‘Boules puantes’ y bonapartismo: todo listo en Francia

Las elecciones presidenciales que se celebrarán en abril y mayo en Francia se reafirman en su carácter impredecible. Es más, el cásting final de candidatos se interpreta como un castigo a los que tenían la etiqueta de favoritos. Francia se ha abonado también al gran ‘coup de gueule’ global: Sarkozy y Juppé cayeron derrotados con un Fillon que lo cambió todo, mientras que Hollande y Valls, presos de una presidencia malentendida, no pudieron con Hamon – uno de los ministros que más mermó con sus coaucs el inicio de mandato.

Ambos rozaban apenas el 10% de las intenciones de voto pocas semanas antes de sus respectivos debates televisivos: Fillon se estancó en cuarta posición durante meses, mientras que Hamon no despuntó hasta la primera semana de diciembre, cuando una entrevista en televisión lo propulsó. Es curioso cómo el televisor sigue siendo imprescindible en Francia: con unas audiencias récords para los debates de la derecha 7 de cada diez votantes de Fillon decidieron su voto durante esa semana crucial.

En cuanto a los demás, en las filas ecologistas, Cécile Duflot, exministra muy mediática, no llegó ni a la final de las primarias de su partido, ninguneada frente al poco conocido y pro-europeo Yannick Jadot. En realidad, los únicos candidatos que ya salían en la primera edición de la encuesta electoral del CEVIPOF en 2015 son Mélenchon y Marine Le Pen. Los únicos que no pasaron por primarias – aunque especulando es probable que de haberlo hecho tampoco lo hubieran tenido fácil frente a eventuales perfiles como el de Besancenot o el de Marion Maréchal. En ese sentido, se mire donde se mire, la voluntad de renouveau ha calado hondo.

A la espera de nuevas sorpresas, quedan dos grandes incógnitas por resolver.

La primera: ¿cómo castigan los franceses la corrupción?

El debate político en Francia lleva días girando alrededor de la exclusiva que publicó el Canard Enchaîné el 20 de enero, acusando a François Fillon de remunerar a su mujer por un puesto ficticio. El ‘Penelopegate’ ha ido in crescendo, con Fillon defendiéndose frente a la oficina central contra la corrupción, perquisiciones en la editorial de Penelope, y nuevas informaciones que apuntan que los hijos del mandatario también se beneficiaron de sueldos importantes mientras eran estudiantes. La Fiscalía investiga al candidato por ‘desvío de fondos públicos, abuso de bienes sociales y encubrimiento a la justicia’.

En Francia la publicación de trapos sucios justo en período electoral es un arte. Es más, el periodismo de investigación francés se los guarda para ese período, aunque hayan pasado años. Fue el General de Gaulle el que inventó la expresión hasta convertirla en una práctica tipificada: las boules puantes (las bombas fétidas). La primera ocurre en 1968, cuando aparece en un vertedero el cuerpo de un joven yugoslavo el cual supuestamente organizaba orgías con la esposa del entonces sucesor natural de De Gaulle, Georges Pompidou. Diez años más tarde, en 1979, el Canard Enchaîné – definitivamente el rey de las boules – publicó una información según la cual el Presidente Valéry Giscard d’Estaing había recibido diamantes de 30 quilates del presidente de la República Centroafricana, Jean-Bedel Bokassa. La acusación sobrevoló toda la campaña de VGE. Aunque de todas las boules los franceses recuerdan en particular la que el Canard lanzó durante la campaña de las legislativas en 1993, acusando al entonces jefe de las filas socialistas Pierre Bérégovoy de haber recibido un préstamo sin intereses de un acusado de corrupción. Bérégovoy se suicidó.

En este sentido, a raíz de los escándalos Bygmalion (2011) y Cahuzac (2012) la corrupción ha vuelto a ocupar muchas portadas en Francia y los escándalos relacionados con este tema pueden tener un impacto considerable. Hollande reaccionó creando la Alta Autoridad para la Transparencia de la Vida Pública, una organización que ha brillado de momento por su actuación ejemplar, aunque la duda persiste sobre el impacto que podrá tener este tema una vez haya que confrontarse a la dura realidad de las urnas. El caso español ofrece algunas pistas al respecto y Agenda Pública ha publicado amplia materia de la mano de Rivero et al (sin castigo electoral no hay reforma normativa), o los textos más actuales de Astrid Barrio (la percepción no siempre se acompaña de victimización), Andrés Boix (los límites de la condición de aforado), y Margarita Bonet (¿los partidos pueden realmente sentarse en el banquillo?).

En Francia las primeras señales no son muy alentadoras. Marine Le Pen no parece que vaya a perder un solo voto a pesar de haber sido declarada culpable por la OLAF por empleos ficticios en el Parlamento Europeo y seguir negándose a devolver 340.000 mil euros de multa. En cuanto a Fillon, todo sigue en el aire. Aunque el hedor de la bomba fétida está dejando el ambiente algo irrespirable.

La segunda: ¿Macron puede ganar sin partido?

Vaya por delante que el chouchou de la prensa es perfecto para el modelo presidencial de la V República. Escribía aquí recientemente que “en la cultura política francesa la figura del ‘padre’ político ocupa un lugar especial. Es una especificidad gala indisociable de la historiografía del país y el resultado de las herencias de Napoleón Bonaparte, y, obviamente, de Charles de Gaulle. El primero, un emperador nacido de las filas de la Revolución Francesa sacralizado por un Papa, o la unión de dos conceptos que de por sí no podrían ser más contradictorios. El segundo, el líder que superpuso a la Collaboration la Libération, diseñó la quinta República a su medida e instauró de forma definitiva el modelo del “presidente-monarca”. Esos dos mitos fundacionales, acompañados del universalismo galo, hacen que los franceses tengan unas expectativas muy singulares respecto al rol de presidente. En el fondo, existe una reticencia inconsciente a asumir el principio democrático por el cual “el poder se gana, y luego se devuelve”, por retomar la expresión del editor de la revista Le Débat, Jérôme Batout. Por eso chocó tanto que François Hollande no se presentara a su reelección. Sacrilège! Un presidente indigno y en claro desfase con esa concepción orgánica y casi sanguínea del poder républicain…

En ese sentido, en ningún otro país como en Francia un candidato que decide concurrir sin el cobijo de un partido tiene más opciones de triunfar. La elección presidencial es una curiosa comunión donde los franceses no pueden evitar reconectarse con esa tradición bonapartista y gaullista, en busca del monarca republicano, como decía Duverger.

La incógnita respecto a Emmanuel Macron es saber si conseguirá transformar su movimiento en organización política. Para ello se enfrenta a dos escollos: primero las legislativas de junio, unos comicios que siempre han beneficiado a los grandes partidos, igual que ocurre con todos los sistemas mayoritarios a doble vuelta. Una barrera que ni el Front National ha logrado romper (solo hay dos diputados frontistas de un total de 577). El segundo, es la experiencia parcialmente fallida de Nuit Debout. Una experiencia que, como decía Bruno Cautrès, ilustra al mismo tiempo la tendencia de liberarse de las estructuras representativas tradicionales y la dificultad en Francia de emanciparse totalmente de los partidos, los sindicatos, y las instituciones de la República.

En la era de las fake news y la moda de los líderes con desórdenes psiquiátricos, Francia sigue apostando por sus boules y su bonapartismo. No son los mejores ejemplos de una democracia ideal pero la campaña presidencial promete de momento renovación sin que sea necesariamente sinónimo de demolición. ¿Un hito con los tiempos que corren?

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