver muy bien con otro ejemplo. Hay gente que considera que la pena de prisión no está nunca justificada en Derecho penal. Son los llamados abolicionistas penales, y defienden que el Derecho penal opere únicamente sobre la base de otros castigos, como las multas. Pero si uno considera que la cárcel puede ser una respuesta justificada para castigar a determinados delincuentes, no por ello tiene que admitir que están igualmente justificados la tortura o los malos tratos mientras el delincuente está en prisión. Al contrario, la persona que cumple condena en una cárcel se encuentra bajo la tutela del Estado, es decir, de todos nosotros, y eso nos genera la responsabilidad de tratarle con respeto y velar por su bienestar básico.

El debate sobre si la ganadería tradicional o ecológica es aceptable moralmente es rico e interesante, y caben diversas posiciones en principio razonables. Pero no es el debate al que queremos contribuir hoy. Nos parece más interesante, al menos desde un punto de vista político, pero también moral (de moralidad política), centrarnos en aquellos puntos en los que personas con sensibilidades y posiciones diferentes con respecto al estatus y los derechos de los animales, pueden encontrar un amplio consenso que permita una acción coordinada más rápida y con más apoyo social.

Hasta aquí nos hemos centrado en la razón moral principal para oponernos a la ganadería industrial: su crueldad extrema e innecesaria. Ahora bien, hay razones adicionales e igualmente decisivas para concluir que es políticamente indeseable e inviable a largo plazo. En primer lugar, por los riesgos para la salud humana. Tanto la actual pandemia de la Covid-19 como las anteriores gripes aviar o porcina tienen origen zoonótico. Es decir, han sido causadas por la transmisión de virus desde animales no humanos a seres humanos. Particularmente, animales domesticados en granjas industriales intensivas y animales salvajes. El confinamiento masivo y la falta de higiene en granjas industriales tienen consecuencias socialmente negativas al favorecer la propagación y mutación de virus (Bryony et al. 2013). Luchar por una ganadería más tradicional y ecológica se ha convertido ya, pues, en una cuestión de propia supervivencia.

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En segundo lugar, por los riesgos de salud derivados de la mala alimentación. La ganadería industrial ha logrado, en efecto, bajar enormemente el coste de producción de proteína animal. Ello ha favorecido el crecimiento paralelo de la industria de la comida ultra-procesada. En un país como Estados Unidos, por ejemplo, mantener una dieta rica en hortalizas, frutas y verduras es más caro que hacerlo con una alta en proteína ultra-procesada. Es por ello que son los sectores más desfavorecidos de la sociedad, como ya hemos dicho, los que han desarrollado problemas más graves de obesidad, diabetes, enfermedades coronarias y vasculares, etcétera.

Lo que ocurre con claridad en EE.UU. está comenzando a pasar, aunque todavía en un grado más bajo, en España y en Europa. Si el sistema alimentario tuviera acceso únicamente a proteína proveniente de ganadería tradicional, lógicamente más cara, la dieta sería necesariamente más equilibrada. El que quisiera seguir consumiendo proteína animal podría seguir haciéndolo. Simplemente, debería pagar un precio un poco más alto.

En tercer lugar, por otro tipo de riesgos alimentarios, en este caso relacionados con el reparto global de recursos. La ganadería hace un consumo ineficiente de los recursos alimentarios globales. Absorbe el 77% de las tierras de cultivo, dejando sólo un 23% para la producción alimentos vegetales destinados al consumo humano directo. Sin embargo, la ganadería contribuye sólo al 18% del suministro global de calorías (frente al un 82% por parte de los alimentos vegetales) y al 37% del de proteínas (frente a un 63%). Así, por ejemplo, los pollos consumen entre dos y cinco veces más proteínas de las que producen; los cerdos, entre dos y nueve veces; y las vacas, entre seis y 25. Obtener 1.000 kilocalorías y 100 gramos de proteína a partir de soja requiere, respectivamente, de sólo 1,3m2 y 2,2m2 de suelo. Producirlas a partir de vacas precisa de 119,49m2 y 163,6m2, respectivamente. Con menos terreno cultivado, pero destinado a alimentos de origen vegetal, sería posible generar más comida pera más seres humanos, especialmente los más empobrecidos del planeta (Ritchie y Roser, 2020).

Finalmente, y no por ello menos importante, por sus riesgos ambientales. La ganadería (junto con la pesca) es la causante del 31% de las emisiones de gases de efecto invernadero en el mundo. Por el contrario, el transporte de alimentos lo es sólo del 6%. A modo de ejemplo: la producción de 1 kg de soja causa 0,9 kg equivalentes de CO2, mientras que la producción de 1 kg de carne de cerdo causa siete y la de vaca, 60 kg. Así, es más eficiente desde un punto de vista ambiental potenciar el comercio internacional de alimentos vegetales, pese a los costes de transporte, que promover el consumo de proximidad de la producción ganadera industrial local. De forma similar, dentro del sector alimentario la ganadería es la principal contribuyente a la contaminación química de aguas y de ecosistemas (Ritchie y Roser, 2020).

Como hemos tratado de mostrar, nos sobran las razones para acabar con la ganadería y la acuicultura industriales. En realidad, estamos convencidos de que todas estas razones acabarán imponiéndose y de que nos encontramos en un período de transición en la historia de la humanidad en lo que respecta a nuestro sistema alimentario. Tal vez en breve la capacidad de producir proteína animal mediante el cultivo de células en laboratorio, la llamada carne limpia, o de simular con proteína vegetal la textura y el sabor de los productos animales tradicionales, nos permitan borrar de un plumazo todas las granjas, sean de ganadería industrial o tradicional o ecológica. Pero es urgente comenzar cambiando nuestras actitudes y nuestras prácticas, para hacerlas más compasivas. Recordemos que la compasión es un sentimiento moral básico, y que debemos sentirlo en especial por los más desvalidos y vulnerables.

Por todas estas razones, creemos que los estados deben terminar con la ganadería y acuicultura industriales en favor, por el momento, de una ganadería más tradicional o ecológica y de una pesca tradicional, fuertemente reguladas, y que garanticen el respeto al bienestar básico de los animales y evite la crueldad con que se los trata; no sólo durante su cría, sino también durante el transporte y la matanza. Deberían hacerlo prohibiendo esta industrialización o, al menos, desincentivando fuertemente el consumo de productos derivados, por ejemplo a través de políticas de etiquetado más transparente, campañas púbicas de información y concienciación sobre los daños al bienestar animal, la salud humana, la seguridad alimentaria y el medio ambiente de esta actividad productiva, o mediante impuestos especiales al consumo de carne y otros alimentos de origen animal, cuyos ingresos podrían destinarse al desarrollo de carne vegetal y carne limpia. Los poderes públicos deben asumir su papel de garantes del bienestar de los animales, invirtiendo en sistemas efectivos de inspección y supervisión que aseguren el cumplimiento de una legislación que realmente los proteja.

La ciudadanía expresa cada vez una mayor empatía por los animales y un mayor rechazo a su sufrimiento (Comisión Europea, 2019). Mantenemos grandes desacuerdos sobre qué obligaciones tenemos hacia los animales no humanos. Pero eso no debiera oscurecer el hecho de que es fácil acordar sobre el hecho fundamental: que sea por razones morales, o de salud pública, o de dieta más saludable o de respeto al medio ambiente, o por un sumatorio de todas ellas, es necesario terminar de una vez por todas con el enorme sufrimiento que la ganadería y la acuicultura industriales están causando en el mundo.

(Este texto cuenta con la adhesión de Paula Casal, Samuele Chilovi, Osvaldo de la Fuente, Ander Errasti, Anca Gheaus, Ignacio Giuffré, Iñigo González Ricoy, Marisa Iglesias, Victoria Kristan, Alba Lojo, Dan López de Sa, Rubén Marciel Pariente, Elena Prats, Jahel Queralt y Serena Olsaretti, todos ellos profesores e investigadores del grupo Law & Philosophy de la Universidad Pompeu Fabra)

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