La excepción austríaca

Aunque es cierto que el papel político del Presidente de Austria es limitado, tiene relevancia institucional no sólo por sus funciones representativas, sino también por su eventual margen discrecional  de actuación en el nombramiento del Canciller y en la disolución parlamentaria anticipada en determinadas circunstancias. En este sentido, no era indiferente que ganara uno u otro candidato por la tan diferente sensibilidad política e ideológica del ecologista independiente Alexander van der Bellen y del ultraderechista Norbert Hofer.

Ya resultó todo un síntoma sobre la atipicidad de este largo y disputado proceso de elección presidencial el hecho de que en la primera vuelta (febrero de 2016) los candidatos de los dos grandes partidos (SPÖ y ÖVP) se vieran   desplazados por un ecologista independiente y un ultra, un reflejo del hastío cívico frente al establishment  político de siempre. Una vez más, estos partidos cometieron el imprudente error de asumir algunas tesis de la extrema derecha ascendente al endurecer sus políticas migratorias e imponer fuertes topes para nuevas acogidas de refugiados, sin entender que “normalizar” tales recetas no hace más que dar argumentos a los xenófobos.

Aunque en la segunda vuelta (mayo de 2016) el candidato verde se impuso por una leve diferencia de 30.863 votos (50.3% frente al 49.7% de su adversario), el Tribunal Constitucional obligó a repetir la elección por algunas irregularidades formales detectadas en el recuento de voto por correo. No deja de llamar la atención que en una democracia tan consolidada y escrupulosa con las reglas como la de Austria haya podido ocurrir algo así, si bien es de celebrar que los mecanismos tan garantistas de su sistema constitucional hayan funcionado a la perfección.

En las elecciones del 4 de diciembre (una “tercera vuelta” a efectos prácticos) finalmente- y en contra de algunos pronósticos- se ha impuesto con un claro resultado van der Bellen con el 53.4% frente al 46.6 %de Hofer (estos porcentajes no incluyen el voto por correo que, en ningún caso, variarán el resultado final). Que la diferencia iba  a ser pequeña ya lo auguraban los sondeos (el 97% de los encuestados confirmó que no pensaba variar su anterior voto)- que, por cierto, auguraban una ligera mayoría ultra- , aunque al final ha sido mayor de lo esperado. De esta elección emergen dos Austrias: de modo simplificado, una urbana, con buen nivel de estudios y ligeramente feminizada favorable a van der Bellen y otra rural, con menor cualificación cultural y algo más masculinizada partidaria de Hofer.  Una de las claves de los resultados ha sido el nivel de participación del electorado progresista, un tanto más desmovilizado durante la campaña, pero que – al final- ha decantado la balanza al acudir a votar ante el temor de un triunfo de un candidato tan extremista como Hofer.

Es cierto que Hofer es una manifestación más de la ola populista que parece haberse puesto de moda en el mundo occidental, pero- al margen de la imprecisión del término- debe quedar claro que su opinión representa a la derecha reaccionaria, sin necesidad de más epítetos. Esto no quita que episodios  como el Brexit, el triunfo de Trump o la derrota de Renzi no dejen de responder  en mayor o menor medida al impulso mencionado. En todo caso, la “rebelión contra el establishment” no deja de ser algo relativo puesto que Boris Johnson o Donald Trump forman parte del mismo, siendo diferente el caso italiano en el que se entrecruzan muchas y muy diferentes variables que no permiten una simplificación. Lo cierto  es que cualquier elección o referéndum es ahora un test sobre la UE y los resultados de Grecia (la consulta plebiscitaria de Tsipras), Holanda (sobre un acuerdo comercial con Ucrania) y el propio Brexit así lo confirman (Italia no acaba de encajar en esta tipología).

En todo caso, es relevante recordar que el FPÖ está liderado  por Heinz Christian Strache, un ultraderechista sin complejos, cuyo programa se centra en la xenofobia contra los inmigrantes, en la islamofobia (con un especial veto a la candidatura europea de Turquía) y en el rechazo del euro (no tanto de la UE puesto que el 66% de los austríacos es favorable a continuar en la misma). Algunos analistas recurren al factor de la crisis económica para explicar el ascenso de la ultraderecha y, en parte, es cierto puesto que el paro ha alcanzado el 8.3% de la población laboral (un porcentaje elevado para Austria), pero el déficit es muy bajo (1%) y el crecimiento apreciable (1.3% por trimestre).

Por su parte, las presiones de la UE no ayudan porque son vistas  como “injerencias” por una opinión pública cada vez más nacionalista: ya en el pasado  las fuertes críticas europeas a Kurt Waldheim en 1986 (por su pasado nazi que había ocultado) y al ultra  Jörg Haider por su  ingreso en el gobierno federal en 2000 suscitaron un profundo malestar en amplios sectores de la sociedad austríaca. En realidad, más allá de las tan discutibles políticas económicas de la UE, es el estilo arrogante de ciertas élites comunitarias lo que impulsa a rebelarse contra ellas. Sin embargo, las principales claves del ascenso ultra están focalizadas en la inmigración  y en el repliegue nacionalista. La xenofobia se ha convertido en el principal elemento movilizador de los miedos y los odios de amplios sectores populares y el FPÖ ha sido muy hábil  la hora de capitalizar tales sentimientos. Añádase la tentación recurrente de volver los ojos a una mítica comunidad nacional supuestamente homogénea y autosuficiente en un mundo cada vez más globalizado.

Es de esperar que el triunfo de van der Bellen suponga el principio del fin del efecto dominó de los constantes triunfos de la derecha radical eurófoba: las citas de Holanda, Francia, Alemania y, tal vez, Italia en 2017 pondrán más que nunca a prueba la continuidad de la UE tal como hoy la conocemos.

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