Más allá del paro registrado: las políticas activas de empleo

Hace tan solo unos días, el dato paro registrado para el mes de enero, esto es, el número de desempleados apuntados en las oficinas de los servicios públicos de empleo, arrojaba un resultado de 77.980 parados más. A pesar de que la campaña de Navidad se ha hecho notar para mal, la cifra es la mejor desde el comienzo de la crisis. Por consiguiente, es dato positivo, que debemos celebrar, máxime en tiempos en los que las buenas noticias no se prodigan mucho precisamente.

Dicho esto, y mirando al futuro, es preciso advertir que, dada la magnitud del “destrozo”, aún con los mejores augurios y disipando los fantasmas que se ciñen sobre la economía europea, nos llevará bastante tiempo recuperar el empleo perdido. Según la OCDE o el BBVA no lo lograremos hasta dentro poco más de una década, en 2026 (aunque hay informes más pesimistas que sitúan ese objetivo en 2033).

Por consiguiente, los buenos datos que, probablemente y ojalá se sigan sucediendo, no deben hacernos olvidar que durante un buen tiempo habrá un importante número de desempleados a los que es preciso ayudar. Es más, aún vez superada esta dramática situación que vivimos, resultaría deseable poner fin a algunas de las deficiencias que en materia de empleo viene arrastrando nuestro país, de tal forma que las políticas de empleo sean un mecanismo adicional que coadyuven al buen funcionamiento del mercado de trabajo y, por ende, de la economía en su conjunto.

En anteriores artículos hemos reflexionado acerca de las deficiencias y oportunidades que ofrecen las políticas pasivas de empleo o, si se prefiere, la protección social a los desempleados a través de prestaciones y subsidios. Hoy me gustaría referirme a las políticas activas de empleo, es decir, aquél tipo de política de empleo que busca ayudar al trabajador desempleado a encontrar un nuevo puesto de trabajo. Aquí estarían los incentivos a la contratación, los programas de autoempleo, la formación, la recualificación y reconversión profesional, etc.

Vaya por delante que ni unas, ni las otras sirven para la creación de empleo. El empleo lo crea la economía, el crecimiento económico y, por consiguiente, es un asunto de política económica o, mejor, macroeconómica. Sin embargo, las políticas de empleo, las pasivas y las activas, pueden contribuir en la creación de ese empleo. Si se me permite el símil, la economía sería máquina, mientras que las políticas de empleo la grasa que permite que funcionen mejor los engranajes.

Pero como casi todo en la vida hay “grasas y grasas”, es decir, unas políticas funcionan mejor que otras. Los distintos estudios económicos parecen coincidir, por ejemplo, en que los incentivos a la contratación (bonificaciones, reducciones o subvenciones en relación a las cotizaciones a la Seguridad Social) sufren un importante peso muerto, es decir, son usados para empleos que se iban a crear de todas formas, aún en su ausencia, de tal forma que sólo sirven focalizar el empleo hacia determinados colectivos en dificultades (sobre esto ya hemos tenido ocasión de reflexionar en Agenda Pública). Mejores resultados alcanzan las políticas formativas y las de intermediación, siempre que estén bien diseñadas, para lo que es importante que se prevea su evaluación y revisión constantes. Los efectos varían según colectivos, niveles formativos o edad, lo que hace imprescindible su adaptación a las especiales circunstancias de cada uno de ellos, así como su revisión en función de los resultados alcanzados.

Pues bien, ¿en qué tipo de políticas invierte España nuestro dinero? Según los últimos datos disponibles, fundamentalmente en incentivos. Como puede comprobarse en el gráfico, más de dos de cada tres euros que se invierten en políticas activas de empleo se van a incentivos, mientras que el euro restante se destina casi a partes iguales a formación y autoempleo y emprendimiento. El actual Gobierno intentó hacer tabula rasa en 2012, pero luego ha vuelto a caer en la tentación, pues es una política de empleo fácil de crear y muy “vendible” políticamente. Por ello, es probable que los datos no hayan variado en exceso.

Fuente: elaboración propia con los datos de Eurostat y OCDE. Año 2011.

Por tanto, sabemos que no estamos invirtiendo muy bien nuestro dinero o, más correctamente, que existen alternativas más eficientes. Pero, ¿invertimos lo suficiente? El siguiente gráfico puede ayudarnos a resolver esta duda. Muestra el gasto por desempleado en Europa.

Fuente: Eurostat. 2011. No incluye el gasto en servicios de empleo

Como puede comprobarse, estamos muy cerca de la media de la UE, aunque por debajo. En concreto, en España gastamos unos 1.196,43 euros por desempleado al año, frente a los 1.472,38 de media en la UE. Los importantes avances que experimentamos antes de la crisis, se han visto menguados por los recortes, lo que ha provocado que de estar por encima de la media, ahora estemos justo por debajo. No obstante, no es un mal dato. Aun así, si observamos a los países que están por encima de la media, debiéramos plantearnos si queremos estar más cerca de Alemania, Francia, Holanda o Dinamarca, o de países más alejados de nosotros en desarrollo y tamaño económico, como Rumanía, Grecia o las repúblicas del este. Si nuestra opción es la primera, entonces debiéramos esforzarnos no sólo a superar la media europeo, sino a alcanzar los 2.300 euros por desempleado al año (el nivel siguiente país en la escala, que es Alemania).

En definitiva, los estudios empíricos y los distintos organismos internacionales, así como la Unión Europea, vienen insistiendo en la necesidad de potenciar las políticas activas de empleo en nuestro país. Las políticas activas de empleo pueden ser un instrumento muy útil  en la salida de la crisis  pero, al margen de la coyuntura actual, son también una herramienta básica para ayudar los desempleados a retornar lo antes posible al empleo, corrigiendo o compensando algunos de los fallos o imperfecciones del mercado de trabajo.

En esta tarea, sin duda que podríamos seguir avanzando en el camino de una mayor mayor inversión, recuperando el terreno perdido por la crisis. Sin embargo, aún siendo esto deseable, resulta más necesario, especialmente si consideramos las restricciones que tenemos impuestas en el corto plazo, reconsiderar la actual política de inversión. Lo urgente no es tanto invertir más, como invertir mejor. Veremos…

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