Trump y Oriente Medio

Tanto el islam como Oriente Medio fueron temas importantes durante la controvertida campaña del presidente electo Donald Trump. En diciembre de 2015 y en respuesta a la masacre de San Bernardino, Trump afirmó que prohibiría la entrada de musulmanes en EEUU. Durante su visita a Escocia el pasado mes de junio, precisó que no tenía nada contra los musulmanes británicos y que la prohibición solo afectaría a habitantes de ciertos países. Al mes siguiente recibió muchas críticas cuando menospreció a los padres de un soldado estadounidense de origen musulmán que murió combatiendo en Iraq, que le habían reprochado su actitud xenófoba durante la convención demócrata. También explotó la crisis de los refugiados, preguntándose en voz alta por qué tantos parecían jóvenes y fuertes, y acusando a Hilary Clinton de querer acoger a 620.000 en los EEUU –la cifra propuesta por Clinton era de 65.000, pero poco importa en la era de la política posverdad.

Por otra parte, Trump se ha mostrado conciliador hacia el presidente sirio Bashar al-Assad, que muchos tanto en EEUU y en Oriente Medio intentan deponer. Ha reiterado que está en contra de las intervenciones militares para cambiar regímenes, refiriéndose a la intervención en Libia como ejemplo de a dónde conducen las políticas de Clinton (entonces Secretaria de Estado). Y ha afirmado que no le gusta al-Assad pero le preocupa más Daesh, y el presidente sirio está combatiendo al grupo terrorista. Del mismo modo, ha alabado la intervención rusa en Siria, supuestamente motivada por el deseo de derrotar a los terroristas. Mucho se ha escrito de la buena sintonía de “macho alfa” entre Trump y Putin, y este último ha sido acusado de las filtraciones que afectaron a la campaña demócrata. Al mismo tiempo, Trump ha descrito al otro gran aliado del régimen sirio, Irán, como un “el mayor patrocinador de terrorismo en el mundo”, y ha declarado su intención de revisar el acuerdo nuclear con la república islámica.

No es de extrañar que los habitantes de Oriente Medio hayan seguido con interés las elecciones en EEUU y hayan reaccionado al resultado de las mismas. Aunque muchos no apoyaban a ninguno de los dos candidatos: según una encuesta realizada por la empresa de análisis de mercado YouGov en 18 países árabes antes de la votación, el 47% de los árabes se abstendría aunque pudiese participar, a pesar de que 78% reconoce el impacto directo de la elección de presidente estadounidense en el mundo árabe. Sin embargo, entre los que votaría hubiera ganado Clinton con un aplastante 44%, frente al 9% que hubieran votado a Trump.

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Esta relativa indiferencia hacia los candidatos se refleja en un reportaje que el canal de televisión Sky News Arabia realizó tras la victoria de Trump en las calles de El Cairo, Kuwait, Ammán y Túnez. Muchos de los transeúntes entrevistados afirmaban pragmáticamente que la política de EEUU hacia Oriente Medio no cambia con el presidente, ni se puede decir que los demócratas sean más favorables a los árabes que los republicanos, o viceversa. Como en la encuesta, una minoría se mostraba partidaria de uno u otro candidato, pero sin entusiasmo. Y su escepticismo no es difícil de explicar: Trump ha dicho cosas que no gustan, pero Clinton tiene una trayectoria que no la hace popular en la región. Muchos la consideran un “halcón” que implicaría más a los EEUU, en particular en el conflicto sirio. Otros apuntan a sus vínculos con el lobby sionista. Por último, son notorias sus estrechas relaciones con la familia real saudí, detestada en muchos círculos.

La respuesta de los líderes árabes fue más diplomática que la de sus ciudadanos: Se apresuraron a enviar los habituales telegramas de felicitación al presidente electo, recordándole la “histórica amistad” entre los EEUU y el país en cuestión. Algunos, como el palestino Mahmoud Abbas o el yemení Abd Rabbo Mansur Hadi, aprovecharon además para recordarle los conflictos que afectan a sus pueblos y renovar sus esperanzas en EEUU para ayudar a solucionarlos. El presidente Abdel Fattah al-Sisi (primer líder del mundo en felicitar a Trump, según la obsequiosa prensa egipcia) lo invitó a visitar Egipto en el curso de una cordial conversación telefónica sobre la que medios no-árabes parecen incrédulos; un titular de Reuters lee: “Sisi, de Egipto, dice que habló por teléfono con Donald Trump y lo felicitó por su victoria”. Por su parte, Bashar al-Assad expresó recelos pero afirmó que Trump podría ser un “aliado natural” en la guerra contra el terrorismo.

¿Qué esperan los diferentes actores de la región del presidente Trump? A pesar de las palabras de Abbas, muchos partidarios de la causa palestina están desolados. El presidente electo ha dejado bien claro que no le interesa revivir las negociaciones y opina que las colonias israelíes en Cisjordania no son un obstáculo a la paz. Incluso ha prometido a Benjamin Netanyahu que movería la embajada americana de Tel Aviv a Jerusalén, en una decisión unilateral sin precedentes que constituye un reconocimiento de la ciudad ocupada como capital del Estado hebreo. Por otra parte, el yerno de Trump, Jared Kushner, es judío ortodoxo y un conocido partidario de Israel, y se prevé ocupará un cargo destacado en la nueva administración. La situación sobre el terreno, ya volátil, empeorará si incluso la ilusión de una solución de dos estados desaparece, y ello solo puede favorecer a los islamistas de Hamás, que rechazan las negociaciones de paz y creen en la lucha armada.

En relación a Siria, y a pesar de su cautela en púbico, Assad es consciente de haber ganado con la elección de Trump. Este parece aceptar los argumentos el discurso del líder sirio y sus partidarios, que desde el conflicto comenzó en 2011 han acusado a los opositores de ser islamistas a sueldo de potencias extranjeras. Paradójicamente, la victoria de Trump también fue celebrada en Ankara, que durante años ha apoyado a la oposición siria. Las relaciones entre Turquía y la Unión Europea son particularmente tensas debido a las críticas europeas de la mano dura que el presidente Recep Tayyip Erdogan ha exhibido desde el intento de golpe de Estado en julio. Trump está a favor de extraditar a Fethullah Gulen, a quien Erdogan acusa de organizar el golpe, y ha alabado el papel de Turquía en la región. Por su parte el presidente egipcio Sisi, que desde su llegada al poder ha lanzado una ola de represión con el pretexto de la lucha contra el terrorismo y considera a Obama demasiado tolerante hacia los islamistas, confía verse afianzado.

En el Golfo, donde qataríes y saudíes han sido los principales financiadores de la oposición islamista a Assad, celebran la victoria de Trump por lo que significa para Irán. La petro-monarquías no echarán de menos a Obama, que abandonó a aliados como Mubarak y firmó el acuerdo nuclear con el gobierno iraní. El editorial del diario qatarí Al-Watan tras la victoria de Trump anunció que esta marca un cambio geopolítico que hace temblar a Teherán. El artículo cita asimismo a nostálgicos del arabismo como el antiguo primer ministro jordano Taher al-Masri, que arguye que los árabes deberían aprovechar la elección de Trump para cerrar filas y hacer frente a las potencias regionales no árabes (Turquía, Irán e Israel) que se han beneficiado de su desunión. Del mismo modo, la sección de opinión del diario saudí publicado en Londres Asharq al-Awsat se han llenado de columnas con títulos como “Irán, EEUU y la neutralidad falaz” y “El fin del mandato de Obama podría ser el fin del engaño de Irán”.

En resumidas cuentas, en los países de Oriente Medio, como en el resto del mundo, existe gran incertidumbre sobre las políticas que seguirá Donald Trump una vez asuma la presidencia. Aunque es posible que la calle árabe tenga razón y los cambios en la región no sean tan radicales como algunos temen… o esperan.

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