La reivindicación de lo correcto

Desde los años 80 comienza a expandirse el pensamiento, la actitud y el lenguaje políticamente correcto. Los sectores progresistas de izquierda impulsaron estos cambios que no hacían desaparecer la xenofobia, el machismo o  la homofobia pero los señalaban como socialmente ofensivos y políticamente condenables. Nuevos términos reemplazaron palabras y actitudes despectivas que parecían condenadas al ostracismo. Así como aprendimos que fumar nos mataba, entendimos que lo diferente no era despreciable, que la discapacidad podía superarse, que la inclusión social era un logro que nos enriquecía a todos. El costo era controlar los instintos más primitivos que todos tenemos: reírnos de la dificultad ajena, despreciar rasgos diferentes, señalar a los más débiles. Fue un paso más para alejarnos del estado de la naturaleza donde el hombre puede ser lobo para el hombre.

La actitud “políticamente correcta” modificó nuestro contrato social frente a comunidades cada vez más diversas respecto a razas, idiomas, religiones, capacidades e inclinaciones sexuales. La globalización ha profundizado la diversidad. Lo políticamente correcto fue una actitud que nos ayudaba a aceptar y nos enseñaba a esconder nuestros rasgos más egoístas, nuestros pensamientos más separatistas. El nazismo y el apartheid fueron la imagen de lo que podía pasar si no sabíamos controlar nuestras miserias. Adoptamos nuestro lenguaje a nuevos términos como afro-americanos, Síndrome de Down, comunidad LGBT. Cuánto más diversas se convertían nuestras sociedades, más palabras teníamos que aprender. Una de las últimas fue burkini. Se popularizó el pasado verano.

No todos abrazaron lo políticamente correcto. Lo soportaron y se resignaron para no ser tachados de intolerantes o retrógrados. Parecería ser que, internamente, nunca modificaron su actitud, aún cuando hayan adoptado el nuevo lenguaje. Timur Kuran, profesor de Economía y Ciencia Política en Duke University, lo llamó preference falsification que puede traducirse como “falsificación de preferencias”.  En su libro Private Truths, Public Lies publicado en 1995, analiza la tendencia de esconder los verdaderos pensamientos debido a la presión social. Para ser educados y amables algunos tuvieron que ocultar sus sentimientos. La libertad de expresión se auto-limitaba por esta falsificación de preferencias. Sin dudas, con el fin de mantener la cordialidad no siempre decimos lo que pensamos. No lo hacemos con nuestra familia ni con nuestros compañeros de trabajo. Un poco de hipocresía o una mentira bondadosa pueden facilitar la convivencia.

La globalización nos trajo la diversidad a nuestro barrio. Muchos ciudadanos quizás empezaron a sentir su identidad desdibujada. Y en los últimos años, el terrorismo global acrecentó los miedos. ¿Quizás esto explica por qué las últimas votaciones tuvieron resultados tan sorprendentes? ¿No nos atrevemos ni a contar a quién votamos? Esta disociación ¿adónde nos conduce? Bastó que alguien se burlara de un discapacitado, despreciara a las mujeres, insultara a los inmigrantes para que muchos se sientan libres y legitimados. Especialmente cuando ese alguien era el candidato presidencial del Partido Republicano de los Estados Unidos. Y ahora es el Presidente electo.

La actitud y la creencia histórica de la supremacía del hombre blanco (anglo-sajón o ario) estuvieron agazapadas en hombres y mujeres que detestaron el corsé de lo políticamente correcto. Muchos se cansaron de no poder expresar sus temores frente a la nueva diversidad de su ciudad. Otros se sintieron amenazados y solos, inmersos en sociedades cada vez más ajenas a sus tradiciones.

Cuando Donald Trump en su campaña electoral desprecia lo políticamente correcto al imitar los gestos de una persona enferma, al insultar a los mexicanos, al desconfiar de los musulmanes y al denigrar a las mujeres, legitimó lo políticamente incorrecto, el estado de naturaleza de Hobbes, la ley del más fuerte. Ese daño ya está hecho. Esa brecha ya se abrió. Mientras los que simulaban ser lo que no eran están ahora envalentonados, otros que habían logrado el respeto y la inclusión tienen miedo.

Los progresistas, los tolerantes, los respetuosos y amantes de la diversidad debemos reaccionar. Ha habido mucha lucha, mucha sangre y muchos ideales que ayudaron a controlar nuestros instintos más básicos. No podemos permanecer horrorizados y paralizados. Las últimas semanas nos hemos dedicado a llorar y a escribir. De ahora en más hay que pensar en cómo proteger lo que se ha logrado.

Una sociedad civil movilizada puede ayudarnos a defender la tolerancia y el respeto. Lo “políticamente correcto” no era un postureo de la elite intelectual, era una actitud necesaria para sociedades cada vez más eclécticas, enriquecidas por las diferencias y los contrastes. Nuestra “falsificación de preferencias” nos hacía inclusivos. Aprendíamos a controlar nuestros prejuicios. Actualmente hay que apostar por la participación. Participar en asociaciones civiles que defienden los derechos de las minorías, que protegen a los homosexuales, que capacitan a los diferentes.  Seguir educando en la tolerancia mientras no toleramos el racismo, el machismo o la misoginia. No hay que volver a inventar una utopía, hay que defender lo que hemos logrado. Salir a la calle a defender nuestro contrato social inclusivo, liberal, tolerante y democrático.

2 Comentarios

  1. Luís
    Luís 12-11-2016

    Relexión que comparto felizmente

  2. Adriana
    Adriana 12-11-2016

    Muy buena reflexión y síntesis.

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