La política comercial en la era Trump

La incertidumbre y la precipitación han marcado los primeros pasos de la política comercial en la era Trump: órdenes ejecutivas, mensajes confusos luego matizados, mezcla de churras (reforma impositiva con ajustes en frontera, aranceles) con merinas (financiación del muro con México) y escasa argumentación económica. No obstante, quizás ya es momento de hacer unas primeras reflexiones sobre las líneas maestras de la política comercial apuntadas por el presidente Trump y su principal asesor en materia comercial, Peter Navarro –catedrático de la Universidad de California y director del nuevo Consejo Nacional de Comercio–, conocido por sus polémicos libro y documental en los que denuncia el perjuicio que China ha causado a la industria nacional.

Entre Trump y Navarro han ido pues definiendo los ejes de la nueva política comercial, que podrían resumirse en tres: el fin del multilateralismo –y la vuelta al bilateralismo–, la defensa de la relocalización industrial, y el proteccionismo arancelario-fiscal.

1. El fin del multilateralismo y la vuelta al bilateralismo

Trump firmó en sus primeros días una orden ejecutiva para abandonar las negociaciones Acuerdo Transpacífico (TTP) y anunció una inmediata renegociación del NAFTA. Luego Navarro expresó sus reservas sobre la negociación del Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP) con la Unión Europea, a las que se sumaron las declaraciones incendiarias de su nuevo embajador ante la Unión Europea.

Lo cierto es que los dos primeros anuncios han sido rápidos, pero no pueden considerarse una sorpresa. El apoyo político y público al libre comercio lleva ya años resquebrajándose en EEUU, vinculándose al declive de la clase media también por el lado demócrata (recordemos el Buy American de Obama, o el giro de Hillary Clinton respecto al TPP). El rechazo al TPP tendrá, desde luego, efectos geopolíticos –como dejar en bandeja a China el liderazgo económico y comercial de Asia-Pacífico–, pero es pronto aún para saber qué ocurrirá. En cuanto al NAFTA, al que vincular con la caída del empleo manufacturero es más que dudoso, lo cierto es que una actualización del acuerdo es totalmente razonable, dado el tiempo transcurrido. Otra cosa será si la renegociación se convierte finalmente en una pelea agresiva por ver quién obtiene más contrapartidas, en cuyo caso el mantenimiento del acuerdo podría estar en juego, como ya ha advertido el presidente mexicano.

En todo caso, los acuerdos regionales no dejan de ser subóptimos, en tanto que sustitutivos –no necesariamente buenos– del libre comercio, y la valoración de sus efectos potenciales ha de hacerse siempre con más cautela, ya que por un lado impulsan el comercio, pero por otro lo distorsionan al sesgarlo en favor de los integrantes del acuerdo y en detrimento de los no integrantes –que podrían ser más competitivos–. El principal argumento de Navarro para criticarlos, sin embargo, se ha centrado en que los acuerdos no se pueden aprovechar porque los países como China, Japón o incluso Alemania –Navarro considera el euro un “marco alemán implícito” infravalorado– “engañan” a EEUU manipulando sus monedas para mantener un superávit comercial. Aunque la intervención en los mercados cambiarios existe –y Estados Unidos no es ajena a ella–, el argumento no es evidente: puede que Alemania tenga un excesivo superávit comercial y mucho peso en el BCE, pero eso no implica necesariamente que el euro esté sobrevaluado, ya que el tipo de cambio depende de muchos otros factores (entre ellos el dinamismo relativo de la economía europea y sus oportunidades de inversión). En todo caso, no parece que suprimir los acuerdos comerciales vaya a solucionar este problema, que más bien debería afrontarse en el marco de la cooperación monetaria dentro del G20.

Lo que en cualquier caso no parece muy razonable es impulsar en su lugar el bilateralismo, y no sólo porque es un retroceso, sino porque una de las grandes ventajas de los acuerdos comerciales regionales –a menudo olvidada– es que siempre suelen incluir un acuerdo sobre normas de origen acumulativas, que permiten definir claramente en los bienes producidos dentro de una cadena de valor multinacional qué parte de la transformación corresponde a cada país. Navarro defiende abiertamente el aprovechamiento de las cadenas de valor por parte de las empresas estadounidenses, pero en un mundo de acuerdos bilaterales va a ser difícil ponerse de acuerdo sobre qué parte del valor añadido de cada producto se generó en un país determinado.

2. La relocalización industrial

Navarro ha señalado que una de las prioridades comerciales será repatriar las cadenas de suministro internacionales de las que dependen muchas multinacionales estadounidenses, demostrando que no entiende bien el concepto de la “curva de la sonrisa”: en muchas industrias –como la tecnológica– la creación de valor a lo largo de una cadena global tiende a distribuirse de manera desigual, de forma que la mayor parte se concentra no tanto en la propia fabricación del bien o prestación del servicio como en las actividades previas (desarrollo de un nuevo concepto, I+D, fabricación de componentes clave) y en las posteriores (marketing, la diferenciación de marca y servicio al cliente). El valor añadido de un iPhone no está en la fabricación, ni el de Uber se basa en el mero servicio de transporte.

En el siglo XXI la cadena de valor ya no puede ser nacional. Puede que la robotización relocalice algunas de las fases productivas con la impresión de componentes en 3D, pero eso no traerá de vuelta los viejos empleos. Si Navarro o cualquier político quiere potenciar la industria, lo que ha de potenciar es la gestión del conocimiento, la alfabetización tecnológica y la formación de los trabajadores, cuya defensa es la que ha de promover, más que la de sus empleos.

3. El proteccionismo arancelario-fiscal

Trump utilizará aranceles e impuestos para proteger el mercado estadounidense, eso es seguro. Lo que no sabemos aún es cómo. El anuncio por el portavoz de la Casa Blanca de un arancel del 20% a los productos procedentes de México (incompatible con la OMC por partida doble: por subida y por dirigirse a un país específico) que financiaría la construcción del muro fue posteriormente desmentida, ante el estupor general.

Ha habido más debate, sin embargo, sobre el apoyo a una reforma fiscal impositiva impulsada por los líderes republicanos y cuya confusa formulación y problemas fueron analizados en este artículo. Lo más llamativo aquí, sin embargo, es la debilidad del análisis económico subyacente: el plan económico de Trump se queja de que el IVA es un subsidio a la exportación, pero eso es simplemente falso: el IVA es tan sólo un impuesto sobre las ventas, sin sesgo competitivo. En Europa las empresas que importan y las que compran localmente están sujetas al mismo IVA; y cuando venden en el exterior o a otro país de la Unión Europea no pagan IVA, pero tampoco las empresas estadounidenses (su Sales Tax se deduce también de las exportaciones).

Quizás la clave de esta falacia de que el IVA europeo está perjudicando a las empresas americanas oculta otra cosa. Como es sabido, un impuesto sobre los flujos de caja modificados por el destino (DBCFT, que tiene sus ventajas y cuya propuesta se remonta al Informe Meade de 1978) tiene que ser de tipo IVA con ajustes en frontera y con deducción adicional del coste de los factores de producción nacionales (como señala Krugman, es equivalente a una combinación de un IVA neutral con un subsidio para el empleo de factores de producción nacionales). Lo que se propone entonces en el fondo es sustituir un impuesto directo sobre los beneficios por un impuesto indirecto regresivo sobre los consumidores, que se sumaría al Sales Tax (aunque la propuesta señala que sería parcialmente compensado por una reducción de los impuestos sobre las nóminas). Algo no necesariamente injustificado –la recaudación por impuestos indirectos es mucho menor en EEUU que en Europa–, pero más difícil de vender que “un impuesto que termina con la competencia comercial desleal de los europeos que perjudica a los trabajadores americanos”.

En suma, aunque aún es pronto para sacar conclusiones, la nueva política comercial estadounidense empieza mal, con una vuelta a métodos y propuestas que, de confirmarse, no sólo probablemente sean ineficaces para promover el empleo, sino que probablemente perjudiquen –vía encarecimiento de las importaciones en un país con un importante peso del consumo– a unos consumidores ya de por sí bastante maltrechos, al tiempo que desestabilizarán el comercio y la demanda mundiales.

Artículo escrito en colaboración con el Blog NewDeal – Blog de Política Económica

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