PSOE-PSC: ¿matrimonio de conveniencia?

Durante años, al PSOE solían recomendarle, desde entornos conservadores, que rompiera con el PSC y se presentara directamente en Cataluña. En ello coincidían con los partidos nacionalistas en Cataluña, cuando también le pedían al PSC que renunciara a sus lazos con el PSOE. Que estas fueran siempre proposiciones interesadas no les quitaban razón: nada mejor para favorecer electoralmente a PP, CiU o ERC que una explosión del espacio socialista en grupos diversos y enfrentados por cuestiones identitarias, lingüísticas o territoriales. No sólo serían más pequeños sino que se pasarían el resto del tiempo discutiendo sobre lo que les dividía y no sobre lo que les debería unir. Y cuando algo de eso sucedió, con la escisión de algunos grupos catalanistas del PSC entre 2013 y 2015, el socialismo español pudo comprobar el resultado: un encogimiento súbito en la única región en la que era un partido hegemónico en elecciones generales y locales sin haber estado apenas en el gobierno autonómico.

Aunque resultara menos congruente, tampoco era del todo sorprendente que algunos líderes territoriales del PSOE flirtearan ocasionalmente con la ruptura del PSC. Hablaban para sus electores regionales, al menos para aquellos más sensibles con la españolidad del partido y preocupados por el ‘ruido’ que suele provenir de Cataluña. Lo paradójico es que cuando estos dirigentes suelen hablar del tema pensando en sus propios votantes extremeños, andaluces o castellanos, lo hacen con la misma voluntad y receptividad con que el PSC ha tratado de hacerlo hacia sus respectivos votantes catalanes. Algunos incluso plantean que el PSOE debería reforzar su E para que pueda representar una voz única en toda España. ¿A qué idea de España le puede crujir una coalición como la que mantienen el PSOE y el PSC desde hace casi 40 años? En cualquier caso, a una idea de la nación más restrictiva y empequeñecida que la que auspició el pacto entre socialistas catalanes y el PSOE en 1977-78.

Para no dramatizar, pensemos en perspectiva comparada. Los socialistas han afrontado estos años el problema frecuente de todos los partidos de ámbito nacional que aspiran a representar electoralmente a sus ciudadanos en un Estado descentralizado, donde existen hechos nacionales o diferenciales internos. Este es un fenómeno cada vez más común en Europa y más allá. Y en cada caso, los partidos han tratado de encontrar fórmulas diversas que procuren combinar lo uno y lo diverso.

¿Cómo reaccionan los partidos ante esta situación? Sin entrar en casos demasiado peculiares, como el de India, podemos identificar tres grandes modelos de articulación de los partidos en países federales, descentralizados o con realidades nacionales segmentadas en su interior. En un extremo, los partidos unitarios fijan un discurso muy homogéneo nacionalmente, aunque esto les lleve a ser irrelevantes o minoritarios en aquellos territorios con identidades diferenciadas a los que renuncian a representar. Es el caso del partido conservador británico, que apenas existe en Escocia. En el otro extremo, los partidos divididos o incluso truncados deciden existir sólo en uno de los niveles electorales. El caso de manual pertenece al Canadá, donde unos partidos se presentan sólo en el nivel federal, mientras que otros limitan su participación al ámbito provincial (imagínense al PSOE presentándose en Cataluña en las elecciones generales mientras que el PSC lo hiciera sólo en las autonómicas catalanas). Más peculiar, y controvertido, es el modelo de partidos belgas, que se han dividido lingüísticamente por territorios, hasta el punto de que no existe un partido nacional belga relevante.

Entre ambos extremos, se dan diversas opciones de integración más o menos fuerte entre la organización estatal y sus ramas regionales. No debemos olvidarlo: el conflicto nunca falta. Allí donde existen fuertes diferencias territoriales, ningún partido nacional se salva de las tensiones que se pueden producir entre el centro y la periferia. Especialmente cuando están en la oposición. El reto de los partidos es conjugar la defensa de un proyecto común con la representación de las diversas identidades, culturas e intereses territoriales que se dan en sociedades plurales. No hay una fórmula mágica ni un patrón único para este reto. Lo que menos sucede es que los partidos renuncien a adaptarse a las peculiaridades de cada territorio para ganarse el apoyo mayoritario del electorado. No hace falta ir muy lejos, porque España es un caso ‘ejemplar’ que cada día despierta más interés entre observadores y expertos del resto de Europa.

A pesar de la machacona insistencia, por parte de algunos líderes y partidos, en tener un ‘mismo mensaje en todas partes’, hoy ya sabemos que los principales partidos españoles prefieren adaptar sus programas y sus estrategias a cada territorio. El que más varía su discurso, y con más eficacia, el PP (según demuestra el estudio de los programas regionales). Con ello, mejoran su representación y contribuyen a integrar la pluralidad de la política y la sociedad española. El único partido reciente que sí mantuvo la homogeneidad de acción y discurso en todo el territorio español –UPyD- ya no está para explicarlo; y su fracaso tuvo mucho que ver con esa rigidez organizativa, tan estéril para facilitar su penetración territorial.

Todos sabemos que España no es Portugal ni Japón, prototipos de países mononacionales: por muy grande que hagamos la bandera, nunca cubrirá la diversidad en las formas de sentirse español, ni evitará que muchos españoles tampoco se sientan tales. Aún así, no olvidemos que durante años, muchos de estos también votaron PSOE e incluso PP. ¿Por qué renunciar a ellos?

Ese fue el origen del PSC-PSOE. A pesar de la fuerte vinculación que el PSOE ha tenido con Cataluña desde su creación (celebró su congreso fundacional en Barcelona en 1889), su apoyo electoral entre la clase obra catalana siempre estuvo muy condicionado por las dificultades del socialismo español para afrontar la cuestión catalana. Esta tendencia a la fragmentación del espacio socialista catalán cambió en 1977, cuando se creó la coalición electoral entre el PSOE y los socialistas catalanes, que daría lugar a la creación del PSC un año más tarde. Hoy muchos socialistas parecen haber olvidado los motivos y la racionalidad estratégica que llevaron a Alfonso Guerra y Felipe González a crear una alianza muy peculiar (y muy exitosa para ellos y para España), cuyos fundamentos ideológicos recogían, entre otros, el reconocimiento del carácter nacional de Cataluña y la reclamación del derecho a la autodeterminación. Pero esta alianza también se reprodujo en otras fuerzas políticas. Así sucedió con la relación entre PCE y PSUC, luego reeditada con la coalición IU-ICV. O con la alianza entre PP y UPN en Navarra. Es verdad que en ambos casos, tanto IU como PP acabaron rompiendo, con los años, con sus referentes políticos y presentándose directamente. Resultado: no muy bueno. Tanto EUiA como el PP navarro se convirtieron en fuerzas políticas irrelevantes en Cataluña y Navarra. Hoy Podemos persiste en ese tipo de alianzas, y con éxito, hasta el punto de estar consiguiendo robarle al PSOE el electorado más federalista de España. Lo explicaremos en un próximo artículo.

Quizá lo más significativo de la alianza entre PSOE y PSC es la informalidad con que han llevado sus relaciones, y la escasísima evolución que estas han experimentado desde 1977. Cuando ambos partidos han decidido revisar sus relaciones en serio, el único documento de partida ha sido el breve protocolo sobre cómo han de comportarse los diputados en el Congreso, redactado antes incluso de que se creara el propio PSC. Esa informalidad fue útil y llevadera mientras el PSC fue un partido de oposición en la Generalitat de Cataluña. Pero cuando llegó al gobierno, de la mano de ERC e ICV, y trató de comportarse, por ejemplo, como el PSOE de Chaves, Bono o Rodríguez Ibarra, es decir, con discurso propio y criterio autónomo para mejorar su credibilidad ante sus votantes, el juego de equilibrios, pactos tácitos y creencias presuntamente compartidas se resquebrajó. Que ello coincidiera con la eclosión del independentismo nos muestra hasta qué punto la relación PSOE-PSC es una verdadera clave de bóveda de la España actual, y cuál es el riesgo real de jugar en el corto plazo con sus frágiles estructuras.

¿Qué futuro les espera a ambos partidos a partir de ahora? Parece que los sectores más jacobinos del PSOE han visto la oportunidad para cambiar unas reglas que nunca llegaron a convencerles. Hay argumentos en contra y a favor. Para algunos, el PSC se ha beneficiado principalmente de un electorado PSOE en Cataluña. Para otros, la aportación del PSC ha sido precisamente arrastrar votos de más allá de la frontera socialista, aunque en los últimos años esa lógica se ha quebrado. En el centro del debate actual se halla la cuestión de la asimetría: el PSC tiene representación en los órganos federales, sin que el PSOE tenga en los órganos del PSC. Sin carecer de fundamento, esta controversia se ha formulado de forma un tanto oportunista: en realidad, el coste de esa ‘asimetría’ lo ha asumido principalmente el PSC durante años, cada vez que ha tenido que mantener en Cataluña su lealtad a las posiciones de la dirección federal ante las jugadas parlamentarias que le pergeñaban sus adversarios catalanes, con un fuerte desgaste electoral. En el sentido contrario, el PSOE se ha beneficiado de esa asimetría cada vez que ‘no ha podido evitar’ digerir las demandas catalanas expresadas desde el PSC, dando lugar a propuestas territoriales que siempre supusieron un desenlace inclusivo y bastante representativo de lo que son hoy, en términos de identidad, las clases medias y asalariadas en España. El rendimiento de esa estructura es evidente. Que en esta ocasión esta asimetría haya resultado tan controvertida para el PSOE tiene menos que ver –en el fondo- con una deslealtad sustantiva del PSC que con la lucha faccional al borde del precipicio que se está produciendo en el seno del partido.

En ese contexto, ambos partidos han acordado repensar las reglas que se dieron hace cuatro décadas. ¿Hay margen para actualizar esa alianza?

  • La alianza en el Congreso: A menudo se ha focalizado esta cuestión en torno a la reclamación de un grupo parlamentario propio del PSC. Innecesario. Mucho más expresiva políticamente es la posibilidad de voto diferenciado en cuestiones específicas. Por mucho que se explique, no se entiende que el PSOE imponga a los diputados del PSC una multa por votar lo mismo que votaron en el parlamento catalán unos días antes, y en cambio aplaudan si el PSC vota distinto una misma decisión en ambos parlamentos.
  • La alianza en el gobierno: Durante años, hemos asistido a una anomalía de la que nadie ha querido extraer las implicaciones derivadas. ¿Han sido los gobiernos de González y Zapatero gobiernos de coalición entre PSC y PSOE? El elevado personalismo que en la práctica caracteriza a los presidentes españoles ha mantenido oculta esta cuestión, especialmente en situaciones de mayoría absoluta. No obstante, en momentos donde el PSOE debió buscar apoyos parlamentarios, la supeditación (a veces casi humillante) del PSC ante los socios parlamentarios de turno resultó difícil de sostener, especialmente durante el período de colaboración con CiU entre 1993 y 1996. Por no recordar la turbulenta negociación del estatuto catalán y la culminación final mediante una reunión entre Zapatero y Mas a espaldas de los socialistas catalanes, en la que el líder del nacionalismo catalán fue a buscar a Madrid el sacrificio del Presidente Maragall. ¿Cómo deberán negociar ambos partidos la formación y el funcionamiento del gobierno si algún día vuelven a sumar mayoría parlamentaria, incluso en coalición con otros partidos? ¿Seguirá siendo el PSC un convidado de piedra a la espera de alguna recompensa en forma de ministerios?
  • La alianza interna: ¿Puede un socialista catalán ser candidato del PSOE a la presidencia del gobierno? Esta es la pregunta que algunos dirigentes socialistas se plantearon a propósito de Narcís Serra y Josep Borrell. Nadie sensato podría argumentar la negativa sin caer en el prejuicio anticatalán. ¿Puede un socialista catalán dirigir la organización federal del PSOE? Esto resulta más controvertido. Pero de nuevo, la manera de presentar la cuestión puede ser interesada y engañosa: no hay mayor forma de someter definitivamente al PSC –y quizá con ello aniquilarlo- que dejando a un catalán dirigir la organización federal del PSOE. En ese sentido, la tentativa de Carmen Chacón fue una excepción contraria al espíritu organizativo del PSC. Por el contrario, hasta la última elección de secretario general, en 2014, el PSC siempre ha apostado a poner los huevos en todas las cestas, y suele carecer de la unidad de acción que sí ejercen las federaciones territoriales más importantes del PSOE. Recordemos que Madina fue el candidato más votado en Cataluña en las primarias de 2014, y que Pedro Sánchez le derrotó gracias al apoyo de Andalucía. Por todo ello, la principal consecuencia de expulsar al PSC de los órganos federales no sería recuperar equilibrio simétrico, sino esterilizar la capacidad de influir a los socialistas catalanes, y con ello renunciar a representar la complejidad catalana. Podemos y Ciudadanos están esperando esa breva para consolidar su posición en Cataluña.
  • La alianza… ¿para hacer qué? Todos los analistas serios coinciden en que el principal motivo para no romper la relación entre ambos partidos es el interés electoral. Pero, ¿resulta suficiente motivo para mantener una relación puramente instrumental? El fracaso de las alianzas que IU y PP mantuvieron con ICV y UPN muestran el límite de relaciones entre partidos para los que el proyecto común se había desgastado. ¿Hasta qué punto está dispuesto el PSOE a representar también el sentimiento mayoritario que existe en Cataluña de manifestar una personalidad diferenciada en el marco del Estado? ¿Tiene el PSC un verdadero proyecto para incidir abiertamente en la política española? Si Maragall o Serra parecieron tenerlo, no queda claro que sus herederos hayan sabido recogerlo.

Quizá estos interrogantes, que bien podrían ayudar a actualizar el protocolo de relaciones entre ambos partidos, pueden sugerir respuestas poco viables de llevar a la práctica. El PSOE podría optar por seguir un referente claro en el que reflejarse: la relación que desde hace casi décadas vertebra la política alemana, a través de la alianza entre los democristianos de la CDU y sus homólogos conservadores bávaros, la CSU. No obstante, la práctica de esa relación –aparentemente más ‘simétrica’ que la del PSOE-PSC- pone de manifiesto una mayor conflictividad que la que se le ha achacado al PSC. En realidad, se trata de una coalición que solo se mantiene gracias a la larga permanencia de la CSU en el poder regional tras varias décadas. En realidad, los especialistas apuntan que de perderse algún día esa posición de poder en Baviera, la coalición CDU-CSU se vería abocada a la refundación.

No obstante, algunos podrían objetar que la política española y catalana han entrado en un período de clarificación radical, en el que las ambigüedades han llegado a su ocaso. Es posible. Pero fatigarse con la ambigüedad y la sutileza en política suele incapacitar para ejercer esa premisa democrática de unir en la diversidad. Y de esas posturas tenemos ejemplos en exceso en estos días.

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