Explicando el populismo

El populismo se está volviendo global. Mientras en décadas pasadas las fuerzas populistas sólo se asociaban con América Latina, a más tardar desde los años 1990 en adelante los liderazgos populistas han ido ganando terreno tanto en Europa del Este como Occidental. Si bien es cierto que los populismos rara vez acceden al poder ejecutivo en Europa, es importante notar que los partidos populistas se han establecido a nivel parlamentario a lo largo y ancho de esta región. De hecho, prácticamente todos los países del viejo continente cuentan con al menos una fuerza populista de extrema derecha, tal como el ‘Frente Nacional’ en Francia o el ‘Partido Ley y Justicia’ en Polonia. Todos estos partidos rechazan vehementemente la inmigración, los refugiados y el multiculturalismo. A su vez, recientemente han cobrado fuerza nuevos populismos de izquierda en el continente europeo, los cuales exigen poner fin a la austeridad y demandan mayor regulación del mundo financiero, siendo ‘Podemos’ en España y ‘SYRIZA’ en Grecia los más claros expositores de esta corriente. Por su parte, en Latinoamérica populistas de izquierda radical han conquistado el poder ejecutivo, siendo tres los casos más paradigmáticos: Hugo Chávez (y posteriormente Nicolás Maduro) en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia.

¿Pueden analizarse todos estos casos como parte del mismo fenómeno? La respuesta es sí. En el último tiempo han ido creciendo las investigaciones que revelan no sólo diferencias entre los populismos alrededor del mundo, sino también una importante similitud: una misma visión de mundo. En efecto, el populismo puede ser definido como un particular discurso o ideología que tiene dos características centrales: por un lado, la noción moral de que la sociedad está dividida entre ‘una elite corrupta’ y ‘un pueblo íntegro’ y, por otro lado, el planteamiento de que la política debe antes que nada respetar el principio de la soberanía popular.

Visto así, existen dos opuestos al concepto de populismo: elitismo y pluralismo. El elitismo reafirma la existencia de una división moral entre ‘el pueblo’ y ‘la elite’, pero evalúa ambas entidades de forma completamente opuesta al populismo. Pues el elitismo desconfía del pueblo, el cual es visto como irracional y peligroso, mientras que tiene fe absoluta en la superioridad de la elite (basta pensar en la tecnocracia). En cambio, el pluralismo no cree en la división entre ‘el pueblo’ y ‘la elite’, sino que plantea que la sociedad está compuesta por un conjunto de individuos y grupos quienes mantienen una gran diversidad de pareceres. Dicha diversidad representa para el pluralismo una fortaleza, en cuanto favorece el intercambio de opiniones y refuerza la necesidad de lograr acuerdos.

Esta breve aclaración conceptual nos ayuda a comprender por qué el populismo mantiene una difícil relación con la democracia. Si bien es cierto que la defensa de la soberanía popular es intrínseca a la democracia, no podemos olvidar que los regímenes democráticos contemporáneos buscan proteger a las minorías y se basan en instituciones que son autónomas del parecer tanto del gobierno de turno como de la ciudadanía (por ejemplo, los bancos centrales, los tribunales constitucionales y un sinfín de organismos internacionales). En consecuencia, los populismos no necesariamente están en contra de la democracia propiamente tal, sino que más bien se oponen a la existencia de límites al ejercicio de la soberanía popular. No es casualidad que populistas europeos tanto de derecha como de izquierda ven con creciente escepticismo a la Comunidad Europea, ya que ésta seriamente limita la capacidad de los gobiernos para determinar sus políticas económicas y de inmigración.

¿Cómo podemos explicar la irrupción de fuerzas populistas en la esfera electoral? Esta pregunta no es del todo simple, ya que el populismo emerge en países tanto con buenos como malos indicadores económicos (por ejemplo, Suecia y Grecia) y en lugares donde la democracia muestra tanto altos como bajos índices de calidad (por ejemplo, Austria y Ecuador). A continuación elaboramos de forma muy simple una teoría que nos ayuda a comprender por qué países muy diferentes experimentan la irrupción electoral de fuerzas populistas. Como muestra el siguiente diagrama, son cuatro los elementos centrales que plantea nuestra teoría.

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En primer lugar, investigaciones empíricas revelan que la gran mayoría de los individuos tienen actitudes populistas que se encuentran en un estado de latencia, vale decir, están dormidas y solo son activadas frente a ciertas situaciones contextuales. En otras palabras, casi todos tenemos un ‘pequeño Hugo Chávez’ al interior nuestro, pero éste se encuentra en un lugar oculto y, por lo tanto, no define nuestras preferencias políticas.

En segundo lugar, situaciones contextuales posibilitan que nuestras actitudes populistas despierten. Por ejemplo, la irrupción de escándalos de corrupción y la creciente convergencia programática entre los partidos políticos facilita que ciudadanos comunes y silvestres utilicemos las categorías dicotómicas y morales inherentes al populismo: ‘una elite corrupta’ versus ‘un pueblo íntegro’. Mientras menos representados nos sentimos por las opciones políticas existentes y más deslegitimadas éstas se encuentran, mayores son las posibilidades que se despierte aquel ‘pequeño Hugo Chávez’ al interior nuestro.

En tercer lugar, los liderazgos juegan un rol clave al momento de politizar el malestar existente y ofrecer una interpretación populista de los acontecimientos en curso. Así, por ejemplo, frente a la crisis económica que ha afectado a varios países de Europa del Sur, partidos como ‘Podemos’ en España, ‘SYRIZA’ en Grecia y el ‘Movimiento 5 Estrellas’ en Italia hablan sobre la existencia de ‘una casta’ que se ha enriquecido de forma deshonesta a costa de ‘un pueblo’ que ha sido defraudado y denigrado.

En cuarto y último lugar, si bien es cierto que líderes y partidos populistas irrumpen gracias a los tres factores señalados, es importante subrayar que su permanencia electoral y eventual capacidad de gobernar depende en gran medida de sus propios aciertos y desaciertos. Es bastante usual que los partidos populistas se apoyan en un líder carismático. Ahora bien, dichos líderes por lo general tienen problemas para construir organizaciones que perduran a lo largo del tiempo, las cuales son fundamentales para formar cuadros políticos y gobernar de forma eficaz. En consecuencia, los populismos muchas veces terminan siendo fenómenos transitorios, aunque sí pueden dejar importante legados económicos y políticos.

Este artículo ha sido escrito en colaboración con Kirk A. Hawkins

4 Comentarios

  1. Juana Serna
    Juana Serna 05-30-2016

    Un artículo excelente.

  2. Luis
    Luis 05-30-2016

    El artículo parece no tener en cuenta que, desde hace unos 35 años, en todo Occidente el centro político se ha desplazado hacia la derecha. Esto es muy evidente en política económica: los socialdemócratas de los 30 gloriosos serían ahora ultraizquierdistas mientras que los reaccionarios de extrema derecha ahora serían de centro-derecha. Los xenófobos de ultraderecha siguen en su sitio, sólo que ahora son más populares que nunca. No tener en cuenta que el centro político (y por tanto la definición de radical) es algo histórico, que varía en el tiempo, me parece un grave defecto en el artículo.

    La definición de populismo del autor es problemática:

    (1) La división corruptos/honestos (y más en general buenos/malos) presuntamente típica de los populistas es, al menos en España, tan ampliamente aceptada que hasta la comparte el PP (todos ellos honestos excepto algún caso aislado, como no se cansa de repetir Rajoy), por no hablar de Ciudadanos (un partido que por cierto se apoya en un líder carismático). Ninguno de los dos partidos es calificado como populista por el articulista.

    (2) El autor parte del principio de que los bancos centrales deben ser autónomos, una innovación muy reciente y muy discutida y discutible. También parece olvidar que la UE, si fuera un país independiente, no podría entrar en la UE (excesivo predominio del ejecutivo, debilidad del legislativo y dependencia del poder judicial respecto del ejecutivo) y por tanto la desconfianza hacia la actual UE está más que justificada. Dado que el populismo puede entenderse como una legítima reacción anti-elitista (que es a su vez una reacción anti-democrática), echo en falta algún comentario sobre el elitismo, su gran predicamento actual y su difícil relación con la democracia.

  3. Covadonga
    Covadonga 06-05-2016

    Interesante artículo aunque creo que la contextual inacción del fenómeno populista es mucho más compleja en Europa

  4. Francisco Roman
    Francisco Roman 06-10-2016

    Me parece desacertado atribuir el termino “populismo” a los nuevos partidos. TODOS los partidos políticos lo practican en sociedades con gran desigualdad social. Es inconcebible el discurso populista en Finlandia, Suiza, incluso Gran Bretaña. Pero es muy comprensible que Donald Trump triunfe en los USA o que Mariano Rajoy consiguiera una mayoria absoluta prometiendo el paraiso a una sociedad que se desangraba por el paro… ¿ellos no son populistas?
    El “fenomeno” griego viene dado por su “peculiar” sistema electoral que no favorece el dialogo ni el “pactismo”: si no fuese por los 50 diputados que se otorgan al vencedor en los comicios dificilmente Tsipras hubiese tenido la oportunidad de “enfadar” a la Troika.
    En España desde los albores de la democracia y, como refrendaron las elecciones del 82, una mayoría de la población es progresista (llamale “izquierdas” si quieres, pero no lo considero un término apropiado), solo que es menos “disciplinada” que la derecha. Así pues, salvo desastres, raramente se agrupa y/o vota en masa porque fácilmente encuentra algun matiz/excusa para no hacerlo. Ese sentimiento grupal y solidario tan solo lo manifiesta en situaciones no de ya de crisis sino intolerables desde el punto de vista social: El intento de golpe del 23F, las “armas de destrucción masiva” o, en la actualidad, el deterioro de los derechos sociales, laborales, culturales… Si Podemos fuese “populista” su masa de votantes estaría entre los jubilados o los sectores menos formados… y no es así. Su discurso “no cala” en ningún sector pero triunfa en sociedades como la vasca (con el menos indice de paro del pais) o la catalana más cosmopolita y “europea” (valga el término) que el resto de autonomías. Su discurso no “cala” siquiera entre sus miembros y son muchos los casos de disensiones internas, dimisiones… pero algo, por fín, ha aprendido la “izquierda” de este pais, aquella sentencia que llevo a Los Verdes al Bundestag: “estamos condenados a entendernos”.
    A partir de ahi, cuando se produzca el “relevo en las formas democráticas”, posiblemente España sea un poquito más Europa y menos sudamerica

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