Las aristas de Wilders

Pocos comicios en los Países Bajos han recibido la atención que se está dedicando a los que se celebrarán el 15 de marzo y hay buenas razones para ello. Tras estas elecciones, seguirán las presidenciales francesas, en septiembre será el turno de Alemania y posteriormente de Italia. Tanto Marine Le Pen como Geert Wilders han anunciado su intención de sacar a sus países de la UE y el recuerdo de los referéndums que, en ambos países y en 2005, dieron al traste con el proyecto de constitución europea sobrevuela las cancillerías. Más recientes, el referéndum del Brexit y las elecciones en EEUU marcan todos los análisis de estas elecciones.

Es cierto que el nacional-populismo está viviendo un ascenso en las democracias occidentales, también que en cierta medida se nutre del deterioro de las condiciones económicas, del sentimiento antiinmigrante y del rechazo al establishment político. Tres factores que, lejos de oponerse, se retroalimentan constituyendo una tormenta política perfecta. Sin embargo, conviene ser cuidadoso con los atajos y las generalizaciones apresuradas porque pueden llevar a equívoco y el caso del PVV y Geert Wilders es el mejor ejemplo de ello.

En primer lugar, no, no estamos ante una reedición de lo ocurrido en EEUU. Es prácticamente imposible que Wilders gobierne, también que se produzca un nexit. Con un sistema electoral proporcional de distrito único, un umbral de acceso al parlamento del 0’67 y un electorado muy fragmentado, se calcula que, de los 28 partidos que compiten para obtener escaño, 14 obtendrán representación. Quien obtenga más votos –previsiblemente Mark Rutte o Geert Wilders- estará cerca de 30 escaños de los 150 con los que cuenta la cámara. Será necesario lograr pactos con hasta cinco partidos para llegar a los 76 escaños que permiten formar Gobierno. El problema para Wilders, aún en el caso de ser el candidato más votado, es que prácticamente todos los demás partidos se niegan a apoyarle para formar Gobierno, del mismo modo que se oponen a la salida de la UE y rechazan su eurofobia.

En segundo lugar, el ascenso del nacional-populismo es habitualmente interpretado como una reacción a la globalización y la crisis económica. Es una explicación que tiene escaso recorrido en este caso. Con once cuatrimestres seguidos de crecimiento económico (+2% en 2016), unas tasas de desempleo (5’4%) y desempleo juvenil (10%) de las de las más bajas de Europa, con el nivel de confianza entre los consumidores más alto en 10 años y cuatro veces superior a la media europea, la situación económica ya no se encuentra entre los principales problemas de los votantes.

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Como apunta el gráfico, la economía y el desempleo han sido sustituidos entre las principales preocupaciones por la inmigración, el terrorismo y la situación de la seguridad social. La presencia de esto último dista de ser anecdótica y es parte central del discurso de Wilders la calificación de los inmigrantes como depredadores de recursos sociales: “gracias a Rutte –decía no hace mucho- nos estamos convirtiendo en un cajero automático para inmigrantes”. Y es ahí, más en el “chovinismo del bienestar” que en la crisis económica, donde se encuentra el lazo entre la economía y el rechazo a la inmigración (especialmente musulmana) que define el proyecto de Wilders. Su portada de twitter, con su rostro y el lema “Stop Islam”, es el mejor resumen de su programa. Un programa de una página y once puntos de los que solo dedica uno a la economía (bajar impuestos) pero no faltan propuestas para cumplir su promesa de “desislamizar Holanda”. Toda su campaña ha estado salpicada de iniciativas como cerrar las mezquitas, prohibir el Corán (que compara con Mein Kampf), encarcelar preventivamente a supuestos islamistas radicales, sellar la frontera a refugiados e inmigrantes musulmanes o los insultos a los inmigrantes marroquíes por los que fue condenado el pasado mes de diciembre, aunque no se le impuso pena. Un juicio que, por cierto, coincidió con un pico ascendente de popularidad para Wilders, otro pico coincidió con la crisis de los refugiados a la que calificó de tsunami que traía miles de terroristas a Europa.

Pero tampoco en sus posiciones contra la inmigración musulmana representa una novedad. El apoyo a Wilders sigue en esto la estela de Pim Fortuyn. De hecho, la horquilla de entre 22 y 30 escaños que las encuestas indican para el partido de Wilders encaja perfectamente con los 26 conseguidos en 2002 por la Lista de Pim Fortuyn. Es cierto que en los Países Bajos se ha producido un ascenso del nacional-populismo, pero fue hace 15 años, mucho antes de la crisis económica, de la crisis de los refugiados y de un Geert Wilders que, eso sí, cava en el mismo hueco electoral del rechazo al Islam que señalara Pim Fortuyn.

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Otro de los lugares comunes que conviene matizar es el que apunta que, como consecuencia del desgaste de los partidos tradicionales, se han abierto espacios electorales para nuevos líderes políticos. Si por outsider entendemos a alguien que ha sido ajeno a la vida política institucional, lo cierto es que Wilders representa exactamente lo contrario y encaja perfectamente en el perfil de político profesional. Es el tercer parlamentario que más tiempo lleva en la cámara y desde que entró en política en 1990, con 28 años de edad y en el partido que ahora es su máximo rival, no ha tenido más ocupación. Su ruptura con el VVD se produjo en 2004 por diferencias ante la negociación de la entrada de Turquía en la UE.

Tampoco acertaremos si, en la estela del Brexit y las elecciones de EEUU, creemos que el PVV se nutre principalmente de la población de mayor edad mientras que los jóvenes están prácticamente ausentes de su electorado. Lo cierto, es que, como se ve en el siguiente gráfico, algunas encuestas han llegado a señalar a los jóvenes como el grupo mayoritario de votantes del PVV. 

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Otra encuesta más reciente de PEIL apunta una reducción sensible entre los votantes de 18 a 35 años, pero sigue señalando que cerca de un 15% votará al PVV, un porcentaje nada despreciable teniendo en cuenta la fragmentación electoral del país. Y no se trata de algo aislado. En Francia encontramos una pauta similar, con un 27% del electorado entre 18 y 35 años que apoya a Le Pen (Kantar-Sofres, 12/16). Casos opuestos se encuentran en Reino Unido y Alemania, donde el mayor apoyo a partidos del mismo espectro se da entre la población de 50-64 años.

Un último supuesto que conviene revisar a la luz del PVV es el que apunta que los partidos nacional-populistas se implantan en algunos municipios y van tejiendo su estructura por todo el país con una militancia muy organizada y movilizada. El PVV es literalmente un partido de un solo militante, el propio Wilders, que tampoco tiene sedes locales, no celebra congresos ni esas grandes reuniones orgánicas a las que estamos habituados. Buena parte de su actividad se centra en el propio candidato, en sus intervenciones, entrevistas y declaraciones y en su uso intensivo -y en eso sí ha anticipado algo que está convirtiendo en habitual  Donald Trump- de las redes sociales.

El caso de Wilders y el PPV tiene, como vemos, aristas propias que conviene tener presentes a la hora de entender lo que pase el próximo 15 de marzo. Pero más allá de las peculiaridades del ascenso o del nacional-populismo en cada país, es indudable que existe una afinidad política entre líderes y partidos que comparten, en algunos casos al pie de la letra, slogans, buena parte de sus propuestas, su discurso, su visión del mundo y su estrategia nacionalista frente a la globalización económica, política y cultural. Quizás el próximo 15 de marzo Wilders no gane las elecciones, pero obtendrá su mejor resultado y puede hasta  doblar sus escaños. En caso de gane, los demás partidos impediran que forme Gobierno, está por ver que sean capaces, tanto en Holanda como en los demás países, de evitar que el nacional-populismo marque la agenda.

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